"Apócrifo 1. El suicidio", del Periférico de Objetos
«Apócrifo 1. El suicidio» de D. Veronese y A. Alvarado, en colaboración con los actores. Dir.: A. Alvarado, D. Veronese y E. García Wehbi. Int.: G. Arengo, A. Ceriani, Fernando Llosa, L. Valencia y J. Vallina. Esc. y objetos: A. Bracchi y C. Ruy. Vest.: Roxana Barcena. Ilum.: Alejandro Le Roux. (El Portón de Sánchez.)
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C on esta nueva producción, la décima en su trayectoria, el Periférico de Objetos se ha propuesto llevar aún más lejos su intención de transgredir los límites de la representación teatral. El equipo integrado por Daniel Veronese, Ana Alvarado y Emilio García Wehbi trabaja en base a ideas, acciones físicas, manipulación de objetos e imágenes disparadoras de sentidos, descartando todo argumento o estructura lineal. Lo fragmentario siempre se impone sobre la totalidad y queda a cargo del espectador la tarea de asociar libremente ese material, bastante menos arbitrario de lo que parece.
En esta ocasión su obra presenta un giro llamativamente autorreferencial. No sólo porque aparece en escena un baúl con la inscripción «Periférico de objetos, material de teatro» sino que además uno de los personajes (el «actor extranjero», a cargo de Fernando Llosa) se encarga de enunciar el credo artístico del grupo y su defensa de ciertas pautas de actuación.
Tampoco resulta casual que, por primera vez en la historia de la compañía, ninguno de sus tres directores participe del elenco. Es evidente que han privilegiado la labor actoral (intensa y sometida al vaivén de actuar y no actuar, en el caso de Guillermo Arengo, Alejandra Ceriani, Laura Valencia y Julieta Vallina) restándole protagonismo y peso dramático a sus reconocidos muñecos. La manipulación de objetos se transformó aquí en un frenético acarreo de máscaras y utilería, que acentúa el aire de museo «apócrifo» que envuelve a este espectáculo.
Junto a la impostura de la representación teatral, la experiencia suicida funciona como un segundo eje dramático y, a la vez, como «supuesto» objeto de estudio, sólo que la información que moviliza también está sometida a ese inquietante juego entre lo verdadero y lo falso. Falsas -en parte-son las anécdotas que cuentan los actores, sus estadísticas, la información seudocientífica que enuncian con un reiterado «sabían que...». Pero, en medio de tanta data, logran infiltrarse algunas bromas macabras (un rasgo característico del Periférico), como la referencia a la pintura de Frida Kahlo, «La muerte de Dorothy Hale». El cuadro existe, pero sin la iconografía «periférica» con que se lo muestra en escena.
El tercer eje de la obra alude a la representación del ser nacional. La idea está apuntalada con imágenes en video de vacas y maquetas de un matadero, pero éstas se pierden completamente entre el vértigo de las acciones y la vibrante música de Fatboy Slim. Hay una mirada irónica -y casi de chiste for export-en torno a esa andanada de datos e imágenes recortados de nuestro folklore. Por debajo, sin embargo, aflora una mezcla de desesperación y cinismo. Esa necesidad, tan argentina, de anunciarle al mundo que existimos, sin estar completamente seguros de que eso sea cierto.
Finalmente, sólo resta subrayar que «Apócrifo 1. El suicidio» ofrece muchas posibilidades de lectura, pero requiere de un público que disfrute de la impronta accidental y caótica de la obra y no le tema a la desorientación ni a la incertidumbre. También es cierto que más de un espectador puede llegar a perder la paciencia ante tanto esfuerzo.
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