En 2018, la asociación Directores Argentinos Cinematográficos, DAC, cumplió 60 años; Sica, el sindicato de los técnicos, 70, y los cinemóviles provinciales creados por Julio Márbiz, 20, todos con merecidos festejos. También los viejos empleados del mítico Laboratorios Alex se reunieron para celebrar los 90 años de su fundación. Alex llegó a ser el mayor laboratorio de material fílmico de toda Latinoamérica. La muerte de sus fundadores y el crecimiento de la competencia lo fueron disolviendo, hace ya décadas, pero los viejos empleados mantienen su memoria, orgullosos de haber trabajado en esa piedra basal de nuestra industria cinematográfica.
El año del cine a pulmón, con escaso apoyo oficial
Posiblemente los últimos 365 días sean recordados como los del mayor enfrentamiento entre las asociaciones de directores, productores, técnicos, distribuidores y exhibidores contra las políticas del Incaa, organismo cuya última crisis se produjo días atrás con la salida de su vicepresidente Juan Lima.
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Este año también se celebraron los 50 años de “La hora de los hornos”, pilar del llamado Nuevo Cine Latinoamericano y fuerte impulso en pro de cambios sociales (los homenajes empezaron en la sección Clásicos, del Festival de Cannes), y los 30 de “Pizza, birra, faso”, arranque del llamado Nuevo Cine Argentino, afectuosa pintura de jóvenes delincuentes que sólo ambicionan los placeres anunciados en el título. ¿Qué obra de este año será celebrada como puntal por las próximas generaciones? Tal como venimos, podría ser “El ángel”, retrato de un carilindo que mataba solo por el gusto de matar. Esa fue la película más convocante del año.
También hubo otras que vale la pena recordar, por supuesto: “El amor menos pensado”, “Mi obra maestra”, “Re loca” (singular caso de una remake mucho mejor que la original en que se basa), “El último traje”, “Animal”, “Las grietas de Jara”, “La quietud”, “Acusada”, “Soledad”, “El potro. Lo mejor del amor”, entre las industriales, y “El motoarrebatador”, “La educación del rey”, “Amor urgente”, “Unidad XV”, “Yo niña”, “Mochila de plomo”, también “‘Sangre blanca”, entre las de menor presupuesto.
En materia de documentales, ese poema hermoso que es “La boya”, “Abalos. Una historia de 5 hermanos”, pura emoción, “Esto no es un golpe” y “Piazzolla. Los años del tiburón”, ambos de enorme trabajo de búsqueda y montaje, además de, entre otros, “Las cinephilas”, “Ata tu arado a una estrella”, “No viajaré escondida”, “Pepo, la última oportunidad”, “Viaje a los pueblos fumigados”, “Todo el año es Navidad”, gracioso descubrimiento de los tipos que trabajan de Papá Noel, que justo ayer se presentó en el Festival der Unkonventionellen Weihnachtsfilme (festival de películas navideñas no convencionales) de Berlín, con el título de venta internacional “Santa lives in my Town“.
Hay más títulos, muchos logrados a puro pulmón, porque el Incaa los manda a una Quinta Vía presupuestaria que en realidad es una vía muerta, sin créditos, subsidios ni apoyo para la difusión. Cosa rara, porque aún descontando lo que gasta en sueldos de sus excesivos e improductivos gerentes, al Incaa le sobra plata. Es un ente autárquico, cuyos fondos provienen de un porcentaje de cada entrada de cine y cada película emitida por la pantalla chica. Vale decir, no depende del presupuesto nacional, sino de los propios consumidores, con lo cual, graciosamente, las películas de superhéroes norteamericanos terminan financiando películas argentinas.
El problema está en el manejo de esas finanzas. Y peor aun, en el espíritu de trabajo conjunto. Algo malo pasa, cuando el Consejo Asesor no parece funcionar según las normas, empleados de reconocida capacidad y amor al cine son echados “por razones presupuestarias“ (mientras se suman gerentes), las escuelas del interior creadas como sucursales de la Enerc (la escuela de cine del Incaa) parecen al borde del cierre, el patrimonio fílmico sigue prácticamente abandonado tras el alejamiento del interventor que quiso organizar su recuperación, los festivales del interior ven más que reducido el apoyo del organismo, o directamente son eliminados, como Pantalla Pinamar, aunque tenía funciones completas desde las 11 de la mañana hasta pasada medianoche (“no interesaba al público“, lo difamó un funcionario de discursos interminables que no se perdía ningún homenaje). Pero eso es apenas un botón de muestra del malestar que se vive.
Algo malo pasa, cuando todas las asociaciones de directores, productores, técnicos, distribuidores, exhibidores piden la cabeza del presidente del Incaa, Ralph Haiek, y el propio vicepresidente del Incaa, Juan Lima, de conocida labor como crítico cinematográfico, renuncia por evidentes diferencias.Nunca había ocurrido algo semejante. ¿Quedará 2018 como el año del enfrentamiento de la gente de cine contra la conducción del Incaa? Qué año excepcional hemos tenido, por no decir otra cosa.





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