28 de agosto 2009 - 00:00

Imposible descubrirla y no querer regresar

Imposible descubrirla  y no querer regresar
Hay lugares que se recuerdan por sus olores, sabores y colores. Cartagena de Indias es un buen ejemplo. Sobre todo si uno llega a deslumbrarse con la Ciudad Amurallada y permanece en ella desde la mañana hasta últimas horas de la noche, como le sucede a la mayoría de los turistas que la visitan.

Llega un momento en que los pies ya no se sienten de tanto caminar. No hay memoria de cámara digital que soporte tantas fotografías. Gente que parece inalterable con el paso del tiempo, majestuosas catedrales, angostas callecitas que terminan vaya a saber dónde, viejos y arruinados balcones de estilo colonial repletos de santa ritas y flores típicas de la región rojas, amarillas, violetas. De fondo se ve la muralla, imponente. Los cañones permanecen intactos apuntando hacia el mar del Caribe, como si todavía tuviesen que resistir los embates de vándalos y piratas que azotaron la ciudad en tiempos de guerra.

El Viejo y el Nuevo Mundo

Cartagena es el contraste perfecto entre el Viejo y el Nuevo Mundo. La historia se respira en cada recoveco: en el Muelle de los Pegasos, la calle de la Amargura, la Plaza de los Mártires, el Museo de la Inquisición, la Calle de la Necesidad. La Bahía de las Ánimas merece una mención aparte. En una investigación publicada hace un par de años, el periodista y escritor colombiano Jorge García Usta recuerda un fragmento de una nota escrita por Gabriel García Márquez en el diario El País, el 10 de marzo de 1981: «Para mí el rincón más nostálgico de Cartagena de Indias es el muelle de la Bahía de las Ánimas, donde estuvo hasta hace poco el fragoroso mercado central. Durante el día, aquélla era una fiesta de gritos y colores, una parranda multitudinaria como recuerdo pocas en el ámbito del Caribe. De noche era el mejor comedero de borrachos y periodistas. Allí estaban, frente a las mesas de comida al aire libre, las goletas que zarpaban al amanecer cargadas de marimondas y guineo verde, de remesas de putas biches para los hoteles de vidrio de Curazao, para Guantánamo, para Santiago de los Caballeros, que ni siquiera tenía mar para llegar, para las islas más bellas y más tristes del mundo. Uno se sentaba a conversar bajo las estrellas de la madrugada, mientras los cocineros maricas, que eran deslenguados y simpáticos y tenían siempre un clavel en la oreja, preparaban con una mano maestra el plato de resistencia de la cocina local: filete de carne con grandes anillos de cebolla y tajadas fritas de plátano verde. Con lo que allí escuchábamos mientras comíamos, hacíamos el periódico del día siguiente».

Hoy Cartagena tiene mucho de aquella ciudad que describe el Nobel de literatura. Es posible revivir esas fiestas de gritos y colores, aunque por las noches, al ritmo de la salsa y la cumbia colombiana que tanto identifica a su pueblo. En realidad ése es el epílogo de una noche que comienza dos horas antes, en una de las tantas chivas que circulan por la ciudad. Las chivas son colectivos rumberos, sin vidrios, preparados para trasladar turistas por toda la ciudad mientras cantan y bailan música en vivo. Tienen siete u ocho hileras y en cada una hay grupos de distintas procedencias. El recorrido incluye ron libre con Coca-Cola y hielo.

Desde hace un tiempo, el tour tiene un condimento extra. Un perro callejero es el primero en llegar a la puerta del hotel Decamerón, en Bocagrande, donde estacionan estos vehículos. La mascota, bautizada Mama Ron, hace el recorrido, pero corriendo en cuatro patas, y en pocas cuadras ya se convierte en una de las principales atracciones de los turistas. Se llama Mama Ron, en honor a la canción que compuso Noel Petro (el «Burro Mocho») y que supo ser un hit en los carnavales de Barranquilla.

