12 de mayo 2021 - 00:00

Aizicovich: de la ciencia al origen del hombre

En la muestra sobrevuela un clima surreal y fantástico acentuado por una brillante escafandra que establece relación con el universo de Julio Verne.

Aizicovich. Un detalle de la sala donde los objetos científicos contrastan con las manos rupestres en la pared.

Aizicovich. Un detalle de la sala donde los objetos científicos contrastan con las manos rupestres en la pared.

¿Qué es esto que vemos? ¿Qué aspectos del mundo en el cual vivimos refleja este paisaje? Las preguntas surgen espontáneamente al ingresar en la Galería Sendrós a la exposición “La salvaje azul lejanía” de Andrés Aizicovich (1985). Las esculturas elaboradas con elementos que evocan las formas de destiladores y frascos de laboratorios químicos, hablan de nuestro presente enfocado en la ciencia; en las paredes, las pinturas de las manos semejantes a las encontradas en las cuevas de arte rupestre, remiten al origen del hombre. Entretanto, en la inmensa sala sobrevuela un clima surreal y fantástico acentuado por una brillante escafandra que establece relación con el universo de Julio Verne.

Escritor, autor de numerosos textos y editor junto a Leo Estol y Liv Schulman del periódico “El Flasherito”, Aizicovich comparte en sus escritos sus ideas e intereses. Allí habla del “Viaje al fin de la noche” de Céline; “El corazón de las tinieblas”, de Conrad; “En el camino”, de Kerouac y las crónicas de Hunter Thompson. Agrega “a Julio Verne y Tintín, Jack London y Melville; Charles Darwin e Indiana Jones”. En el listado de sus ídolos “están las road movies y la senda Voyager… Ulises y su Odisea y los paseos turísticos por el Infierno en la Divina Comedia”. Y la lista continúa con Francis Alÿs y Cándido López. El holandés errante y Thelma y Louise, entre otras historias como las de Gombrowicz y Marcel Duchamp en Buenos Aires.

En 2019 Aizicovich presentó su primera exposición individual en un museo. “Contacto”, en el Moderno porteño, es el antecedente más cercano a la exhibición actual. En el catálogo, Laura Hakel analiza la obra y subraya el interés del artista por la comunicación sensorial que lo induce a inventar artefactos para establecer “un canal de conexión, un instrumento que amplifica la percepción” y movilizar así nuevos encuentros. Se sabe, todo artista aspira a la comunicación. Y, sin embargo, mientras algunos recurren a las estrategias llamativas de la publicidad o la sociología, Aizicovich renuncia a la obviedad de los mensajes elocuentes, comparte cuestiones del reino espiritual y sensible. La gran virtud de su obra es la gratuidad, el goce estético que teoriza Kant. Y cuando le preguntan con insistencia por la utilidad de sus creaciones habla de una “funcionalidad inaprensible”. Un enigma.

Nadie sabe cómo nació el lenguaje y tampoco qué motivos inspiraron las imágenes de las pinturas de Altamira. Pero estas manifestaciones acompañan al hombre desde que surgió la especie. No obstante, si bien la palabra y la imagen han evolucionado a través de la historia de la humanidad, la comunicación perfecta es un objetivo inalcanzable que desvela a los artistas. Alejandra Pizarnik estudió arte con el surrealista Juan Batlle Planas y supo plantear los límites de la palabra y de la imagen. En su poema “En esta noche en este mundo”, lo dice así: “las palabras/ no hacen el amor/ hacen la ausencia/ si digo agua ¿beberé?/ si digo pan ¿comeré?/ en esta noche en este mundo/ extraordinario silencio el de esta noche/ lo que pasa con el alma es que no se ve/ lo que pasa con la mente es que no se ve/ lo que pasa con el espíritu es que no se ve/¿de dónde viene esta conspiración de invisibilidades?/ ninguna palabra es visible”. En el territorio visual, la obra de Aizicovich ostenta las dificultades que plantea Pizarnik. Y ambos eligen la expresión estética para forzar el sentimiento, como el modo más eficiente de comunicación.

El artista apela a despertar todos los sentidos para ser escuchado. Las imágenes de las manos, afines a las de las cavernas paleolíticas, son una referencia a las sensaciones hápticas o táctiles que forman parte del lenguaje. “Hay un mensaje en Braille escrito en el aire; sólo hay que estirar los brazos y leerlo: escucharlo con la punta de los dedos”, sostiene. La sinestesia es otra condición que utiliza Aizicovich. Ambos, Pizarnik y Aizicovich (por distintas razones), están lejos de los drásticos cambios en las formas de comunicación que, en estas últimas décadas, impusieron las tecnologías de última generación, cada vez más veloces y sofisticadas.

Ajeno al mundo que aturde, el silencio de la sala blanca, los ojos que se divisan entre las manos y los alambiques, demandan la mirada prolongada del espectador. Con la intención de abrir el horizonte del arte a otras disciplinas, el galerista Alberto Sendrós convocó al escritor Pablo Katchadjian para que formule un reconocimiento de las obras y exprese qué le resulta significativo. Luego, como fiel alegato de la sociedad global y mercantilista, el texto insiste en la búsqueda de la condición utilitaria del arte. La inutilidad parece ser una cuestión incomprensible en los tiempos que corren.

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