10 de julio 2002 - 00:00

A los 77 murió ayer Rod Steiger

Rod Steiger
Rod Steiger
Rod Steiger fue el actor que más sudó en el cine. No era para menos: pocos, como él, cargaron sobre sus espaldas tanta historia: entre otros, Steiger fue Napoleón, Al Capone, dos veces Mussolini, Poncio Pilatos y W. C. Fields. Hijo dilecto del Método Stanislavsky, era habitual que junto a la mirada torva, huidiza, y la inflexión vocal sarcástica o grave según la ocasión, una transpiración copiosa acompañara la memoria afectiva de sus felonías. A partir de los '50 su galería de personajes, generalmente tortuosos, lo convirtió pronto en la persona menos confiable de Hollywood, aquel al que las madres de actrices nunca querían ver junto a sus hijas debutantes.

Con su sonrisa ladina, él mismo lo recordó hace poco al evocar la escena del beso en la carroza en «Doctor Zhivago» (donde interpretó al cobarde Komarovsky): «Julie Christie estaba fatal. David Lean ya había filmado la escena tres veces, siempre mal. Entonces me cansé y le dije: 'David, yo me encargo. Y la besé de verdad, bien profundamente, como tiene que besar un hombre. Su expresión de sorpresa fue uno de los mejores fotogramas de la película».

Steiger
tenía 77 años y lo derrotaron ayer una pulmonía y una afección renal. Sin embargo, aún estaba lejos de retirarse: en sus últimos años hizo lo que siempre acostumbró en otros momentos de su vida: aceptar lo que fuera, en cualquier película. Su último film fue «A Month of Sundays», donde interpretó a un abuelo rescatado por su nieta de un asilo geriátrico del que quiere escapar. Todo un símbolo.

Sus grandes papeles arrancaron en 1954, con el hermano mafioso de Marlon Brando en el clásico de la delación de Elia Kazan, «Nido de ratas» («On The Waterfront»). A él le siguieron, para mencionar los principales, el Stanley de «Intimidad de una estrella» («The Big Knife», Robert Aldrich, 1955), el Nick Benko de «La caída de un ídolo», junto a Bogart («The Harder They Fall», Mark Robson, 1956), el O'Meara de «El vuelo de la flecha» («Run Of The Arrow», Samuel Fuller, 1956) y, más tarde, el primero de sus grandes villanos del cine, Al Capone en el film homónimo de Richard Wilson (1959).

A principios de los 60, su carrera se dividió entre Hollywood e Italia, donde filmó a las órdenes de, entre otros, Francesco Rosi («Saqueo a la ciudad») y Francesco Masselli («Los indiferentes»). A su regreso a EE.UU., Sidney Lumet le daría un consagratorio papel de composición, el prestamista judío Sol Nazerman en «The Pawn-broker» («El prestamista», 1964). Tres años más tarde, su sheriff racista Gillespie en «Al calor de la noche» («In The Heat Of The Night», Norman Jewison) le representaría un Oscar de la Academia. En el medio, participó en la citada «Doctor Zhivago», en el espectáculo bélico «El día más largo» y, con el cuerpo tatuado, en «El hombre ilustrado» sobre la novela de Ray Bradbury.

A fines de los 60 obtuvo, por fin, el papel de su vida, el Napoleón Bonaparte de «Waterloo», dirigida en la Unión Soviética por Serguei Bondarchuk (toda una felicidad de tics faciales y gestos para el bronce), mientras su carrera empezaba a tomar un cariz fuertemente internacional, no siempre con buenas elecciones: entre las mejores, «Inocentes con las manos sucias» de Claude Chabrol, junto a Romy Schneider, y otra panzada para su ego, el Benito Mussolini de «Mussolini, último acto», de Carlo Lizzani, papel que recreó en 1980 en «El león del desierto», junto a Anthony Quinn.

Los ochenta y los noventa lo encontraron en el mismo camino errático: tuvo secundarios en «FIST», « Un policía fuera de serie», « Hombres de respeto» y «La balada del café triste». Acaso, la que más amaron las nuevas generaciones fue la de su última demencia: el papel del general fanático que quiere desatar la guerra nuclear en «Marte ataca» de Tim Burton.

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