30 de julio 2001 - 00:00
Audaz variante: hasta con títeres se hace erotismo
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La intimidad como territorio de descubrimiento
Sergio Rosemblat.
P.: ¿Pero no se le fue un poco la mano con el uso que le dio a estos títeres?
S.R.: Me gusta esa terrible y aparente contradicción que se da entre la ternura implacable del títere y la dureza de lo porno. Si un logro tiene este espectáculo es que la gente que lo ve pasa de la vergüenza a la ternura sin transición.
P.: ¿Cómo reacciona el público?
S.R.: La reacción del público es increíble, hasta a mí que veo mucho teatro me sorprende. Pocas veces vi una platea que reaccione así ante un espectáculo teatral. La gente se para, le grita cosas a los títeres, aúllan con el strip tease (la que se desnuda es una mujer policía de 40 cm de altura) o piden que algunos números se repitan. Y estoy hablando de un grupo de lo más heterogéneo. Nosotros, en principio, apuntamos a un público joven (de 20 a 25 años) por eso las funciones son de trasnoche, pero 50% de los que vienen son mayores de cuarenta años.
P.: ¿Cuáles fueron sus pautas de trabajo?
S.R.: Cuidé de que ninguno de los actores se sintiera incómodo con la historia que quería contar. No tomamos temas escabrosos o decididamente perversos como la pornografía con niños o el snuff, donde se filman escenas de asesinatos supuestamente reales.
P.: ¿Pero cómo puede representarse algo así?
S.R.: Se puede representar descuartizando a un títere mientras otro tiene un orgasmo, por ejemplo. Muchas cosas se podrían hacer, pero todo lo que es perversión quedó afuera.
P.: También quedó fuera la zoofilia.
S.R.: Bueno, en realidad, tenemos dos números preparados, uno de ellos con un perro salchicha, pero por ahora quedaron fuera del espectáculo porque había otros mejores.
P.: En la obra hay escenas de sexo oral, sodomía, incesto y necrofilia ¿No se inhibían los actores con este material?
S.R.: Es una temática particularmente incómoda para compartir grupalmente, por eso nos apoyamos mucho en Internet. Creamos una «comunidad», un sitio al que sólo accedemos sus integrantes para discutir distintos temas e intercambiar imágenes, textos, audio y todo lo que querramos. Esto dio lugar a la figura del «anónimo» que sirvió para que los integrantes del grupo pudieran volcar todas sus fantasías porno libremente. Gracias a ese espacio virtual nadie supo nunca de quién era cada una de esas fantasías.
P.: Pero, ¿no los asustó la propuesta?
S.R.: Al principio me miraban raro, creían que todo esto era un chiste o torcían la cara pensando en las dificultades de llevar estas historias a escena. Los integrantes del grupo tienen tres características en común: todos son actores, querían trabajar grupalmente y ninguno tenía experiencia previa en títeres. En los primeros encuentros hubo inhibiciones y vergüenzas, pero la diferencia generacional que tengo con ellos ayudó a que pudiera comprenderlos, acompañarlos y contenerlos, lo que no es nada fácil tratándose de actores. El actor es un animal muy extraño.
P.: ¿En qué sentido?
S.R.: Le es más importante un aplauso que un plato de comida.
P.: ¿Consultó material pornográfico?
S.R.: Hice algunas averiguaciones muy interesantes. Si digo la cantidad de abonados al cable que contratan el canal porno no lo va a creer. Es un porcentaje altísimo, ni qué hablar de la industria de sexo que circula por Internet. También consultamos comics porno y la bibliografía clásica, Georges Bataille, Sade, Sacher-Masoch, Marguerite Yourcenar... y en el espectáculo aparece un texto de Voltaire. También hicimos averiguaciones entre amigos y gente muy cercana.
P.: ¿Cómo vivió el grupo este bombardeo erótico?
S.R.: La única prohibición que establecí es que no podían tener sexo entre ellos, por lo menos hasta después del estreno.
P.: ¿Por qué?
S.R.: Porque las relaciones amorosas deterioran a un grupo y en este caso nos habría quitado material de trabajo. Acá lo que importaba era la posibilidad de generar fantasías, no su concreción.




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