12 de diciembre 2000 - 00:00
"A las criminales las cambió el feminismo"
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Marisa Grinstein.
Periodista: ¿Cómo se le ocurrió escribir sobre 14 mujeres asesinas argentinas?
Marisa Grinstein: Me gusta meterme en los archivos. Estaba investigando, hace muchos años, algún caso de otro tipo para la revista en la que trabajaba y me llamó la atención la historia de una mujer, Emilia Basil, una libanesa que mató a su amante y luego con el cuerpo hizo empanadas.
P.: ¿Eligió lo bizarro porque pensó que iba a asombrar, a pesar de que algunos casos son muy conocidos?
M.G.: No creo que todos. Se conocen los que se volvieron mediáticos, el de Yiya Murano, el de María Ofelia Lombardo y el de Emilia Basil. Los elegí porque son más interesantes que el de una mujer que se pelea con su marido, toma un arma, que podía llegar a utilizar él, y le pega un tiro. Eso no me parecía narrativamente atractivo.
P.: ¿Cómo encontró la idea de convertir esos casos en breves relatos y no caer en el ensayo periodístico?
M.G.: El ensayo no es un género que me interese demasiado para hacerlo yo, así que quise contar esas historias como si fueran cuentos basados en hechos reales.
P.: En el prólogo parece justificar a algunas de esas mujeres...
M.G.: A medida que conocía los casos, me decía: me gustaría saber qué pasa detrás de estas mujeres para hacer lo que hicieron. Muchos crímenes, porque busqué el costado bizarro, son de una crueldad espantosa. Para bucear en el tema, hablé con amigas, amigos y familiares tanto de las asesinas como de las víctimas, y las homicidas tenían historias tremendas, de violencia familiar y de mucha decepción ante sus propias vidas.
P.: ¿No es ésa la coartada que utilizan las asesinas o sus defensores para justificarlas? ¿No hay una mayoría de personas que habiendo tenido una infancia igualmente atroz, o aun más, jamás han pensado en realizar un crimen?
M.G.: Cuento casos extremos. En uno hay una mujer que mata a sus dos hijos y, a su vez, su madre había intentado matarla de la misma manera. Eso está más allá de una infelicidad o desdicha normal. Traté de no justificarlas, ni para bien ni para mal, sino contar cómo fueron los hechos y las vidas de esas mujeres previas a esos hechos sangrientos. Me preguntaba: cómo era esa mujer que terminó haciendo eso, y tenían vidas bastantes miserables, y quería contar cómo les había ido.
M.G.: María Ofelia Lombardo que mató a su marido porque tenía cáncer y, supuestamente, se apiadó de él en un momento, después de muchas horas de charla, me dijo: bueno, creo que una no es normal cuando mata a alguien.
P.: ¿Estuvo frente a otras asesinas?
P.: ¿Por qué era la menos peligrosa?
M.G.: Claro, y, además, porque se dio. Además, muchas están desaparecidas o muertas. Con otras no quise hablar porque no confiesan sus crímenes a pesar de haber sido declaradas culpables.
P.: ¿Hubiera ido a tomar el té y comer masitas con Yiya Murano?
M.G.: No, creo que no. No por miedo a que me envenenase, sino porque no me iba a contar lo que yo esperaba saber.
P.: ¿El veneno es lo elegido por la mayoría de esas asesinas?
M.G.: Deseché bastantes casos de envenenadoras porque ya eran muchos. Es lo más fácil para las mujeres. Ahora está cambiando un poco. Me decían los psicólogos forenses que en una época 80 por ciento de los casos eran por envenenamiento y ahora, con la liberación femenina, con el feminismo (risas), la mujer se ha acercado más al hombre y también mata con cuchillo, con revólver, se apropia de elementos masculinos.
P.: ¿Los forenses consideran que esos casos corresponden a extrema ferocidad o a formas de la locura?
M.G.: Es un dilema que los tortura bastante, la diferencia entre locura y crueldad y dónde trazar la línea divisoria. Eso es clave para saber si se declara inimputable a alguna. Admiten que, a veces, les es muy difícil entender a qué se enfrentan.
P.: Hay casos de asesinas seriales que han obviamente planeado con premeditación y alevosía, y otros parecen pasionales...
M.G.: En los crímenes realizados por mujeres siempre se tiende a pensar que son pasionales como para justificar el asesinato, como si el amor fuera un motivo mejor para matar que otro. He escuchado bastante esa teoría.
P.: ¿Quiénes van a ser los lectores de «Mujeres asesinas»?
