Volvió Mirtha Legrand. Ayer llegó a "Canal 7" alrededor de las 11.30 y, luego de pasearse por los pasillos y saludar a históricos técnicos y productores, fue directamente al camarín donde la esperaban maquilladoras y la peinadora de Roberto Giordano. Con su estricta rutina cada vez que comienza una temporada, Mirtha se despertó temprano y desayunó generosamente mientras leía los diarios y el material sobre los invitados que concurrirían a su primer programa: Alejandro Romay, Graciela Alfano, China Zorrilla y Raúl Portal.
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Su regreso fue en el mismo estudio 5 de «Canal 7», con varios de los mismos camarógrafos y asistentes que trabajaron con ella durante los años que condujo su programa en la emi-sora estatal. Pero su programa no fue el mismo porque los tiempos han cambiado: dijo que en una televisión en la que impera el rating a ella no le interesan ni los números ni el sueldo (no cobrará, pero firmó con el canal un contrato por publicidad) y que su objetivo es el de «llegar a todo el país».
Lejos ya de algunos de los remilgos que la caracterizaron, Mirtha no tuvo reparos en decir que hace tres días que no come para estar bien «producida». Sobre las dos nominaciones al Martín Fierro dijo «seguro no gano», y tampoco se preocupó cuando no pudo leer la letra chica de los mensajes que rompió en cámara y recomendó a su producción hacerlos con letra más grande.
Hubo pequeños imprevistos, además de letra chica: el estudio estaba colmado de invitados, prensa y curiosos (hasta un grupito de estudiantes que habían realizado una visita guiada por el canal y terminaron en el estudio 5), lo que llevó al director, en un corte, a ponerse firme «Tienen que desalojar el estudio, la transmisión no está saliendo bien», se oyó. Otra perlita del debut: un pase fugaz de Portal (con habitual animalito a cuestas, pero de peluche) por detrás de Mirtha cuando aun no había sido presentado.
Pero menos felices fueron los chistes con que Portal hizo su entrada, o los comentarios de Graciela Alfano, ya que antes de saludar, nombró todas las marcas que parecían auspiciarla, desde el maquillaje hasta las medias. La mesa fue cordial, y sin grandes momentos citables.
Periodistas que hacen de psicólogos, programas humorísticos que ofrecen servicios a la comunidad, reality shows tediosos y ciclos que recurren a la copia es el saldo de lo que se ve en estos días en una televisión cada vez más opaca. Luis Majul, por caso, no sólo desaprovecha a sus invitados con preguntas para lucirse a sí mismo sino que además monta un diván en su estudio y hace las veces de analista. Su encuentro con el cura Farinello, perdiendo el tiempo sobre consideraciones acerca de un reloj que Carlos Menem le regaló a Cecilia Bolocco, fue otro desperdicio. ¿Estará preocupado Majul que no lo inviten a la fiesta de casamiento? Nadie está tan obsesionado como él con esa boda.
En el nuevo «Peor es nada» se vieron sketches logrados, pero lo que desentona en un programa netamente de humor son los «servicios» que ofrecen a la audiencia, auténticas lecciones de «cuentos del tío». En el último capítulo pudo verse una táctica para colarse en el cine que seguramente en breve será puesta en práctica por más de uno.
Inevitable: no sólo la dinámica de los tres reality shows que hay en el aire es similar, sino que a esta altura lo es también su contenido. Los tres se han vuelto más tediosos de lo que podían resultar en un principio, con varios personajes, varias historias y al menos dos bandos. Pero con la condición de la eliminación, los que quedan se aburren y aburren al público. En «El bar» decidieron hacer frente a esta situación llamando a una votación para elegir quién regresa al programa. En «Gran hermano» ya interfirieron en la votación de los participantes para «equiparar» mujeres y hombres y en «Expedición Robinson», donde quedan cinco participantes, la preocupación es por la mala imagen que están dando los mezquinos y egoístas exponentes, frente a la «lección de vida» de «Picky» el año pasado.
Afortunadamente, hay algunos alivios: «Los Simpson» empezaron su nueva temporada por Fox. En el capítulo inaugural mostraron avances en el que se demostró que su creador, Matt Groening, apuesta cada vez más al humor negro, además de las infaltables parodias a la sociedad norteamericana. El capítulo comenzó con Los Simpson presentados como la Familia Addams: en una de las historias Homero moría, como lo predecía su horóscopo, por comer brócoli. En otro adelanto se contaba la historia en la que Springfield era invadida por delfines malos, muy malos. Lo que comenzó como una parodia de «Liberen a Willy» terminó en una sanguinaria dictadura en manos de delfines asesinos que destierran a los humanos y los condenan a vivir en el océano.
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