Pero Molière, cuando se estableció con su compañía se apartó de ese estilo y desplegó su genio dibujando personajes más refinados, cuya agudeza permite que hasta hoy podamos reconocer en ellos a tipos humanos que abundan, desde «Tartufo» hasta «Harpagón». Lo mismo pasa con el hipocondríaco Argan, que gasta su patrimonio en lavativas y pócimas, al mejor estilo de los cultores de la medicina alternativa de la «new age».
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El espectáculo realizado por el grupo Génesis muestra el rigor y la disciplina del elenco, como así también la solvencia del director Alberto Madin para aprovechar el espacio y crear por momentos bellas imágenes. El trabajo es responsable y serio. Pero Madin cae en la tentación de recurrir a un estilo supuestamente ortodoxo que redunda en la exageración de las composiciones y usar recursos gruesos, que la complicidad del público en desmedro del resultado.
La frescura de la interpretación de Raquel Ponte, se destaca del resto del elenco. Porque la actriz es la que menos se entrega a los excesos de una marcación farsesca y crea a su Antoinette con recursos refinados, dotándola de encanto y sinceridad.
Esto no significa que el resultado final no tenga valores; es digna de destacarse la labor del equipo, su entrega y su disciplina. Lo mismo que el cuidado que se ha puesto en las luces a cargo de Gustavo Cappanari, las apropiadas máscaras de Hugo y Ernesto y la cuidada coreografía de César Quiroga.
Mérito aparte corresponde al vestuario de Ricardo Ayala, cuidado y de apropiado estilo. Con menos concesiones y evitando los trazos gruesos, el espectáculo ganaría en calidad y sus logros se destacarían con mayor plenitud.
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