7 de septiembre 2023 - 00:00

Armando Discépolo: la vigencia de un clásico en la cartelera porteña

Coinciden tres de sus obras: "Amanda y Eduardo", con puesta de Teresa Serrail; "Stefano", según Osmar Núñez, y "El organito" (coescrita con su hermano Enrique Santos), en versión de Rubén Pires. El sainete, el drama y el grotesco se fusionan en sus piezas, que se proyectan a la actualidad.

Amanda y Eduardo. Lorena Szekely y Mario Petrosini, sus intérpretes.

Amanda y Eduardo. Lorena Szekely y Mario Petrosini, sus intérpretes.

Conviven en escena varias obras de Armando Discépolo, lo que confirma la vigencia del padre del grotesco nacional y que la Argentina parece seguir viviendo en ese tango inoxidable escrito por su hermano, Enrique Santos, “Cambalache”.

“Amanda y Eduardo”, de Armando Discépolo, adaptada por Patricia Zangaro y dirigida por Teresa Serrail, se presenta los domingos en Patio de Actores con Lorena Szekely y Mario Petrosini. La historia gira en torno a una pasión desmesurada de la que Amanda puede escapar, acaso como Nora en “Casa de muñecas”. A partir de la dramaturgia de Zangaro se modificó el final original para habilitar una salida luminosa, lo que opera como metáfora del encuentro con uno mismo.

Sarrail se refirió a la obra y a su autor: “Armando Discépolo es como nuestro Shakespeare, el de la primera parte del siglo XX. Para esta obra trabajé sobre la crisis del ’30, cuando se da vuelta todo el sistema con el crack de la bolsa de Nueva York. Eran tiempos de cambios de paradigmas, que podrían asemejarse a la época actual. Trabajé con algunos artistas visuales como Otto Dix, expresionista alemán de entreguerras, porque hablan de momentos caóticos y muy parecidos al de hoy. Además Discépolo nos retrata hoy, casi cien años más tarde. Siempre me interesó su obra, años atrás dirigí ‘Muñeca’, que, como ésta, no se incluyen en los grotescos pero tienen elementos. En este caso es un melodrama acentuado, una historia de una pasión no debida entre una mujer y un hombre, él casado, ella una prostituta de lujo. Nada alejado del presente. Para la puesta también me inspiré en películas del cine de oro argentino, para ver cómo funcionaban esos cuerpos en el espacio. Discépolo la contaba como melodrama, con exageraciones. Tratamos de que los cuerpos de los actores contuvieran esa época, apoyados también en la luz, la escenografía y el vestuario. Quise volver a contar esta historia desde nuestros tiempos”.

"Stefano"

Otra de las obras de Discépolo que puede verse desde el año pasado es “Stefano”, dirigida por Osmar Núñez, nominada a varios premios y con funciones en La Máscara los sábados a las 21. Protagonizada por Norberto Gonzalo, Elena Petraglia y Jorge Paccini, gira en torno a un inmigrante italiano de la primera posguerra que llega a la Argentina con la ilusión de encontrar en la nueva tierra la posibilidad de realizarse como artista y concretar el deseo de componer una ópera. Los avatares del destino y del entorno social y político del país irán socavando sus sueños.

Osmar Núñez consideró: “Discépolo sigue vigente porque habla de la condición humana de una manera certera, vivenciada por él, teniendo en cuenta que venía del drama y el sainete, luego el grotesco es una mezcla de todo eso. El sainete quizá es más colorido, luminoso, habla del inmigrante, el grotesco en cambio, que viene de la palabra italiana cueva o gruta, viaja hacia lo más oscuro. Hay fracaso, dudas y dolor, con personajes que deambulan sin encontrar un interlocutor. El presente está igual o peor que entonces, nos aferramos cada vez más al vacío, que tiene que ver con el pesimismo poético, esta náusea de la existencia”.

“La influencia del teatro de Pirandello estuvo muy presente en Discépolo”, continúa Núñez. “y también en mi puesta, sobre todo en lo fantasmagórico. Vivimos hoy un tiempo tan o más difícil que entonces, con el inmigrante y la sociedad criolla. Hoy estamos cada vez más perdidos en lo social, político y económico. ‘Stéfano’ es la obra que más me gusta de Don Armando, el corifeo es el que pega el grito y hace catarsis, el resto de los personajes también solicitan, no quieren perder su esperanza, deambulan por este mundo tremendo y bello a la vez. En el entorno de Stefano lo fracasan, el sistema y lo que no puede hacer. Es su obra perfecta. Hay algo de la gruta y por eso la situé en un sótano, como pasa en ‘Babilonia’, donde los personajes están puestos en una cocina, debajo de una gran casa de clase alta, y abajo está todo el servicio doméstico. Ese sótano es desprolijo, con salidas y entradas complejas, con una puesta pictórica poco iluminada. Esa atmósfera fantasmal llegó con el apoyo técnico y artístico. Pero me gusta transmitir que aún en el pesimismo encontramos cierto optimismo y aflora la pregunta de por qué nos perdemos tanto en esta vida”.

"El organito"

Finalmente, sigue durante septiembre “El organito”, de los hermanos Discépolo, dirigida por Rubén Pires, protagonizada por Marcelo Bucossi, que puede verse los domingos a las 17.30 en Andamio 90. Como la anterior, también es un italiano llegado a la Argentina en el 900 en busca de una mejor vida, se hace organillero y se dedica a la mendicidad. Así conoce a una mujer que pedía limosna y robaba en una iglesia. Se casan y arman una sociedad con su cuñado discapacitado para mendigar.

Pires reflexionó sobre la obra: “La dramaturgia tiene una matriz musical en el manejo del lenguaje. Su estructura coral construye un universo sonoro que buscamos plasmar. El grotesco es un género voraz, hambriento, se alimenta de la pasión de los excluidos, tan bien pincelado por los Discépolo: nos hace reír primero y llorar después. Se construye este universo dramático a partir de la confrontación entre el contexto social en el que viven sus criaturas y el ideal que no se alcanza. Es por eso que, más que lo que dicen sus personajes, nos importa aquello que sucede cuando lo dicen.”

“Ante el cambio de paradigmas, el universo de esta obra se nos despliega estéril, seco, polvoriento, burlón y brutalmente irónico sobre nuestra forma de transitar la vida”, agregó Pires. “Este material, como todo clásico, tiene una contemporaneidad que deslumbra. Por tal motivo exploramos la utilización del lenguaje que solo nos daba indicios de sus secretos, un lenguaje extrañado para nuestros días; indagamos en los ensayos para poder poner en escena lo enigmático y lo profundo que subyace entre las palabras, y desde allí se construyó nuestro trabajo. Nuestro deseo es provocar, a través de este humor netamente grotesco y ‘discepoliano’, un racimo de interrogantes respecto del irónico campo de batalla que implica nuestra existencia”.

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