24 de octubre 2001 - 00:00

Atractivas memorias logran evitar la monotonía actual

Ernesto Schóó, «Cuadernos de la sombra. Memorias I» (Buenos Aires, Sudamericana, 2001.)

Estas memorias de Ernesto Schóó están encabezadas por un epígrafe de Juan R.Wilcock, «Anotando en cuadernos que la sombra pervierte / fragmentos del coloquio del hombre con la muerte». Y con su vida pasada, añadiríamos. En efecto, unas sesenta estampas, no exactamente fragmentos, componen estas memorias que abarcan apenas nueve años de la vida de un niño, entre los tres y los doce de su edad, pero que se proyectan desde el núcleo espiritual y afectivo del hombre que hoy las describe.

La familia tiene una importancia capital en esta añoranza reconstructiva: el padre avasallador, la madre distante, la abuela afectuosa, y la red de parentescos, tíos, tías, primos y primas. Y el coro de los sirvientes, allegados y compañeros de la escuela. En el fondo, el cuadro mayor de una Buenos Aires en crecimiento, desde la década de los veinte a los treinta, y en la zona circunscripta de lo que llamamos la Recoleta, el Barrio Norte y Palermo. De este modo, la autobiografía se inscribe en el ámbito geográfico, social y cultural de la ciudad. Una vieja estancia, en Pergamino, se abre bajo la luz de los primeros veranos de descubrimiento de la naturaleza abierta y acogedora. Allí el alma del niño se expande y cicatriza las heridas de la atmósfera urbana, la clausura de la casa familiar y del colegio, el descubrimiento conflictivo de la sexualidad, los misterios religiosos, la enfermedad, la inseguridad, la timidez, los miedos, la muerte.

Desde la tapa, con una fotografía del niño en sus primeros años, hasta la imagen final del púber abrazando a su perro Cartucho, y la contratapa que retrata al grupo familiar en la estancia, el escritor mira hacia el pasado en evocaciones precisas, intensas, casi siempre con detalles descriptivos acertadísimos de lugares, personas y costumbres. Un lirismo concentrado tiñe esa labor del hombre que se reencuentra con el niño que lleva adentro. En suma, un libro delicioso que sobresale de la monotonía de buena parte de la narrativa argentina actual.

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