L a muerte, mejor dicho, el asesinato de un viejo casi ciego y cuadripléjico desde niño no pacería ser capaz de disparar (perdón por el término) la caída de las principales Bolsas del mundo hacia los valores más bajos en lo que va del año. Sin embargo, ésta parece ser la explicación más viable a la merma bursátil que tuvimos ayer. Poco importa el poder real que tuviera el sheik Ahmed Yassin en vida (en silla de ruedas y sin poder mover los brazos es difícil que pudiera escaparse si alguien quería atraparlo), pero una vez martirizado, logró lo que tal vez más le interesaba: que crezca el "factor miedo" entre los "ateos de occidente y los enemigos del Islam". Una prueba de esto es que si bien por la mañana las acciones habían arrancado a la baja para mediodía comenzaban a recuperarse. Esto es, hasta que llegó la noticia del magnicidio. Si hablamos de miedo, prácticamente no hace falta aclarar que el precio del oro continuó su camino alcista, los bonos del Tesoro se convirtieron una vez más en el refugio de los inversores, el dólar siguió perdiendo terreno frente a las otras grandes monedas y que las acciones cerraron casi en lo peor de la rueda, con el Dow perdiendo 1,2% en 10.064,75 puntos y un volumen por encima de lo habitual. Tal vez, la mejor prueba sobre el crecimiento del miedo lo dio el sector turístico, que se desplomó 5% en todo el globo. Irónicamente, el precio del petróleo retrocedió, pero sólo por el anuncio que la OPEC demorará nuevos recortes y la decisión presidencial de utilizar las reservas estratégicas de crudo para tratar de evitar que la gasolina rompa en las próximas horas su máximo histórico. Ayer no ganaron ni alcistas ni bajistas; ganó el temor.
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