Opiniones

El monotributo es el camino a la solución de la presión tributaria

Para analizar este punto es importante recordar qué es la presión tributaria y cómo se viene acrecentando en los últimos 30 años en nuestro país.

La carga o presión tributaria es el porcentaje del PBI que recauda el Estado a través de impuestos. En la última década, la presión impositiva se duplicó. Entre la carga previsional e impositiva una empresa de impuestos y de cargas sociales paga casi el 150% al Estado. No solo en el plano económico, sino también en el plano social, institucional, político y laboral se encuentra en plena decadencia. El monotributo es el camino a la solución de la presión tributaria.

Una de las grandes causales de nuestra actual situación es el estancamiento absoluto fogueado por la gran presión impositiva de carácter brutal que priva a la gente de tener capacidad alguna de ahorro y a los empresarios de contar con condiciones potables para potenciales inversiones.

Ambas cosas darían por resultado favorables empleos formales y genuinos, con mejores salarios, empresas en crecimiento y con ello, una mejor calidad de vida para todos los argentinos.

La presión impositiva se ha convertido en un perfecto sistema de opresión camuflada. La presión impositiva no solo nos oprime, sino que terminamos siendo sufrientes de las impericias, negligencias e imprudencias de toda nuestra dirigencia política.

En los años 90, la presión impositiva ya era del 22% del PBI, el Estado había crecido un 25% y las ayudas sociales representaban una cantidad cercana a las 500 mil.

El aumento del Estado en estos años no había dado muestras de tener relación con una mejora en la calidad de vida de la gente, por el contrario, prácticamente el resultado fue lo opuesto: en esos años la inflación se disparaba y la pobreza mostraba franco aumento.

A mediados de 2003 y ya con el horizonte puesto en la crisis que vendría, de a poco la presión tributaria se fue incrementando hasta llegar al 22% del PBI. El Estado crecía un 20% en relación a la década anterior y ya llevaba un crecimiento acumulado de un 50% desde los comienzos de la democracia.

El impuesto a los movimientos bancarios y las retenciones a las exportaciones eran las novedades de la década, pero a diferencia de lo actual, salimos de la crisis con menos impuestos que los que tenemos actualmente. La pobreza se mantuvo en un promedio al 29% y los planes sociales ya superaban los 3 millones.

En la Argentina de 2012, la presión tributaria representó alrededor de 36% del PBI. El Estado había crecido un 30% más y ya había duplicado su tamaño desde la vuelta a la democracia. Los planes sociales, eran la vedette del momento, ya alcanzaban los 10 millones, y la pobreza nunca descendió de los niveles del 30%. No nos olvidemos de nuestro castigado índice de precios, “la inflación”, endémica en nuestro país, que rondaba por aquel entonces desde los 40% y hasta 50 puntos.

Todos estos factores, acompañados de la creciente presión tributaria volvieron a dar serias muestras de estancamiento económico el cual había llegado para quedarse, y se quedó, para estar bien presente en toda esta década.

Hoy, la presión tributaria roza el 40%. La presión fiscal efectiva muestra qué porcentaje del PBI es recaudado por el Estado en forma de impuestos y se utiliza para medir el peso tributario del país

¿Cuándo van a comprender que la altísima presión tributaria es una de las principales debilidades de la economía argentina? Por cada 12 meses del año, los argentinos trabajamos siete para el Estado, para pagar, casi confiscatoriamente, los impuestos y cinco meses para nosotros.

El Estado nos ha empobrecido, nos ha quitado las posibilidades de ser un país mejor. Y no solo son cuestiones meramente numéricas: entre más alta es la presión tributaria, menores son nuestras libertades.

Tenemos 82 tributos a nivel municipal, 40 a nivel nacional y 41 a nivel provincial: en total 163 impuestos en el país; miles de regulaciones y una burocracia que nos devora todos los días, lo infame es que con el 10% de los principales impuestos (IVA, Ganancias, Seguridad Social, etcétera) se genera la masa recaudatoria del país.

La cantidad excesiva de impuestos representa nuestra incapacidad para administrar lo que es de todos. Basta compararse con otros países y darse cuenta. ¡Queremos ser más libres!

Tengamos en cuenta que:

  • Las faltas de seguridad jurídica hacen que el esquema tributario actual no pueda sostenerse por sí mismo entre nación, provincias y municipios, es infernal. Gastamos más de lo que generamos.
  • El gran nivel de informalidad de la economía, a niveles macro y microeconómicos, como ser, el trabajo clandestino y las facturas apócrifas, hacen que la presión fiscal no ceda en su ahogo a los que intentan sobrevivir a la crisis actual
  • La falta de inversiones, financiamiento y caída del consumo, producen que sea tentativo la franja de informalidad, y, a su vez, el órgano recaudador no acompaña en esta debacle, alterando más el curso de la informalidad con resoluciones y medidas contra fácticas.
  • Es necesario abordar medidas necesarias a corto plazo que apoyen el comercio y el emprendedurismo bajo el lema “sin empresas no hay empleo”; “sin empleo no hay consumo” y “sin consumo es insostenible cualquier economía”, y sin estos factores no hay país serio que resista.

Seamos capaces de comprender lo que somos para poder llegar a transformar esta penosa realidad con un Estado distinto y con un futuro amigable para las generaciones venideras

Frente a esta situación compleja y coyuntural, el monotributo puede convertirse en el principio de una solución que necesariamente tiene que llegar para que el país pueda ordenarse fiscalmente.

La idea de pagar poco y aumentar el número de contribuyentes está en el génesis de este régimen, por lo que el inicio hacia una reforma integral del esquema recaudatorio argentino está delante de nosotros.

Prueba de eso es que frente a diversos intentos de hacer más engorrosa y controlada la existencia de monotributistas, su número no ha bajado, sino todo lo contrario. En definitiva, el régimen supo resolver problemas que en el resto del sistema tributario no.

Así como tenemos que cambiar lo que está mal, también debemos defender al menos algo de lo que resultó exitoso en este sistema tributario perverso.

Tengamos en cuenta que, en la actualidad, el 75% del universo monotributista se dedica a los servicios, siendo que, no hay muchos que se dediquen al comercio de bienes.

Evidentemente, es inviable volcarse al comercio en esos niveles tan bajos de ventas. Incluso, considero que en algunos casos es el propio Estado (que no tributa IVA) el que promueve una suerte de “monotributización” de las personas.

Hay municipalidades que no aceptan facturas del Régimen General, porque les resulta más caro por el pago del IVA.

Ahora bien, los que están en las escalas más altas los quieren pasar más rápido al Régimen General, donde los costos son ocho veces más altos y costosos.

Tenemos que entender que, en una economía inflacionaria como la de la República Argentina, la facturación subió mucho nominalmente, pero eso no quiere decir que se haya ganado en términos de rentabilidad.

Considero de vital importancia que se deberían introducir modificaciones al régimen simplificado para corregir esos errores y mantener, en estos tiempos, el Régimen Simplificado del Monotributo y contribuir a su impulso.

Desde esa perspectiva deberíamos preguntarnos: ¿Por qué desmantelar un régimen en el que todos quieren estar para instaurar uno que lo remplace y del que todos quieren huir?

(*) Escritor. Docente. Abogado Laboralista

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