Alberto Goldenstein, un artista crucial de los 90

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Maestro y curador de la Fotogalería del Centro Rojas, en el reportaje dijo que, pese a haber regresado de su vida en Boston, nunca volvió del todo.

El fotógrafo Alberto Goldenstein (1951) es protagonista del cuarto capítulo de “Orgullo y Prejuicio”. Este programa de exhibiciones y entrevistas virtuales explora los años 90 y está a cargo del historiador del arte Francisco Lemus, invitado por la galería Nora Fisch. Como maestro y curador de la Fotogalería del Centro Cultural Rojas, Goldenstein ocupa un lugar crucial entre los artistas que lideraron esa década. De hecho, entre sus fotos más celebradas figura la serie de retratos tomada al grupo de artistas que surgió del Rojas. Para comenzar, el de su mentor, Jorge Gumier Maier, con su rostro oculto detrás de un diario. Allí está él, con su gesto, sus lentes retirados sobre la frente para leer desde cerca, sus manos de dedos largos y además, con algo indescifrable que lo vuelve reconocible.

La semana pasada, durante un zoom, Goldenstein expuso gran parte de su vida y les brindó cuerpo e identidad a los artistas que albergó el Rojas. Contó que en los últimos años de la dictadura militar se radicó en Boston, desde 1981 hasta 1983. “Me aferré a la fotografía como un náufrago a su tabla de salvación”, observó. Había vivido una crisis y cuando llegó la calma surgió el deseo de estudiar. Se inscribió en una escuela de fotografía y tuvo excelentes maestros. Comenzó por aprender el rigor de la técnica y la historia de la fotografía, el retrato y la obra de Robert Frank. Así entendió la relación entre la fotografía y el arte. No pretendía vivir de la fotografía, quería descubrirla”, señaló. Y asegura que desde que se fue de la Argentina asocia la fotografía con la libertad. Para explicar sus sentimientos, aclara: “Yo volví, pero algo de mí no volvió. No volví más”, confiesa. “No me importaba si estaba en Buenos Aires o en Hong Kong. Yo seguía hacia adelante en mis búsquedas. No estaba dispuesto a entregar mi libertad y esto definió lo que vino después. Todo es fruto de irme y no volver”.

Cuando Lemos le preguntó si el Rojas significó su primera experiencia comunitaria, dijo: “fue un continuum. Es yo y mi vida, yo y mi mundo. Y todo está unido a la fotografía que construye mi entorno y me define”. Agregó que, junto a los artistas del Rojas, Pablo Suárez, Marcelo Pombo, Martín De Girolamo, “estaba en una especie de Nirvana”. Y justamente, ese estado (Nirvana), coincidió con los principios de la histórica muestra colectiva “El Tao del Arte” en el Centro Cultural Recoleta (1997). Goldenstein comparte con los artistas y su curador, Gumier Maier, la libertad para considerar el arte como algo natural y placentero. No hay exigencias externas, normas, ideas o imposiciones que enturbien la creación artística. Pero, retomando la pregunta de Lemos, señaló: “Compartir. Toda mi fotografía responde a ese impulso. Compartir es la clave, el sentido”. A los artistas del Rojas los miraba y admiraba y sus retratos responden a la fascinación con el modelo.

De los tiempos de Boston proviene la actitud del flâneur que recorre las ciudades. Baudelaire en “El pintor de la vida moderna”, destacó que sus ojos deben estar atentos, que ningún detalle debería escaparse al pintor, por insignificante que fuera. En el año 2002 Goldenstein presentó su visión de Mar del Plata. “Después tenía que fotografiar Buenos Aires”, dijo. “Para lograr un cambio de perspectiva usé una escalera. La muestra se llamó ‘Flâneur’ y la hice pensando en los grandes fotógrafos que han retratado las ciudades”. Después vino Miami y una extensa serie.

“A veces me decían: ‘Esto lo puedo sacar yo también’. Y me encantaba. Soy muy fiel a lo que me sale, me interesa lo que pasa no hago ningún esfuerzo por ser contemporáneo. ¿Soy fotógrafo? ¿Soy artista? No lo sé. Me interesa relacionar cosas, no definirlas”. Llama la atención entonces sobre la historia de la fotografía argentina y su canon muy rígido sobre lo que está bien y lo que está mal. Luego, dice que con el filtro de su mirada parcial y subjetiva decidió mostrar a Raota junto a las imágenes del Foto Club Buenos Aires, considerado como la encarnación del mal. “No me interesa el gusto. Te puede llevar al infierno”, concluye con coraje. Su estética basada en la instantánea y su modalidad para capturar lo cotidiano, apuntan a “poner al ojo del espectador en el lugar donde está mi ojo”. El Museo Moderno le dedicó en 2018 una gran retrospectiva.

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