M.G.: Mientras iba escribiendo y armando el libro, veía que las mujeres tenían una enorme curiosidad y preguntaban muchísimos detalles. Y algunas, con cierta satisfacción, celebraban que alguna había matado a su marido. Satisfacción entre comillas, era un chiste que no se compartía con los hombres en absoluto. Los hombres preguntaban, y luego decían: no, no me cuentes, por favor, me impresionan. Parecía como si sintieran que en algún momento podían ser víctima de una de esas mujeres.
P.: ¿En los hombres es habitual el fantasma de la mujer asesina?
M.G.: Lo vi mucho. Entre psicólogas forenses y psicólogos forenses era muy distinta la perspectiva en que se ubicaban. Las mujeres trataban siempre de entender a la criminal y los hombres parecían decir «por suerte me tocó un único caso de mujer asesina» y estaban más impresionados por esa historia, incluso me confesaron que les molestaba, o les daba cierto rechazo, el ir a verla a la cárcel y hablar con ella. También me confesaron que las asesinas tenían con ellos una relación más difícil que con la psicólogas que iban a visitarlas.
P.: ¿Es cierto, como suele sostenerse, que una mujer con poder es más feroz que un hombre con poder?
M.G.: No sé si es así, pero sé que en el caso de las asesinas, cuando se deciden a cometer el crimen lo van planeando. Tienen un costado más cruel que el crimen de un hombre que mata. Es raro que un hombre se decida a hacer empanadas con el cuerpo del delito o a envenenar a alguien durante años y presenciar el deterioro de la víctima.
P.: ¿Asumir esa morbosidad la lleva a transformarse en asesinas seriales?
M.G.: Y sin ninguna culpa. Esa es otra constante según los forenses: no hay culpa, están hasta aliviadas de haber cometido ese crimen «porque me saqué de encima este problema». Lo dicen sin emoción alguna y sin ningún pudor. Una se pregunta por qué no buscaron otro camino, por qué no se separaron simplemente, pero algunas dicen que no soportarían la idea de que su ex marido anduviera por ahí rehaciendo su vida y que «si está bajo tierra es más controlable». Para cualquier persona normal esto resulta casi «gracioso» de tan absurdo, de tan inconcebible.
P.: ¿Hubo alguna asesina que le resultara diferente al resto?
M.G.: Clara, una que después de la menopausia comienza a enloquecer y cree que su marido, al que ama, la narcotiza para salir a encontrarse con mujeres. Exteriormente está en plena decadencia. El marido la lleva a un psiquiatra, pero luego de eso no se fija si toma o no los remedios. Otra constante de estas mujeres es un entorno familiar que prácticamente no las mira.
Clara identifica a una mujer que cree amante de su marido y le empieza a pedir los documentos, quiere confirmar que es quien ella piensa que es, y la otra se niega porque no la conoce y «qué hace esta loca pidiéndome documentos». Clara la persigue durante meses y finalmente la mata.
La víctima había hecho denuncias a la Policía, pero lo que cuenta es difícil de creer y piensan que está loca porque se cree perseguida por una mujer pelada que le pide los documentos. Clara me provocó cierta simpatía porque en la soledad de su locura, a su manera, buscaba su verdad, y no tenía a nadie que la contuviera o la llevara a una clínica, o simplemente evitara lo que ocurrió.
P.: La mayoría de las mujeres que usted cuenta pertenece a la pequeña burguesía, es decir que no están «sometidas», tienen buen pasar, tiempo de ocio...
M.G.: Son gente común. Muchas se aburren y lo malo es que tienen una vida vacía. Por eso algunas toman un amante que les divierte y luego deciden deshacerse de él. Me impresionaba que son mujeres comunes, que perfectamente pueden ser una vecina. Eso provoca inseguridad porque no se trata de alguien que mata para defender su vida o la de su familia...
P.: Usted muestra que los hombres que están junto a esas mujeres, o son sus víctimas, son absolutamente pasivos...
M.G.: Y muy ingenuos. Hay un caso impresionante. El de un empresario cuya mujer, Ana María Gómez Tejerina, decide matarlo y recién al tercer intento lo logra. Nunca consideró que fuera ella (junto con su amante) quienes querían matarlo. Esa actitud incluso la sorprende a ella, no entiende que no se dé cuenta, que sostenga que los atentados que sufre, pasó en los años '70, son hechos por guerrilleros. A ella le molestaban que su marido no se diera cuenta de su odio y su desprecio.




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