5 de febrero 2002 - 00:00
Amplia retrospectiva de Moore en Francia
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Muestra del artista Henry Moore
•Epoca
Sus dibujos de entonces son estupendas visiones de la tragedia.
«Una escultura debe tener su vida propia. Más que suscitar la impresión de ser un objeto pequeño tallado en otro más grande, debe crear en el observador la sensación de que lo que él ve contiene una energía orgánica propia que crece hacia el exterior. Esculpida o modelada, la obra debe siempre dar una impresión de crecimiento orgánico, creado por la presión interior», decía Moore.
«Entre la belleza de la expresión y la fuerza de la expresión hay una diferencia de funciones: la primera intenta deleitar a los sentidos, la segunda posee una vitalidad espiritual que conmueve con más vigor y toca más hondamente que por intermedio de los sentidos». No hay una sola escultura de Moore que carezca de vida propia, de energía orgánica, ni que busque el mero deleite. Como en «Madre e hijo» (1939) y «Grupo familiar» (1948-49), para el gran artista británico, que oscilaba entre las representaciones abstractas y las figurativas, a veces en la misma obra, lo importante era el poder emotivo de sus creaciones. Forma y espacio no constituían, según su manera de ver, dos elementos separados sino, por lo contrario, «una sola y misma cosa».
•Enjundia
Sin embargo, el creador que dio a Gran Bretaña el arte escultórico contemporáneo y que fue allí su máxima figura en el siglo XX, sólo adquirió celebridad internacional a partir de 1948, cuando obtuvo el Gran Premio de Escultura de la XXIV Bienal de Venecia. Apenas un lustro antes, en 1943 había realizado su primera muestra fuera de Inglaterra, en la Galería Bucholz de Nueva York, un hecho repetido en 1946, con la retrospectiva en el Museo de Arte Moderno.
No iba a faltarle el espaldarazo de América latina, en algunas de cuyas culturas antiguas había buscado enseñanzas: es el Premio Internacional de Escultura en la II Bienal de San Pablo, de 1953. Por último, el descubrimiento de su escultura monumental «Figura reclinada», ante la sede de la UNESCO, en París, en 1958, será un reconocimiento emblemático del mundo entero a la obra de Moore.
Una de sus creaciones, «Figura reclinada: formas externas», bronce de 1953-54, perteneciente a la Colección Di Tella, fue donada al Museo Nacional de Bellas Artes, en 1973. La escultura fue restaurada por expertos de la Fundación Henry Moore, en 1996, con motivo de la exposición de 60 esculturas y 40 dibujos del maestro, que se presentó entonces en el MNBA.
A partir de los años '30, asimila la figura humana a los elementos del paisaje y hasta llegará a hacerla nacer de la Naturaleza misma. «El paisaje constituye una de mis fuentes de energía», escribió. De ahí que prestase la mayor atención, para sus esculturas al aire libre, a su emplazamiento en el entorno arquitectónico natural.
En cuanto a la «forma interna/ externa», deriva en cierto modo del primer tema y ha de insinuarse en el segundo, en el de la figura reclinada, pues supone la idea de protección de una forma por otra, «como el niño en el vientre materno o el estambre en la flor», según Moore. Su obra aparece, así, como una incesante alegoría sobre la redención humana en un tiempo de desprecio y violencia, redención que él hacía partir de una nueva relación entre el hombre y el universo, entre la vida de todos los días y la esperanza de todas las épocas.


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