28 de marzo 2003 - 00:00

Allievi basa su arte en el rigor

Leonardo da Vinci dedicó el sexto libro de su «Tratado sobre la Pintura» al estudio de «Botánica para Pintores». Muchos de sus dibujos en lápiz y tinta ilustraban, junto a notas manuscritas, acerca del crecimiento de las ramas o el efecto de luz y sombra, pero la belleza de ellos ponía en duda el carácter científico que intentó darles. Esta introducción vale para la hoy necesaria exposición que Fernando Allievi, (Chubut, 1954), residente en Córdoba, nos propone en Galería Jorge Mara-La Ruche (Arenales 1321) en el comienzo de su temporada 2003.

Allievi
está lejos de imitar el dibujo arremolinado y vibrante de un Leonardo, pero no de su espíritu. Es la mirada del estudioso, una mirada macro del microscopio, la mirada quieta. Dibujo extremadamente contenido en sus límites, con un rigor casi oriental para clasificar los elementos de la naturaleza. Es así como «Amaryllis», «Zantedeschia», «Cynara Cardunculus», «Hibiscus» aparecen aisladas, un elemento único que prescinde de todo adorno, que obliga a la observación minuciosa de nervaduras, tersuras, contrastes lumínicos. Dibujo virtuoso, la mayoría en grafito y lápiz color sobre papel, en algunos casos como si se asistiera a la apertura de la flor, por ejemplo «Chrysanthemun».

Allievi
, cuyas obras se encuentran en colecciones privadas y en museos de la Argentina y Estados Unidos, se destaca por sus grafitos de composiciones de grupos de familia a la manera de los daguerrotipos finiseculares, capaces de confundir al contemplador. Vuelca ahora su mirada a un tema favorito de los artistas clásicos pero sólo sobreviven en la memoria aquellos que fueron capaces de traspasar su verosimilitud o la belleza exterior. Allievi penetra en la esencia de hojas, flores, frutos, mariposas, caracolas y constituyen un canto a la naturaleza que acompañan a los 22 poemas de «Cántico», una exaltación de la perfección del universo, del español Jorge Guillén. Excelente libro-catálogo, coedición de la Galería Jorge Mara-La Ruche y la Galería Leandro Navarro, Madrid, donde estas obras serán expuestas en septiembre.

Sofía Huidobro refleja en sus técnicas mixtas el «genus loci», la luz que lo caracteriza, la erosión y corrosión de la tierra. Una zona de su Salta natal, el Salar de Arizaro frente al volcán Yuyaiyaco, a 4000 metros de altura, un paisaje desolado que no encuadra en la mirada turística sino en la de un arqueólogo y que por su ascetismo llama a la introspección. Es la reconstrucción de una naturaleza revisitada y recuperada, quizás como soporte de su vida cotidiana en una Buenos Aires capaz de ahogar su identidad.

Con papel reciclado previamente coloreado y pintura, Huidobro construye un misterioso terreno emocionalmente cargado del que emergen formas escultóricas, restos fosilizados. Estas piedras, erosionadas por el tiempo, encontradas en el Altiplano y pegadas sobre el soporte, conforman un ejército de menhires, únicos habitantes vigías de estas vastedades andinas. Obra de carácter matérico que muchos artistas continúan desarrollando y que está más allá de estilos y modas porque apela a una respuesta tanto táctil como visual, un deseo de tocar e investigar. Galería Arcimboldo (Reconquista 761). Clausura el 31 de marzo.

Las imágenes de torsos, corazones, cerebros y huesos que se superponen, entrelazan o subyacen con planos, calles, avenidas, puertos de ciudades en las que Liliana Menéndez habitó, conforman el repertorio de «Corazón Partío». Esta serie de dibujos con técnicas mixtas expuestas en Elsi del Río-Espacio de Arte, remiten a recuerdos y, como confiesa la artista, «insisto en reconstruir lo imposible hasta con una lupa». Ese imposible aparece aglutinado, a veces con líneas delicadamente perceptibles, otras borrosas, como pueden ser las huellas, las sombras, el rastro de hechos que constituyen el ser y su circunstancia.

El dibujo de Liliana Menéndez no se da en una primera mirada, hay que recorrer las infinitas circunvalaciones del cerebro y la trama laberíntica del corazón, esenciales depositarios de los recuerdos. Arévalo 1748. Clausura el 31 de marzo.

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