29 de agosto 2002 - 00:00

Bella, demasiado bella para ser de gangsters

Tom Hanks y Paul Newman
Tom Hanks y Paul Newman
«Camino a la perdición» («Road to Perdition», EE.UU., 2001, habl. en inglés) Dir.: S. Mendes. Guión: sobre novela gráfica de. Int.: T. Hanks, P. Newman, J. Law, T. Hoechlin, D. Craig.

Mezcla de cine de gangsters con road movie y drama familiar enfocado en las diversas formas del vínculo padre-hijo, la obra de Sam Mendes que le sigue a «Belleza americana», puede gustar más o menos según el género de preferencia.

«Camino a la perdición»
se inicia en un pueblo rural de los Estados Unidos de los años de la gran depresión. Allí, el hampón Michael Sullivan ( Tom Hanks), casado y padre de dos niños -uno de los cuales es el relator de los hechos-, sirve devotamente a John Rooney, capo del clan irlandés que domina la zona. Este hombre (interpretado por el gran Paul Newman cuyo regreso al cine ya es un placer) ha criado a Sullivan casi como un padre prefiriéndolo, incluso, a su hijo verdadero, un individuo llamado Connor ( Daniel Craig), a quien basta verlo para comprender el rechazo paterno.

Si se piensa en términos bíblicos, Sullivan sería el Abel de esta historia y Caín el envilecido Connor. Por eso, si bien es cierto que Hanks asume aquí el primer criminal de su carrera -y lo hace con convicción-, lejos está éste de ser el giro sustancial que se viene proclamando desde que firmó contrato para interpretarlo. La ambivalencia de su taciturno personaje es engañosa: el suyo es, ni más ni menos, un malo bueno.

La tragedia se desata cuando, atenazado por los celos y otros sentimientos bajos, Connor le asesta un golpe devastador a Sullivan que el viejo Rooney no aprueba, pero eso no impide que a la hora de elegir, lo haga por el hijo de la sangre. Así es como Sullivan se transforma en un fugitivo con la idea fija de vengarse de Connor, pero fundamentalmente, empeñado en evitar que su propio hijo repita su destino criminal. En la huida que emprenden juntos, sin embargo, el chico será su cómplice en una serie de asaltos con reminiscencias de «Butch Cassidy and The Sundance Kid». He aquí el segmento road movie, donde padre e hijo se acercan afectivamente mientras viven aventuras entre ingenuas y bizarras merced a la acechanza de un curioso fotógrafo-asesino serial encarnado por Jude Law.

Para esa altura, todos los acontecimientos apuntan a un único duelo que completa el mensaje del film: los personajes de Newman y Hanks simbolizan dos clases de padre que se enfrentan para salvar la vida de sus hijos, con la diferencia de que sólo uno de ellos cree posible, también, algún tipo de redención.

Volviendo al lenguaje elegido para transmitir este mensaje, hay que decir que aunque el director sigue obsesivamente los patrones del cine de gangsters, los amantes del mismo quizás prefieran estar viendo una película de
Martin Scorsese o de Francis Coppola. Es que, más allá de cualquier comparación odiosa, la obsesión perfeccionista de Mendes no le conviene al género, porque provoca distanciamiento además de la paradoja de que, pese a las masacres y la sangre derramada, se extrañe un poco de fealdad. Como si por encima de la emoción estuvieran la irreprochable reconstrucción de época, la marcación casi teatral de los actores para que hasta el menor suspiro encaje en el cuadro general y, sobre todo ello, la hiperesteticista fotografía de Conrad Hall (el mismo de «Belleza americana»). Hall construye una impresionante sucesión de imágenes bellas para subrayar la intención de cada línea del guión y al mismo tiempo dar una cátedra sobre el uso de las sombras.

En un elenco que responde sin fisuras al estilo que impone el director,
Paul Newman logra desgarrar el velo preciosista en sus escasas pero contundentes apariciones, contagiando su toque de realidad a los actores que tiene enfrente. A él le debe Mendes las escenas de mayor impacto emocional de un film al que, por cierto, muchos ya vienen augurándole un seguro camino al Oscar.

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