Aunque la pandemia arrecia, Wall Street no se asusta y va por más

Economía

El ascenso es en camino de cornisa. Si se come de nuevo la curva de la enfermedad, no hay "put" de la Fed que la ponga a salvo.

“Es la tormenta perfecta”, sentencia Anthony Fauci, el inmunólogo en jefe de los EEUU. Los contagios de covid-19 llueven torrenciales. Si el récord antes de aflojar la cuarentena era de 36 mil nuevos casos el 24 de abril, la cifra trepó ya a los 66 mil. Y Fauci avisa que se podría llegar a 100 mil por día. La tormenta no se discute: los récords también se precipitan en el Nasdaq. Wall Street, por lo visto, entiende la perfección a su modo. No se rinde al virus. No sufre de vértigo. Lo suyo es otro tipo de fiebre. Cree en la resurrección. En paralelo, la OMS alerta que la pandemia se acelera. Se registran 228 mil casos flamantes, sólo el viernes. Es un mosaico variado -un volcán activo en tres continentes- donde EE.UU., Brasil, India y Sudáfrica son los grandes contribuyentes. ¿La Bolsa acaso se piensa inmune? No será la primera vez. Ya pagó caro su audacia. Los récords del 19 de febrero -cuando la epidemia castigaba a Wuhan, pero no al resto del mundo- fueron el trampolín al bear market más veloz de la historia. Wall Street asciende en camino de cornisa. Si se come de nuevo la curva de la enfermedad, lo sabe, no hay “put” de la Fed que la ponga a salvo.

¿Existe una brecha creciente entre la Bolsa y la economía? No. Cuando el rally se disparó, el 23 de marzo, la economía y la enfermedad eran un infierno. Sin embargo, la actividad hizo piso en abril, y repuntó luego, notablemente. Los indicadores de movilidad -una proxy tosca pero eficaz cuando el punto de comparación es un confinamiento extremo- mejoraron en todas partes. En EE.UU. el mercado de trabajo sumó más de 8 millones de nuevos puestos netos de trabajo. Y más de diez millones de desempleados temporarios están listos para volver a sus labores. Si el covid-19 no se desborda, la recesión habría quedado atrás de forma definitiva. Es el dictamen del Dr. Copper: el cobre sube más rápido que el oro. Y el índice de sorpresas económicas de Citi más que el S&P500. De ahí, el peso de la advertencia de Fauci. En el apuro por revivir la economía, la cuarentena se archivó en muchos estados de EE.UU. con escasa visibilidad. A veces, con la curva de casos todavía en alza. Y siempre sin la batería de pruebas de diagnóstico y rastreadores que los expertos endosan como recomendación. Las elecciones son en noviembre y Donald Trump, y no pocos gobernadores, temen perder su mandato por un cuadro de anemia (y prefieren correr el riesgo de desafiar al virus). La apuesta pagó dividendos en mayo y junio, hasta que la enfermedad volvió a levantar vuelo y forzó la marcha atrás del relajamiento sanitario -o la suspensión- en más de 30 estados. ¿Se frenó la expansión? No, pero surgen atisbos de debilidad. Los datos de alta frecuencia se desaceleraron. ¿El lastre de los contagios? ¿O la inercia del feriado del 4 de julio? Es temprano para discernirlo. No obstante, si no se preserva la peste a raya, será imposible ignorarla. Mejor desensillar ahora y volver al aislamiento social (donde sea pertinente) y no cuando Fauci se pruebe un visionario, y haya que encerrarse igual para lidiar con un virus aún más punzante.

Mientras tanto, la Bolsa trepa vacunada de espanto. El remdesivir le sienta bien. No está comprobado que le sirva a los pacientes del coronavirus pero alienta a los inversores. El presidente tambalea en las encuestas, y Joe Biden asoma como su verdugo. Si regresa la alícuota del impuesto a las ganancias al 28%, ¿no lo será también del bull en pañales? Quizás Wall Street aprendió de las campañas demócratas de Clinton y Obama (y sus administraciones republicanas). O se hastió de Trump. Lo cierto es que no acusó recibo. Tan veraz como que un puñado de tecnológicas explican los récords. El resto de los papeles sube pero guarda distancia. Comparado con el bull de 2009, la valuación es más prudente. Los líderes de hoy -Apple, Microsoft, Amazon, Alphabet y Facebook- no sólo son una promesa de crecimiento sino una realidad pujante. Representan el 21% del valor del S&P500 pero también el 21% de los flujos libres de caja. El ratio de precios a ganancias se repite, pero la tasa a diez años no sobrepasa 0,70% y entonces era cinco veces más alta. Y no hay crisis bancaria. Ningún Lehman. Con la economía como aliada, la Bolsa pisa firme. Pero todas las apuestas quedarán en offside si su salud se resquebraja, si tose o exhibe los síntomas inequívocos de covid-19.

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