Imagen de «Standard Operating Procedure», del norteamericano Errol Morris, quien al eludir el panfleto provocó críticas que consideran que la estilización del horror desnaturaliza el impacto de la denuncia.
Berlín - La competencia oficial de la Berlinale encontró finalmente el perfil político que siempre ha cultivado con la presentación del documental norteamericano « Standard Operating Procedure», del veterano Errol Morris, sobre los abusos cometidos en la cárcel de Abu Ghraib en Bagdad 2003. El título alude sin ironía a una definición técnica del código de procedimientos militares para caracterizar acciones que no constituyen un delito, por ejemplo, privar de sueño a un prisionero, sin recurrir a tortura o violencia física. Estos abusos salieron escandalosamente a la luz cuando tomaron estado público fotos y videos hechos por los mismos guardas militares sobre su trato a prisioneros iraquíes. La foto icónica es la de un prisionero encapuchado, desnudo, en postura de crucifixión. Esa evidencia fotográfica sirvió para condenar a los soldados y eventualmente darlos de baja del ejército.
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Así como la masacre de My Lai en Vietnam se convirtió en símbolo negro de la presencia estadounidense en esa guerra, Abu Ghraib ha devenido la imagen de los norteamericanos en Irak. Pero a Morris no le interesa la denuncia gráfica o el panfleto político. Como buen cineasta, parte de las fotos mismas y busca ponerles el contexto, o como dijo en la animada conferencia de prensa, «ver qué significan». Para ello entrevistó a los soldados participantes del escándalo, recreó los hechos, utilizó cartas y otro material de archivo; evitó deliberadamente el tono y estilo tanto del documental de denunciatelevisivo como el «agit prop» en primera persona cultivado por Michael Moore.
Al igual que en todos los trabajos anteriores de su consagrada trayectoria (el más reciente «Fog of War», sobre la guerra de Vietnam), Morris construye un documental muy atractivo en el manejo de imágenes y sonido, y demoledor en su contenido. Lo definió como un documental de terror («a non-fiction horror film»). La reacción de la crítica en Berlín fue encontrada, ya que para muchos la estilización del horror desnaturaliza y menoscaba el impacto de la denuncia. El documental se estrena en Estados Unidos en abril y seguramente ese país se enredará en una polémica sobre el verdadero tema que el documental aborda: más allá de la conducta individual de soldados veinteañeros en el fragor de la guerra, hay que examinar la responsabilidad de los conductores de la guerra, y la política internacional de los Estados Unidos.
Con sencillez, Morris explicóque la película es su contribución a este momento grave de la historia y política de su país.
Con otros medios visuales y sonoros, utilizados con potente efectividad, el film brasileño en competencia, «Tropa de élite», de José Padilha, ya comentado en otro envío, aborda un tema también esencialmente politico: -la dinámica policial en Brasil.En este caso las convenciones- del policial tienen un toque de Lejano Oeste, las favelas de Rio donde rige la ley del revólver. En Brasil, «Tropa de élite» ha sido un éxito de taquilla y también un fenómeno sociológico, porque ha tocado un nervio vivo de la sociedad. Por lo que él mismo dijo al presentarla, el director Padilha, como Morris, quiere contribuir a la conversación nacional.
El jurado internacional presidido por Costa Gavras -cineasta político por excelencia- puede adjudicar algún Oso a estos dos estupendos animales políticos.