7 de septiembre 2005 - 00:00

A la Venecia rica le gusta el cine pobre

«Pino» Solanas
«Pino» Solanas
¿Pierden el tiempo tantos jóvenes imaginativos que hoy estudian cine en la Argentina, y que se proponen hacer con sus cámaras otra cosa que películas tercermundistas de «denuncia»? Pura cuestión de mercado: si quieren estar presentes en la consideración del mundo rico, no les quedará otra que ir a filmar protestas y documentar ollas populares.

El Festival de Venecia actualmente en curso, un lugar donde es difícil obtener una habitación por menos de 400 euros (las más modestas) o comer por menos de 150 euros diarios, aplaudió ayer el documental «La dignidad de los nadies», de «Pino» Solanas, director festivalero por excelencia. El año pasado gozó del mismo fervor europeo, esa vez en Berlín, con «Memoria del saqueo» (película que fracasó en su estreno en la Argentina), y ya tiene en carpeta otros dos próximos títulos, «Argentina latente» y «La tierra sublevada», seguros éxitos en próximos festivales de tierras ricas y sensibles.

La cara opuesta de la moneda son los rechazos de Venecia. Obviamente, nunca se comunican cuáles son las películas que un festival no acepta en su competición; sin embargo, al reducido medio cinematográfico eso trasciende. Por caso, se sabe que la segunda película de un director argentino, muy exitoso en su debut, no fue aceptada en Venecia. Se trata de una película de género fantástico, sin piqueteros en el reparto. Como tampoco es asiática (otro de los «ábrete sésamo» en festivales), se quedó sin Venecia.

Una anécdota de muchos años atrás pinta cabalmente la comprensión que hay en el Festival de Venecia del «cine militante». Ocurrió a fines de los 60 durante la proyección del film que hizo famoso a Solanas, «La hora de los hornos», por entonces clandestino en la Argentina, y en una de cuyas escenas se ridiculizaba al escritor Manuel Mujica Lainez. En montaje alternado con escenas de pobreza, aparecía «Manucho» a quien le preguntaban en qué lugar del mundo le gustaría vivir. El escritor no lo dudaba: «en Venecia, naturalmente». Cuando el público veneciano vio esa escena en el festival aplaudió a rabiar: creyeron que «Manucho» quería huir de la Argentina y exiliarse allí en la ciudad de los dux y los leones, tierra revolucionaria por excelencia.

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