30 de junio 2008 - 00:00
Bellas Artes reparó deuda histórica con los Guerrico
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La «Diana sorprendida » de Jules Lefevbre, pintura premiada en la Exposición de París de 1879, entre otras joyas históricas que sólo ahora el público podrá apreciar.
Eran los tiempos en que la Argentina miraba hacia Europa y, aunque en la colección figuran las nobles firmas de Corot, Courbet y el italiano Carracci, reinaban los artistas de corte académico, cuadros anónimos de los siglos XVII y XVIII y pintores del siglo XIX, que en las primeras décadas del siglo XX, cuando los Guerrico compraron gran parte de sus obras, superaban los valores de las obras de Renoir, Cézanne o Degas.
El ejemplo de los Guerrico fue rápidamente imitado, aunque no siempre con buenos resultados. «Buenos Aires, en cuanto a la venta de cuadros, supera a Nueva York y pasa por ser el mejor mercado del mundo. Se compran firmas renombradas sin comprenderlas, por ostentación, mamarrachos inenarrables», escribía en 1913 Juan de Adentro, seudónimo que usaba la audaz Delfina de Vedia y Mitre.
Manuel Mujica Láinez, con palabras semejantes a las de Eduardo Wilde, años más tarde, observó: «Lo que se usaba, lo que los burgueses compraban para mejorar -o empeorar sus casas- y sus departamentos, invadidos por un oleaje de curvas atroces, por el caracoleante art nouveau, no tenía nada que ver con lo suyo. Eran unos óleos lamidos, dulzones, convencionales, que alternaban, en las residencias más osadas, con ciertas tentativas de impresionismo trasnochado, estridentes u opacas, sin gusto».
La muestra de los Guerrico culmina en 1938, cuando sus herederos ceden sus tesoros al Museo. Sin embargo, vale la pena aclarar que el gusto conservador de la familia, cambiaría en esos años cuando Manuel Güiraldes, hijo de Mercedes Guerrico, se enamoró de los cuadros de Figari y vendió parte de su colección europeapara comprar obras del artista. Lo que perduraría es su espíritu filantrópico. Güiraldes donó catorce cuadros de Figari al Museo Ricardo Güiraldes, otros dos al Bellas Artes de La Plata, y dos más al de Luján.
«¿Hubo una vez un gusto argentino?», se pregunta Lucrecia de Oliveira Cézar, al culminar el libro «Coleccionistas argentinos. Los Guerrico». Escrito en el desolador contexto hiperinflacionario de la década del 80, cuando las obras de arte compradas durante la bonanza de fines del siglo XIX y principios XX regresaban a sus países de origen y los donantes brillaban por su ausencia, el libro brinda algunas respuestas.
Luego de frecuentar los museos del mundo e, inclusive, de tratar a Picasso, la mundana Oliveira Cézar mira la historia en retrospectiva. Así rescata una especial predilección en las casas de los Guerrico, de Adela Napp de Lumb, Victoria Aguirre y González Garaño por los muebles macizos, ya sean copias del Renacimiento o piezas luso brasileñas, por la platería americana y por las tallas policromadas.
«Pareciera que la influencia de la época colonial primó a pesar de los viajes a Europa,» concluye. Finalmente, la autora invita a rendir un reconocimiento o, al menos, a recordar a quienes pensaron en las generaciones venideras y legaron las obras que hoy forman parte de nuestro patrimonio nacional. El primer paso había sido dado por los Guerrico, luego, Aristóbulo del Valle, Antonio y Mercedes Santamarina, los Hirsch, los González Garaño, los Di Tella y María Luisa Bemberg, entre otros, cedieron obras importantes al MNBA.
Desde su llegada a la dirección del Bellas Artes, Guillermo Alonso, presentó «Las armas de la pintura. La Nación en construcción», del historiador del arte Roberto Amigo, acaso la muestra más importante en el género de revisión histórica que se haya realizado en el país, y en esta misma tendencia, con la curaduría de María Baldasarre, rescata una colección crucial para la historia del coleccionismo argentino.




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