17 de octubre 2003 - 00:00

Al maestro con cariño, trampas y anacronismos

«Lección de honor» (Emperor's Club, EE.UU., 2002, habl. en inglés). Dir.: M. Hoffman. Guión: Int.: K. Kline, E. Hirsch, S. Culp, R. Mehta, E. Davidtz.

Esta es una historia sin "sorpresas"
dice la voz en off del protagonista hacia el final de esta película inscripta en un género que acuñó títulos como «Adiós Mr.Chips», «La sociedad de los poetas muertos», y un largo etcétera.
Aunque no le falta razón en cuanto a todo el resto, justo el final es lo más sorprendente que tiene, no porque lo que viene a descubrir no sea cierto sino porque este tipo de películas no suele terminar así. Menos aun aquellas que, como ésta, parecen haber tomado a las producciones Hallmark como fuente de inspiración. Pero vayamos al principio.

El film abre con un envejecido y circunspecto Kevin Kline llegando en helicóptero a un sitio donde se lo espera con mucho preparativo. Sentado en la lujosa suite que alguien le asignó -y en la que luce incómodo-, a William Hundert, su personaje, se le da por recordar. A continuación se lo ve mucho más joven, recibiendo a una nueva generación de «futuros líderes del país» a formarse como tales en el colegio para varones, exclusivo -y anacrónico como toda la película-donde él enseña historia griega y romana. Pronto queda demostrado que Mr. Hundert es un hombre ético literalmente consagrado a « moldear» el carácter de sus jóvenes discípulos, pese a que el padre de uno le dice que se limite a enseñarle «esas tonterías inservibles» que para moldear a su hijo está él. Quien esto dice es un senador de West Virginia y su retoño la manzana podrida que vino a soliviantar a todo el alumnado con su cinismo, sus revistas eróticas y sus cigarrillos, entre otras conductas inaceptables.

Tras la charla con ese padre, Hundert (un solitario que está secretamente enamorado de una colega casada) se identifica con el hijo y decide ayudarlo a cambiar la imagen que tiene de sí mismo, aun a costa de comprometer sus principios. El muchacho cambia tanto que llega a ser seleccionado para la actividad anual top del colegio: un certamende preguntas y respuestas cuyo ganador es coronado «Mr.Julio César». Para su sorpresa, el protegido machetea y, lo que es peor, Hundert es invitado por el director del establecimiento a guardar el secreto, con lo que su mundo tambalea. Igual, tarda en renunciar a ese mundo que lo cobijó durante 34 años, abrumado por otro descubrimiento: la modernidad trae consigo pérdida de valores y preeminencia de lo material.

Cuando termina el largo flashback, el espectador conoce el porqué de la presencia del viejo profesor en el lugar del principio: él y toda la clase de entonces fueron convocados por aquel tramposo para reeditar la competencia como homenaje a las enseñanzas recibidas. Después de otra dosis de «quiz show» --elemental para estudiosos del tema y poco apasionante para cualquier otro público-, ocurre lo inesperado en este tipo de películas. Pero, como antes de alejarse en el helicóptero, Hundert hace cierta declaración (otra de las tantas) se puede afirmar que, a la larga y después de todo, no todo está perdido en este mundo como parecía escasas escenas atrás.

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