19 de junio 2001 - 00:00

Antes que show fue un rito

Virginia Rodrígues.
Virginia Rodrígues.
La bahiana Virginia Rodrigues alterna unas cuantas virtudes con algunas limitaciones. Entre estas últimas, se cuenta su falta de carisma y seducción que hacen que el interesante repertorio que interpreta tampoco la ayude a su conexión con la platea. Lo suyo nada tiene que ver (o muy poco, apenas algún clásico como «Berimbau», aunque en un «tempo» mucho más lento que el habitual) con lo más conocido de la música brasileña.

Las canciones que interpreta hablan de dioses negros, proponen ritmos y pulsos hipnóticos y melodías que no son conocidas ni resultan fáciles de memorizar. Apadrinada por Caetano Veloso -que la descubrió cantando en una fiesta popular y le produjo sus dos discos, «Sol negro» y «Nós»-, su arte es indudablemente bahiano, y eso, se sabe, está lejos de lo que marca el estereotipo de la música brasileña en la Argentina. La mayor virtud de Rodrigues es su poderosa voz, que se hace cálida en el registro grave.

Sin embargo, cuando pasa al agudo tiene problemas, y su voz pierde belleza. Sin dudas, el grupo acompañante está en perfecta sintonía con la cantante. Una guitarrista, un flautista -que puede tomar, alternativamente, un saxo, otra guitarra o una zanza-y un excelente percusionista (Ronaldo Silva) contribuyen a ese clima hipnótico que, guste o no, es el sello que distingue a Virginia Rodrigues.

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