«Pyme», de Alejandro Malowicki, es otro film nacional sobre la crisis de fines del siglo.
«PyME (Sitiados)» (Arg., 2004, habl. en español). Guión y dir.: A. Malowicki. Int.: G. Molinelli, B. Forteza, D. Orso, H. Alvarez, S. Trawier, A. Sancho, A. Canuch.
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¿Cómo un buen tipo, que tan solo ha querido seguir el mandato familiar, se convierte en un chanta que bicicletea todo el tiempo a todo el mundo, arriesgando la pérdida de aquello que tanto quiere? ¿Cuánta culpa tiene el modelo, el sistema, o como quieran llamarlo, y cuánta la propia ineptitud, la obcecación, y hasta la tan argentina costumbre de endeudarse más de lo que se puede, y después reclamar que los demás le paguen el pato?
En «Sueños del pasado», melancólica obra del declive económico de los '70, Jack Lemmon sólo podía salvarse cobrando el seguro contra incendio de su pequeña empresa, para lo cual él mismo debía decidirse a quemarla. En «Pyme», que no es nada melancólica y se ambienta en 1998, el protagonista se niega a bajar la persiana de la fábrica de plásticos que fundó su padre, y se quema solo -aclaremos que de modo metafórico-, pero con su gesto arriesga definitivamente el futuro de los otros.
Equidistante, el director Alejandro Malowicki nos propone mirar cómo es un día de trabajo, y quién tiene la culpa, en uno de esos galpones de máquinas ruinosas donde el dueño y los empleados se llaman por el nombre, han envejecido juntos («Estose parece cada vez más a un geriátrico», dicen), y se tienen aprecio, aunque ahora el hombre le debe a cada santo una vela, de adentro el delegado quiere tomar la fábrica, de afuera les quieren cortar la luz, y encima entran unos tipos y los asaltan. Si todavía queda algo, habría que elegir entre cubrir los aportes atrasados del operario a punto de jubilarse, o tranquilizar a los proveedores y el inspector de la DGI, que acepta el equivalente a tres sueldos como agradecimiento por inspeccionarlo todo y no encontrar nada.
Pero ahí, salvo plata, se encuentra de todo, desde el matricero orgulloso de su oficio, hasta la empleada que de noche hace horas extras en la ruta (a propósito, ¿por qué son tan agrias las prostitutas de las actuales películas argentinas?). Con una puesta algo teatral, pero de asunto llamativo, obreros e inspector acusan al patrón, éste a los supermercados, los bancos, y los abogados, y la película (dicho sea de paso, abiertamente auspiciada por un banco) dice lo suyo, que es dejar que cada uno hable y se comunique con el otro, si es que quiere y puede, antes que sea demasiado tarde. El final surge años después, con una semillita de sinceramiento y recuperación conjunta que casi parece el final de « Metrópolis», pero tiene su mérito.
Interesante, ésta es una de las pocas películas nacionales que intentan tratar la crisis del pequeño empresario, si bien el punto de vista de la obra no cubre, lógicamente, todos los ángulos del problema. Otros títulos señalables al respecto han sido «Cadetes de San Martín» (1937, intereses creados acusan de maniobras dolosas a un empresario criollo, afectando de paso la carrera militar del hijo), «Corazón de turco» (1940, el comerciante sencillo termina ayudando al pretencioso), «Se rematan ilusiones» (1944, una fábrica de bolsas de arpillera, que entonces había que traer de afuera, choca con una red de importadores y burócratas), «Plata dulce» (1982, miopía y megalomanía del medio pelo nacional), y, ¿por qué no?, «Alma de bohemio» (l949), donde por las noches un industrial respetable, Alberto Castillo, se convierte en cantor de cafetines. Claro, eran otros tiempos.
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