30 de diciembre 2005 - 00:00

Amplia retrospectiva del cuestionador Eguía

«La gallina», unejemplo delsevero humor deFermín Eguía,cuya prolíficaobra, siemprepoblada depersonajes defábula desdeuna miradasatírica, sepuede apreciaren el CentroRecoleta.
«La gallina», un ejemplo del severo humor de Fermín Eguía, cuya prolífica obra, siempre poblada de personajes de fábula desde una mirada satírica, se puede apreciar en el Centro Recoleta.
Hasta el 10 de enero se exhiben en el Centro Cultural Recoleta, «Obras 1965-2005» de Fermín Eguía, (Chubut, 1942). Pintor, poeta, fabulador, artista de culto, admirado por sus pares, son muchas sus fuentes inspiradoras, entre ellas, la literatura fantástica del siglo XIX, las fotografías, las grandes obras de arte, los museos de ciencias naturales, los zoológicos, los gabinetes científicos.

Aída Carballo
, su profesora más influyente en la Escuela Nacional de Bellas Artes, escribió en 1965 un pequeño texto para su primera muestra individual: «Se revela oscuro y fino...quiere la verdad, es portador del preciado don de la gracia a la que zahiere con la realidad presente...». ¿ Alguien puede imaginarse que una lancha colectiva cargada de turistas que navega por las tranquilas aguas del Delta sea devorada por una especie de pez ballena?. Muchas cosas alucinantes pueden suceder en el Tigre, imagen que proviene de los relatos de su padre y de una pequeña acuarela pintada por su abuelo, un habitat recurrente en su obra con animales y situaciones fantásticas.

Eguía
domina todas las técnicas pero se distingue sobre todo por sus acuarelas trabajadas con mayor o menor densidad, sutiles transparencias y veladuras, resultado de su conocimiento y experimentación con pigmentos y su paleta, confiesa, no ha variado sustancialmente desde sus comienzos. Su obra estuvo siempre poblada de personajes de fábula, extraños seres, humanos o no, desde una mirada satírica. Recordamos el severo humor de «La Gallina» (1974) con el que obtuvo el Premio De Ridder. Epoca también de los panes con patas atravesados por cuchillos, de coches con sus faros a manera de ojos y a los que le han crecido antenas, de las teteras con patas que sirven el té a unos humanoides de grandes bocas y dientes, una metáfora de carácter crítico, anticipatoria de la desaparición de todas las certezas.

Hacia 1976 empiezan a proliferar risas idiotas en seres de bocas enormes y ciegas, insectos que invaden jardines floridos, la pintura fue para él, como para tantos otros, un modo de sobrevivir al espanto. Así lo señala la historiadora de arte Laura Malosetti Costa en el capítulo «La Irrupción de lo Siniestro» de su libro editado en ocasión de esta muestra y con el que se celebran 40 años de labor.

• Autorreferencia

Eguía es, muchas veces, protagonista de sus propios cuadros: «Corazón salvaje me haces perder la paciencia» (1986), «Tres desgracias» (1984), «Un terrible ejemplo» en el que se retrata pintando una escena mitológica o como un personaje de una pintura japonesa, sin duda, el artista da rienda suelta a sus demonios, sentimientos y pensamientos. Recordamos un período que Eguía califica de «nariguil». Según el artista, «nariz para el aire, respirar, expirar, evocación, perfume...que insinúa situaciones procaces o inocentes». Narices altas, agresivas, con bocazas aullantes que aparecen también en 2002, pequeñas gouaches sobre papel que revelan, una vez más, su conocida maestría de una técnica cuya delicadeza no impide enfrentarnos con la sangrienta realidad de los acontecimientos que se precipitaron a fines del año 2001 y que no tienen un ápice de fábula.

Es así como en «Juan de Garay presencia el raje», un helicóptero con alas de libélula transporta hacia la nada a un presidente autista. Pero no es «la nada» la escena de «Disturbios en Plaza de Mayo», cruel, conmovedora. Los acontecimientos históricos incluyen saqueos, mendicantes, comedores de parroquias, furia de ahorristas, una visión en clave de humor negro de una miseria cotidiana de la que el artista no ahorra detalle. Una visión crítica de los mismos personajes que hacen del saqueo una profesión, de la que no se salva ni el perro con su ristra de chorizos escapando del supermercado.

Eguía
también vuelve su mirada hacia cuadros clave que reflejaron los hechos dramáticos como «La Conquista del Desierto», los penosos desembarcos en carretas de la iconografía sobre el Río de La Plata, «La Cautiva» de Della Valle o «Las fantasías de un Ocioso», inspiradas en «Apres le Bain» de Eduardo Schiaffino y «Le Lever de la bonne» de Eduardo Sívori. Pintura transparente, mensaje transparente, sin eufemismos, que plasma una realidad que golpea duramente, eso sí, con una mueca jocosa. Laura Malosetti Costa recorre diferentes períodos de su quehacer del que destaca su actitud contestataria, el erotismo del dibujo, el sexo explícito en la historia del arte y en la vida cotidiana, la sátira permanente, la palabra, que en títulos y leyendas, es siempre provocativa y también la ternura de un «cuestionador impiadoso de sí mismo».

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