El tiempo ha convertido una investigación del asesinato de un chico de ocho años violado y degollado en un ritual satánico ocurrido en Mercedes, Corrientes, en 2006, en una tensa y detallada novela negra basada en hechos reales, “Satán de los Esteros”, en la que Leonardo Gentile no se privó de señalar la trama impune de aquel macabro homicidio y sus relaciones con casos de pedofilia, prostitución y narcotráfico. Gentile es periodista y fue maestro rural. Trabajó durante diez años en este libro junto a Leopoldo Brizuela y Selva Almada. Dialogamos con él.
En busca de un demonio que acecha la vida real
Diálogo con Leonardo Gentile sobre “Satán de los Esteros”, novela basada en un infanticidio correntino.
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Periodista: ¿Fue a buscar datos para un cuento policial en Mercedes y volvió con una novela de terror?
Leonardo Gentile: Eso fue hace unos doce años. Estaba investigando casos de mujeres criminalizadas por sus creencias, mujeres indígenas que quemaron vivas en la época colonial. En el trabajo, una compañera me contó que habían detenido a unas mujeres en Mercedes por organizar el crimen de un chico de 8 años en un ritual de magia negra.
P.: ¿Había una trama criminal que involucraba a seres poderosos?
L.G.: Llegué pensando que esas mujeres eran “perejiles”, que las habían detenido para tapar algo hecho por otros, que no tenían nada que ver, que vivían solas en un pueblo muy conservador, y que por eso las acusaban. Luego supe que había muchas pruebas que las vinculaban y sustento jurídico para detenerlas, y cambié mi forma de ver. A partir de ahí fui muchas veces a Mercedes, a Curuzú Cuatiá, a la ciudad de Corrientes. Entreví una trama extensa que terminaba en el asesinato de Ramoncito, al que la familia llamaba Moná. Quienes lo mataron creían que luego del crimen iban a lograr beneficios sociales y económicos que les mejorarían la vida. Escribí unas notas periodísticas, hasta que el editor de Newsweek, donde trabajaba entonces, me dijo que ese caso es para profundizar, que era para un libro.
P.: ¿Qué son las veneraciones?
L.G.: Ceremonias de magia negra en que se consagran a algo, en ese caso el cuerpo de un niño. El antropólogo cultural que trabajó en el caso me señaló que en eso había la hibridación de cultos afrobrasileños, satanismo y magia hispano guaraní como el culto al Señor de la Muerte. Acceder a esas ceremonias llevaba a obtener dinero, y ascender en la organización mágico religiosa. La gente que fue detenida, juzgada y condenada ocupaba un rol operativo en las veneraciones, reclutar chicos o chicas que pudieran participar de ellas o celebrarlas. Muchos de los participantes tenían conocimientos muy rudimentarios de las creencias que llevaban a las veneraciones. Más allá del grupo operativo, había dirigentes que pagaban para que se hicieran los ritos. Esa gente, que instigó a ese crimen, no fue juzgada y sigue impune.
P.: ¿Por qué un investigador judicial le dijo que esas creencias servían a otros fines?
L.G.: Es que servían para enganchar mano de obra y generar ingresos a través del narcotráfico y la explotación de menores con fines sexuales. Con esos ingresos garantizaban un beneficio inmediato a la gente que se incorporaba, sobre todo a la de menores ingresos. Lo mágico religioso servía para cohesionar, para que se sintieran comprometidos y protegidos. Me costó entender el funcionamiento de esa estructura religiosa delictiva. Me ayudaron el antropólogo y la mujer policía con experiencia en casos similares que trabajaron en el crimen ritual de Moná. Pero cuando me encontré con todo eso no sabía cómo ordenar todas esas piezas.
P.: Contó con la ayuda de dos grandes escritores, Leopoldo Brizuela y Selva Almada…
L.G.: Y Julián López. Con Brizuela fue un antes y un después. La escritura periodística a veces nos empobrece. Leopoldo me sacó de esas comodidades del oficio. Trabajé en el armado del libro la mayor parte del tiempo con él. Cuando enfermó no pudimos seguir. Cuando partió fue muy difícil, nos habíamos hecho amigos. No sabía si seguir con el libro. Me ayudó mucho Julián López, pero no pudo seguir. Entonces me ayudó Selva, que conocía el caso de Ramoncito, a quien le debo muchísimo. Con Leopoldo y Selva hicimos los tramos más largos del libro.
P.: Destaca otras dos ayudas: las de Claudia Blanco y Martha Pelloni.
L.G.: Fue clave la ayuda de la policía Claudia Blanco. Sabe de umbanda. Se formó en esa religión y se ordenó Mai. La convocaron porque el juez de Mercedes vio en la escena del crimen del chico elementos y la forma en que se había tratado el cuerpo que le llamaron la atención, sobre todo ciertos despellejamientos. Eso lo llevó a relacionarlo con religiones afrobrasileñas. Fue fundamental la colaboración de Claudia para entender lo ocurrido. La monja Martha Pelloni tenía La Red Infancia Robada una fundación que investigaba la trata de menores, con referentes en varios pueblos que alertaban sobre casos de trata a la justicia local y a la fundación. Cuando Pelloni llegaba a un pueblo provocaba revuelo, presionaba para que la Justicia trabaje. La fundación contaba con psicólogos y asistentes sociales que contenían a las víctimas y sus familiares. Una chica amiga de Moná, la víctima, que estuvo presente en el ritual, después de un tiempo se atrevió a contárselo a Claudia Blanco y destrabó la investigación, Hoy es testigo protegida. Se hicieron allanamientos y se encontró todo lo que ella contaba. Aparecieron listas de niños, donde cada uno tenía un precio, de gente a la que habían intentado sacarle los chicos. A partir del relato de esa nena se empezó a esclarecer el crimen. Ella quedó muy traumatizada. Tuvo que declarar tres veces en los dos juicios que se realizaron y llegaron a sentencia.
P.: ¿En qué está ahora?
L.G.: He retomado la investigación de mujeres que, en tiempos de la colonia, fueron juzgadas por hechicería y quemadas en una hoguera. Hay probados casos en lo que hoy es Tucumán, Santiago del Estero, La Rioja, Jujuy y Córdoba.




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