"El vestidor": esa secreta pasión por el amo dominante

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• ARTURO PUIG Y JORGE MARRALE VUELVEN CON LA OBRA DE RONALD HARWOOD
El drama, que se verá desde mañana con dirección de Corina Fiorillo, fue llevado al cine en los 80 por Albert Finney y Tom Courtenay, y en nuestro medio lo estrenaron Federico Luppi y Julio Chávez, en su debut teatral.

Luego de protagonizar junto a Guillermo Francella "Nuestras mujeres", Arturo Puig y Jorge Marrale vuelven a reunirse en "El vestidor", la pieza de Ronald Harwood que transcurre en la Segunda Guerra Mundial, que tuvo su versión inglesa en cine en 1983 (de Peter Yates, con Albert Finney y Tom Courtenay), y en teatro fue protagonizada por un debutante Julio Chávez junto a Federico Luppi en 1997. Debuta mañana en el Paseo La Plaza con dirección de Corina Fiorillo. Dialogamos con Puig y Marrale.

Periodista: ¿Esta versión tiene puntos de contacto con el film?

Arturo Puig: No. Originalmente fue una obra de teatro, después vino la película y allí por supuesto aparecía la calle, el tren, el teatro; en cambio acá todo sucede como está escrito en la obra, dentro del camarín. Es más íntima y está basada en la relación del actor y su vestidor.

Jorge Marrale: No tiene nada que ver porque cada versión tiene cierto contenido vinculado al espacio y al tiempo. Si bien la esencia sigue siendo la misma, es un visión particular con estos intérpretes.

P.: ¿Habían visto la puesta teatral con Chávez y Luppi?

J.M.: Tengo un recuerdo muy parcial, y además le escapo a eso de ir a mirar lo que se hizo; más allá de que uno haga lo suyo hay una especie de visión paralela que puede perturbar.

P.: ¿El marco histórico del original, un bombardeo en la Inglaterra de 1941, influye en la esencia de la obra?

A.P.: "El vestidor" está basada en los sentimientos, en el vínculo del actor con su asistente. El actor, que hace Jorge, atraviesa un momento difícil: sale del hospital y padece no se sabe bien si Alzheimer, locura o cansancio. Es un tirano, es empresario, director y actor, como era en aquella época, y este vestidor que interpreto yo lo ama profundamente, lo cuida y por todos los medios quiere que haga la función, que no se suspenda. La obra a representar es nada menos que Rey Lear. Lo ayuda, lo viste, lo cambia, lo maquilla, le da impulso, lo cuida. Si bien el personaje del vestidor es gay, más que amor por él siente admiración, y hay amistad y dependencia.

J.M.: Ese vínculo entre ambos está tamizado por el tiempo. Ahí hay matrices vinculares que se sostienen en el tiempo, hay algo de esa relación tan particular que no creo que sea la del sometedor y sometido. Los roles pueden cambiar y quien se puede considerar como el sometido a veces somete al otro. El actor, mi personaje, tiene una dependencia grande con el vestidor, lo necesita no como un bastón para apoyarse sino en términos de necesidad existencial. Ese es el juego hermoso que tiene la obra. Cómo hay que apoyarse en otro u otros para continuar. La vigencia está en esos vínculos puertas adentro del camarín, que a la vez son los que se dan afuera. Por eso hay tanta identificación del público con lo que sucede.

P.: Una misma obra varía según los tiempos...

J.M.: Uno va al teatro con lo que es, con nuestro ser y nuestro entorno. No vamos solos sino que lo hacemos con lo que nos sucede cotidiana, política y socialmente. La obra transcurre en 1941, se escuchan bombas y sirenas pero yo no me propongo poner un mensaje particular. El espectador completa y otorga el significado al significante que está en escena. Cada uno va con su mochila personal y se lleva lo que el escenario le deja. Esto es lo maravilloso. Está hecho para una gran platea pero sigue siendo un espectáculo personalísimo.

P.: ¿Cuánto hay en la obra del concepto del teatro como arte sanador?

A.P.: Lo dice mi personaje: en el teatro el dolor se tolera, en el teatro está la belleza, pasa un poco eso hoy y siempre. O como dijo Vittorio Gassman, el teatro es un moribundo eterno, si no la gente no iría a ver teatro, va porque pase lo que pase afuera, el teatro es sanador para el que lo hace y para el que lo ve, es una especie de ceremonia. Es el único arte donde se ve al ser humano en su totalidad; en cine, TV o pintura hay primeros planos y recortes; en teatro es inevitable ver al ser humano en su totalidad, de cuerpo entero. Esta obra cuenta un poco eso y está escrito y comprobado que, en la guerra, los teatros estaban llenos, de alguna manera nace el music hall, la gente tenía gran necesidad de sacarse de la cabeza los bombardeos y los aviones.

P.: ¿Cómo fue el trabajo con Corina Fiorillo?

A.P.: Es una directora muy interesante y nos deja hacer el personaje, pero aporta su mirada de afuera.

J.M. Tiene una manera libre de dejar exponer a cada uno sus impresiones para manifestar. Hace tiempo tenemos el material y se pudieron hacer los acuerdos básicos para decir ésta es la obra que vamos a hacer. Se ocupó de dejarnos ser y hacer. Hubo cosas que se fueron resignificando, un ida y vuelta profundo y divertido que fue echando luz. Las grandes obras tienen esto. Uno termina de comprenderlas por la magnitud que tiene el texto, y que transforma en algo transcendente lo que pasó previamente.

P.: Viene trabajando últimamente en teatro comercial...

J.M.: En el off hay mucho material que no trabaja sólo el divertir; el comercial siempre tiene en cuenta lo que puede rendir, lo que supone que debería ser exitoso. Hay un nexo entre comedia y comedia dramática que viene rindiendo en el último tiempo y por suerte el público se divierte, y hay a veces lugar a reflexión. En esta obra la reflexión se hace honda; no se pone como pretexto para divertirnos, en cambio nos divertimos desde lo patético, lo doloroso, hay que conseguirlo, no es tarea fácil.

P.: Puig, ¿Qué disfruta más dirigir o actuar?

A.P.: Dirigir me apasiona porque uno lee la obra y empieza a imaginar escenografía, vestuario, actores, pero una vez que debuta, la obra les pertenece a los actores. Dirigir es algo creativo y tiene la ventaja de que uno no tiene la necesidad de ir todos los días al teatro. Actuar tiene mucho de sacrificio porque todos los días a las 20 hay que estar listo, bien descansado y muchas veces los sábados o domingos, con dos funciones, es una paliza. Te invitan a comer asado y no podés ir.

P.: ¿Cómo sigue "Grease" luego de la partida de Griselda Siciliani?

A.P.: Pasó algo curioso, inexplicable, y no sabemos a qué atribuirlo. Fue hablado con Rottemberg, con Yankelevich, cuando volvió "Grease" de las vacaciones se cayó, pasamos de primeros a décimos, y ahora con Laurita Fernández levantó y de nuevo estamos primeros. Viene un público muy joven, termina un número y gritan, aplauden, creo que se renovó. Estoy sorprendido con Laurita, está fantástica. Al principio dudé porque no sabía si podía cantar, la había visto bailar en lo de Tinelli pero Gardelín me garantizó que cantaba. Y así fue.

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