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El sudafricano J.M. Coetzee (Premio Nobel de Literatura 2003) pertenece a esa raza de escritores -en la que también podría incluirse a Thomas Bernhard o Kenzaburo Oé- que incomodan al lector con su implacable lucidez y su peculiar inclinación a internarse en zonas de la conciencia que muy pocos se atreverían a explorar, entre otras porque cuestionan el sentido de la existencia humana y su incomprensible sobrecarga de dolor.
Al igual que en sus otras novelas, Coetzee conduce al protagonista de «Desgracia» a una serie de situaciones límites, cada vez más violentas y humillantes, que lo irán despojando de todas sus máscaras, deseos y prejuicios hasta convertirlo en un absoluto desposeído. David, el personaje en cuestión, es un escéptico y arrogante profesor de literatura que a los 52 años y con dos divorcios a cuestas se considera « demasiado viejo» para introducir el más mínimo cambio en su vida y en su temperamento. Acepta resignadamente la indiferencia de sus alumnos mientras disfruta, una vez a la semana, de los buenos servicios de una prostituta. Su único sueño es poder escribir algún día una ópera de cámara sobre Lord Byron, pero un imprudente affaire amoroso con una de sus jóvenes alumnas lo hará caer en desgracia ante la comunidad académica y la opinión pública. Tras abandonar su cargo, decide instalarse por un tiempo en la granja de su hija Lucy, donde la vida campesina lejos de resultar idílica es reflejo de las profundas tensiones sociales que afectan a la actual Sudáfrica. David y Lucy son atacados allí por tres africanos, cuyos actos de vandalismo -de una furia inusitada-más tarde serán entendídos como resabios de un odio ancestral alimentado por el apartheid. Las consecuencias de ese episodio se van ramificando en otros hechos cuyo sentido final siempre es ambiguo o bien encierra una multiplicidad de connotaciones que desbordan las anécdotas narradas. Coetzee analiza hechos concretos y de amplia dimensión humana y social, pero como narrador se instala en el centro mismo de la desolación para hablar sin regodeos, sin moralismo y sin ningún tipo de militancia. Su exquisito y austero manejo del lenguaje le permite equilibrar la crudeza arrasadora de los hechos narrados, enriqueciendo su prosa con agudos e irónicos comentarios (sobre el amor, la educación, los límites del lenguaje, etcétera) que nunca suenan a sentencias y le dan a sus novelas un irresistible atractivo. «Desgracia» no debe ser leída como una cadena de catástrofes sino como una fábula sobre la pérdida y la búsqueda de ese estado de gracia que nos permite entender la existencia como una oportunidad digna de ser vivida. Patricia Espinosa
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