15 de septiembre 2006 - 00:00

Acierta Veronese con su relectura de Chejov

Un notable elenco anima la versión de «Tío Vania» en la que, Daniel Veronese vuelve a mostrar una lúdica relación con el teatro sin perder vitalidad ni rigor artistico, como probó ya con «Tres hermanas».
Un notable elenco anima la versión de «Tío Vania» en la que, Daniel Veronese vuelve a mostrar una lúdica relación con el teatro sin perder vitalidad ni rigor artistico, como probó ya con «Tres hermanas».
«Espía a una mujer que se mata» Versión de Tío Vania de A. Chejov. Dir.: D. Veronese. Int.: O. Nuñez, M. Figueras, C. Quinteros, F. Llosa, S. Sabater, M. Lubos, J. Vallina. (El Camarín de las Musas.)

El director y dramaturgo Daniel Veronese tiene una relación muy lúdica con el teatro. Siempre está poniendo a prueba los distintos recursos escénicos sin que sus puestas pierdan vitalidad, ni rigor artístico, contando, desde luego, con la valiosa complicidad de sus elencos. Sin ir más lejos, sus dos últimas incursiones por la obra de Anton Chejov dan muestras de una saludable irreverencia.

Luego de «Un hombre que se ahoga», su atractiva versión de «Tres hermanas», Veronese estrenó ahora una relectura muy personal de «Tío Vania», fiel en esencia al original a pesar de sus escasos 60 minutos de duración.

«No habrá trajes teatrales, ni ritmos bucólicos en salones familiares. Ni trastos que denoten un tiempo campestre», advirtió el director antes del estreno, pero como es su costumbre, no dejó de aludir a ciertos artificios escénicos (la escenografía, por ejemplo) para que la experiencia teatral resulte más dinámica y abarcativa. La acción se desarrolla en «la ya vieja y golpeada escenografía de 'Mujeres Soñaron Caballos'» (Veronese dixit), pero ambas puestas comparten además varios textos y situaciones que los habitués detectarán sin dificultad.

Tal como sucede en la pieza de Chejov, la llegada del profesor Serebriakov -ahora especializado en teatro- y su joven esposa Elena altera la calma pueblerina en la que vive Vania junto a su madre y su sobrina Sonia. Estos trabajan en la finca familiar durante todo el año para que el prestigioso intelectual pueda vivir de rentas. Pero ahora Vania (hermano de la primera esposa de Serebriakov) está perdidamente enamorado de Elena y envidia la suerte de su cuñado. De pronto siente que desperdició su vida en un anciano egoísta, lleno de manías y mucho menos inteligente de lo que él creía.

Esos y otros conflictos (el amor de Sonia hacia el médico Astrov condenado al fracaso, la pasión entre éste y Elena finalmente truncada y la posible venta de la hacienda) son vividos colectivamente, entre arranques de furia y desesperación. Hasta que finalmente todo vuelve al punto de partida en donde reina el desencanto y el vacío de la vida diaria.

Haber sido intervenida con numerosos inserts, discusiones y comentarios sobre teatro contemporáneo (objetivos, excesos y eficacia) está entre lo más destacable de esta puesta. De esta manera, el director entabla un apasionado diálogo con la pieza de Chejov desde el propio contexto cultural en el que se desarrolla su puesta. No sólo se burla de sí mismo (por ejemplo en el hecho de elegir a una actriz para el rol de Teleguin, el terrateniente arruinado), además pone a recitar al médico Astrov y a su amigo Vania fragmentos de «Las criadas» de Jean Genet para aludir, entre otras cosas, a la ambivalente relación que mantiene este último con su cuñado.

En esta tragicomedia la angustia convive con el ridículo. La emoción está presente, sin duda, pero siempre desde una perspectiva más teatral y analítica que sentimental. Aún así, resulta imposible no conmoverse con la fragilidad de Vania (excepcional labor de Osmar Núñez) o con los exabruptos casi adolescentes de Sonia, a la que María Figueras dotó de mil matices. En verdad todo el elenco logra un desempeño notable y éste se ve potencializado por la excelente química que reina en escena.

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