19 de diciembre 2001 - 00:00
Adormecen a lectoras con lugares comunes
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Más que una representante de la novela romántica, Bárbara Delinsky es ante todo una prolífica escritora de best sellers. Y como tal maneja hábilmente ciertas fórmulas literarias -el folletín específicamente-que le permiten asegurarse un excelente posicionamiento en el competitivo mercado del libro. La autora prefiere definir su obra como women's fiction, en un intento de desligarla de la típica novela pasatista saturada de nombres y marcas conocidas: «Escribo sobre cuestiones que interesan a las mujeres y mi audiencia es en un 90 por ciento femenina» declaró no hace mucho en un reportaje cuando ya contaba con cerca de 67 títulos publicados.
Siguiendo su esquema habitual, destina un tercio de «La voz del lago» a la consabida love story, plagada de estereotipos y lugares comunes; otro tanto lo dedica a los conflictos familiares y, por último, recurre a un tema de actualidad -en este caso el poder abusivo de la prensa-orientado a entretener a sus lectoras sin perturbar su sensibilidad ni sus valores morales.
nombrado cardenal. A pesar de su inocencia la joven ve arruinada de un plumazo su carrera de pianista y cantante. La feroz persecusión de los medios la obliga a refugiarse en su pueblo natal, ubicado a orillas de un lago paradisíaco, lo que le permite a la autora explayarse hasta el cansancio sobre las bondades de la naturaleza y la vida de los somorgujos (un ave en peligro de extinción). Allí la protagonista deberá lidiar con la temible hostilidad de su madre, con nefastos recuerdos de su pasado y con algún que otro secreto familiar. Pero gracias a la ayuda de John Kipling -un periodista del lugar, más que dispuesto a purgar los excesos cometidos en sus años de reportero en Boston-Lily logra vengarse de sus enemigos y reconciliarse con toda su familia. La novela pone sobre el tapete el poder abusivo de la prensa y al hacerlo recaer en un ciudadano común logra que el lector se sienta aún más involucrado. Lamentablemente, el resto de la historia forma parte de un decorado naïf en el que el bien y el mal ofrecen un armonioso constraste al estilo de la familia Ingalls. Tal como se prevé en las primeras páginas Lily y John se enamoran y deciden afincarse en ese mundo idílico y selectivo en el que todo elemento disidente ya quedó enterrado en el pasado.




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