8 de junio 2001 - 00:00

Atrae historia de campeona de box

Michelle Rodríguez.
Michelle Rodríguez.
Esta producción indie sería el típico melodrama social y deportivo con raíces profundas en la más clásica tradición hollywoodense («Carne y espíritu», «El estigma del arroyo») si no fuera porque cuenta el primer paso hacia la fama de una mujer boxeadora.

Michelle Rodriguez hace uno de los más brillantes debuts actorales del cine reciente interpretando a Diana Guzmán, una chica problemática que en la primera escena de la película es una colegiala psicópata que se agarra a trompadas a la primera oportunidad, y al final termina convertida en la primera campeona amateur de las peleas de box «sin género» del estado de Nueva York.

Debut

«Girlfight» también es un brillante debut para la directora Karyn Kusama, que logra evitar los habituales matices pretenciosos en lo formal y argumental que suelen arruinar tantos films independientes. Incluso cuando enfrenta a la protagonista con su amante en el ring, y cuando pone un par de declaraciones feministas demasiado concisas en boca de una pésima alumna de un colegio de barrio bajo, la directora nunca pierde demasiado tiempo en los obvios toques de corrección política que surgen de la trama, y en cambio casi siempre logra limitarse a relatarla con intensidad, razonable fluidez, detalles pintorescos y una bien-venida noción de que la pintura social y la imaginación formal no tienen por qué agarrarse a los golpes.

Justamente uno de los aspectos más interesantes de «Girlfight» es que logra pintar un cuadro contundente, sin bajadas de línea ni las distorsiones lacrimógenas tantas veces repetidas en otros films sobre el mismo ambiente. Las caras, los interiores, las calles, todo luce real y creíble.

El lenguaje que mezcla el español con acento puertorriqueño en momentos clave también está utilizado con inteligencia y minuciosidad. Y en estos detalles es donde se percibe la influencia de uno de los productores: John Sayles, una de las figuras más importantes y no siempre bien valoradas de ese no tan amplio porcentaje del cine independiente que se apoya en ideas concretas y cosas que decir y no en snobismos insustanciales.

El resultado es una película redonda, seria y capaz de atrapar el interés del espectador desde muchos puntos diferentes. Sus únicas fallas son las habituales del cine indie: una duración más extensa de lo que hacía falta, y cierta lentitud en el nudo. Pero no son problemas tan serios como para arruinar una película altamente recomendable.

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