4 de febrero 2008 - 00:00
Bienal sin obras de arte
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En octubre, cuando se inaugure la 28ª Bienal de San Pablo, el inmenso pabellón diseñado por el centenario arquitecto Oscar Niemeyer no exhibirá obras de arte ni exposiciones.
Mesquita, ideólogo del concepto rector que gira alrededor del interrogante, «¿Cual es la misión de una bienal en el siglo XXI?», defiende su guión curatorial y sostiene: «La Bienal responde a un modelo de exposición del siglo XIX y estamos en el XXI. No creo que este modelo esté agotado, pero necesita una profunda revisión. En los años '50 y hasta los '70, la Bienal de San Pablo era la tercera del mundo y hoy son 300 las bienales que existen. Es necesario reconocer un agotamiento. Por esta razón planteo una crítica desde la propia Bienal y propongo un espacio vacío para los diálogos. Al enfrentar el vacío surgirán dudas en el espectador acostumbrado a paredes llenas. Creo que es un proyecto que provocará la discusión y en él hay puestas muchas expectativas».
Los antecedente de esta propuesta que privilegia los aspectos teóricos, pueden rastrearse en las plataformas de pensamiento tan importantes como la muestra de la frustrante Documenta XI curada por Okwui Enwezor. Todo comenzó con la excelente Documenta que curó David a fines de la década del 90, que inducía a pensar en qué se ha transformado el arte, pero frente a las obras de arte. Mesquita radicaliza la propuesta, y no sólo se desentiende de las cuestiones estéticas sino que además pone el arte en «cuarentena» durante los 42 días que durará la Bienal.
Entretanto, detrás del proyecto subyacen los problemas administrativos y financieros de la Fundación Bienal, que arrastra una deuda de 3 millones de reales. Una agencia de información de Brasil, señala: «Mesquita reconoció que su tardía designación como curador le dejó sólo 10 meses para preparar la Bienal. Los problemas políticos dentro de la propia Fundación Bienal, lo influyeron para que pensara en el vaciamiento del arte».
En el diario «Folha de São Paulo», Manuel Pires da Costa, presidente de la Fundación Bienal, considera que el proyecto es «extremamente moderno», y afirma que la falta de tiempo se tornó positiva, porque «permitirá reflexionar sobre el papel de la Bienal». En cuanto a la repercusión del proyectoen el exterior, pronostica optimista que «un veinte por ciento estará en contra y el otro ochenta por ciento a favor».
Como contrapartida, Nelson Aguilar, curador de dos ediciones de la Bienal, expresa su desencanto: habla del «luto internacional», del «final de una administración ausente» y de «Ivo haciendo el papel de difunto en el entierro».
No faltan opiniones favorables, pero Mesquita asume los riesgos de la crítica, insiste en la conveniencia de abrir una pausa, y argumenta a favor de preguntarse: «¿Qué evaluación propone la Bienal de San Pablo de este fenómeno cultural que se propaga por los países llamados periféricos o en regiones de gran tensión política y cultural? ¿Cuál es el papel de una bienal en la era de la globalización? ¿Qué papel juegan las bienales en la industrial cultural, turística y del espectáculo? ¿Qué contribución puede aportar la Bienal de San Pablo en la discusión en base a su experiencia, siendo la tercera organización más antigua y la primera fuera de los centros hegemónicos?»
Este repliegue en sí misma, le permite a la Bienal tomar distancia y mirar en perspectiva fenómenos como la feroz competencia que han entablado las ferias de arte con las bienales. En el sitio web de la Bienal, analizan la situación de ambas, ferias y bienales, y dicen que hoy son espacios privilegiados para investigar y ver la producción contemporánea. Pero observan que mientras las ferias son lugares comerciales bien definidos para la venta del arte, en las bienales hay instancias poco transparentes, ya que muchas veces los galeristas financian los proyectos de los artistas. «El problema es que las bienales que tradicionalmente legitiman el arte contemporáneo, sólo sobreviven como agentes de punta de un mercado ávido de carne fresca. Y corren el riesgo de convertirse en proveedoras de exotismo para el consumo», auguran.
Estos temas, como la subordinación del arte a los intereses políticos o del turismo cultural, no son novedad. En la última Bienal de Venecia se blanquearon las operaciones de mercado: reinaban los galeristas. Pero lo cierto, es que nada de todo esto podría decirse en una bienal común y corriente. ¡Y recién comienzan a sincerarse!
Los galeristas de San Pablo ya habían organizado la exposición «Paralela», simultánea a la Bienal, y a pesar de que les vacían un lugar propicio para las operaciones de mercado, algunos apoyan la decisión de Mesquita.
En la Argentina, pese a la estrecha relación que existe desde sus orígenes con la Bienal, la noticia no tuvo repercusión. Los artistas, reducidos ahora a meros partícipes del debate y los seminarios, son los únicos que se resisten a la ausencia del arte. «Todos debemos investigar; asistir a largas charlas; sumergirnos en las propias entrañas de los archivos de cientos de bienales», objeta Cristina Schiavi. «En la plaza habrá performances, teatro, saltimbanquis, fiestas para todos. ¿Una especie de carnaval patético? ¿Una distracción para el vacío que debemos enfrentar? La superestructura bienal se mordió la cola. El arte como ilustración, como panfleto de ideas curatoriales ya no es suficiente. La Bienal se quedó sin tema y se detiene a pensar. Sumergidos en la ignorancia, sin pensamientos sublimes, rodeados de la cotidianeidad, los artistas seguimos trabajando».
La polémica está en sus inicios, Mesquita ha puesto las cartas sobre la mesa.



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