El perrito empieza su rutina nervioso. Olfatea las llantas, mira para todos los lados, va y viene. Se relaja recién cuando el vehículo arranca y el grupo musical empieza a tocar. En cada parada, recibe de los turistas su recompensa: agua fría, comida y muchos mimos. Cuando los motores se apagan, posa para la foto con los visitantes de turno y juguetea durante el baile al final del trayecto en la Ciudad Vieja, cuando se juntan todas las chivas en una plazoleta. El grueso de la gente parte hacia algún boliche bailable de la zona. Mama Ron se marcha con rumbo incierto. Al día siguiente está otra vez en las calles de Bocagrande, frente al hotel Decamerón, minutos antes de que arranque la chiva...

Un mundo en sí mismo

Uno vuelve y vuelve a la Ciudad Amurallada, cada día, como si permanentemente le quedara algo por descubrir. Una forma pintoresca de recorrerla es en sulky, por un valor de $ 115. El paseo es para disfrutarlo en silencio, porque entre el ruido de los vasos del caballo al caminar y el murmullo de la gente, cualquier intento por escuchar al guía será en vano.

El costo de las entradas a los museos o sitios de interés turístico son accesibles para cualquier bolsillo (ver infografía). El ingreso al Fuerte de San Felipe para un adulto cuesta 30 pesos argentinos; el pase al Palacio de la Inquisición oscila los 23 pesos. Siempre hay días del mes en donde la entrada a monumentos y museos es gratuita.

Comer afuera

Ir a comer afuera, a un lindo restorán, es como salir a cenar en uno bueno porteño. Con entrada, plato principal, postre y bebida se debe calcular entre $ 80 y $ 100 por persona. En los boliches generalmente no se cobra entrada, sobre todo a los turistas, pero todos obligan a consumir adentro del local.

En Cartagena no se estila tomar tragos, sino botellas enteras. Una de aguardiente de 375 ml cuesta $ 110. La cerveza en una discoteca (como la llaman ellos) se consigue a $ 25, y la limonada de coco, que no tiene alcohol, cuesta $ 10, lo mismo que una gaseosa. Lo cierto es que por alguna razón, todo el mundo le dedica el 80% de su tiempo a las murallas, salvo en el horario de la siesta. En el Caribe, cuando el sol manda no hay cómo sobrevivir si no es en la playa o en las piletas de algún hotel.

Una buena alternativa es cruzar a las islas del Rosario, un paraíso de playas de arenas blancas y mar cálido y transparente. Es posible contratar un tour con traslados y almuerzo incluido por 150 pesos argentinos.

Para aquellos que disfrutan de la vida de hotel, hay varios y muy buenos. Es posible combinar actividades recreativas con relax y los mejores servicios, algunos incluso tienen playa propia. Los hoteles más caros y exclusivos, a diferencia de lo que sucede en el resto del mundo, no son los 5 estrellas, sino los establecimientos boutique. El sueño de cualquier turista es alojarse dentro de la Ciudad Vieja, en uno de estos reductos. Pero la noche oscila entre los $ 900 y $ 1.300 e incluye apenas el desayuno. Un lujo demasiado caro teniendo en cuenta que Cartagena no es precisamente un destino de fin de semana...



- Un especialista


Hasmel Zabaleta García es uno de los tantos guías que pululan por Cartagena acompañando contingentes de todos los rincones del planeta.

Su documento nacional de identidad acusa 21 años, pero tiene la sabiduría y experiencia de un hombre curtido. Quien ha viajado reconocerá la diferencia entre un guía improvisado y uno entendido. Éste es el segundo caso. Hasmel sabe, y mucho: «Estamos a puertas de empezar en octubre la más grande temporada de cruceros en cuanto a número de turistas se refiere; además, últimamente se han inaugurado varios vuelos directos a la ciudad como es el caso del de LAN Perú y LAN Chile y de Aero República de Venezuela. En cuanto a la procedencia, el mercado que más nos visita es el venezolano, aunque están creciendo fuerte Chile y Norteamérica, con un promedio de gasto alto. También están los cruceros, sobre todo procedentes de Norteamérica y Alemania». Cartagena también es puerto de salida de algunas líneas de crucero.

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