«El círculo» («Dayereh», Irán-Italia, 2000, habl. en farsi). Dir.: J. Panahi. Guión: K. Partovi. Int.: F.S. Orafai, M.P. Almani, F. Naghavi, N. Mamizadeh.
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La madre de una parturienta está trastornada. Esa ma-ñana, contra lo que esperaba la familia del marido, su hija tuvo una nena. La cámara sigue a la mujer, sin cortes, hasta la calle, pero una vez allí la abandona para interesarse en tres chicas que -pronto lo sabremos-acaban de escapar de la prisión. Ahora con montaje apretado, nos concentramos en la de una carita más inocente (y golpeada), que nos deja ante la puerta de una muchachita que huye de sus hermanos buscando una amiga que le haga un aborto...y esto recién empieza, y la lista sigue.
Un «arbolito» vendiendo dólares, policías que se llevan los diarios sin pagar, o juegan al adulterio con una mujer casada, mujeres que no pueden fumar en público ni viajar sin documentos ni acompañante, o deben tener autorización de la familia para abortar, o hacerse amigas de la segunda mujer del marido, o conseguir un marido que ignore su pasado, y tienen obligación de envolverse en un enorme chador para entrar en los edificios públicos, o quitárselo (y quitarse algo más) para conseguir algo con qué viajar, niñas vestidas como extranjeras, en la ilusión materna de un futuro mejor, el recuerdo de una chica en su última noche con un condenado a muerte, el presente de otra, en sus callejeos nocturnos, cada criatura, cada situación, va llevando a otra más grave, a medida que el día pasa, y todo se va haciendo más sombrío. Hasta que el círculo se cierra, pero no como podría esperar el público, sino de un modo más sutil, más perfecto, y peor.
Drama punzante, de humor ácido, sin pausas, donde lo más terrible, sin embargo, es invisible a los ojos (pero no a los oídos), esta obra no parece salida del mismo director de «El globo blanco» y «El espejo». Pero es así. Jafar Panahi no sólo hizo películas sobre niñitas perdidas por las calles de Teherán, donde la gente las trata bien, sino que ahora hizo una película sobre mujeres levemente más grandes, perdidas por esas mismas calles, donde la gente puede tratarlas mal.
A tener en cuenta: su guionista, Kambuzia Partovi, también viene del cine para niños, o sobre ni-ños. Ambos pensaron esta obra, como un llamado de atención, en 1997, con el cambio de gobierno en su país. Y la filmaron, con varios trastornos y continuo «asesoramiento» policial (¿será por eso que los policías son todos amables, y cuanto mucho cometen alguna picardía?). De todos modos, y aunque llegó a ganar el León de Oro en Venecia, en su país todavía no lograron estrenarla.
Sí se estrenó en EE.UU., que otorgó a su director el Premio a la Libertad de Expresión, pero detuvo a ese mismo director en el aeropuerto neoyorquino, y lo mandó esposado hasta Hong-Kong, y que ahí se las arregle, y que no vuelva, puesto que lleva pasaporte iraní. Dijimos «drama punzante, de humor ácido, sin pausas». Corrección: hay una pausa, cuando alguien logra fumarse un cigarrillo, y es tanta la tensión que se libera, que hasta el espectador menos adicto siente en ese momento, en sí mismo, el placer incomparable, ¡y tan breve!, de disfrutar el humo.
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