Ninguna historieta tiene un superhéroe mejor

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 «Siempre la realidad supera la ficción». La frase de Diego pinta lo que pasa habitualmente con Maradona. Si un historietista quisiera crear un superhéroe y humanizarlo, su imaginación no podría con la realidad de la vida del que fue el mejor jugador de fútbol del mundo.
Una niñez con pobreza extrema, un sueño de «jugar en la Selección y ganar un Mundial», que se cumplió. La droga que, como la criptonita en Superman, fue minando sus fuerzas y lo puso a merced de sus enemigos. La muerte que le anduvo rondando. La resurrección en un programa de televisión, que lo mostró en todo su esplendor. Una recaída producto del alcohol y otra vez los que lo daban por muerto (en todas las redacciones de los diarios del mundo está escrita su necrológica) tuvieron que morderse la lengua.
Y ahora que parecía iba a vivir una madurez tranquila, con su segunda mujer, sus hijas y sus nietos jugando showbol para seguir mostrando su arte con el balón, apareció de la nada esta oportunidad de dirigir la Selección y cuando muchos presagiaban un desastre, les devolvió a jugadores aburguesados y llenos de millones de dólares en su cuenta corriente, las ganas de jugarse la vida por la Selección.
De «superjugador» pasó a ser «supertécnico», con premios y castigos, como darle su camiseta 10 a Lionel Messi, el que todos nombran como su heredero sin ninguna mezquindad, o declarar que la Selección es «Mascherano más diez», alabando a un jugador que tiene como bandera la lucha, más que la habilidad, y por otro lado minimizar su disputa con Juan Román Riquelme, sin buscar un enfrentamiento que hubiera armado una discusión mediática interminable. Con el «yo lo había convocado, si renuncia que no vuelva más», terminó la discusión y pasó a otro tema.
El debut ante su público era una prueba de fuego. Ya había pasado con nota las dos primeras, ganándole en Glasgow a la débil selección de Escocia y derrotando con un planteo inteligente a Francia en Marsella, pero faltaba el partido por los puntos y en la cancha de River, que como él pidió estaba colmada y pasó la prueba con creces.
Es cierto que Venezuela no era un rival riesgoso, pero por eso mismo era peligroso, porque empatar o perder ante una selección a la que siempre se le ganó tenía sabor a fracaso. Tenía mucho más para perder que para ganar.
«Me siento orgulloso porque todos quieren estar en esta selección», dijo sin ganas de confrontar con Riquelme, al que algunos recordaron con carteles en la cancha (Hubo uno que decía «Maradona es un diez, Riquelme es diez grados bajo cero».), pero al que la mayoría decidió ignorar, lo que para el volante de Boca debe de haber sido lo peor.
Ahora tiene que ir a la altura de La Paz. Ésa es su próxima misión y Súper Diego está preparado para luchar por la justicia.

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