16 de junio 2005 - 00:00

Borges, una hábil excusa

Víctor HugoVieyra componea un Borgesirónico ybromista en laobra de MarioDiament que,sin nombrar alescritor, utilizasu figura comonexo de variashistorias, nosiempre conresultadoscreíbles.
Víctor Hugo Vieyra compone a un Borges irónico y bromista en la obra de Mario Diament que, sin nombrar al escritor, utiliza su figura como nexo de varias historias, no siempre con resultados creíbles.
«Cita a ciegas» de M. Diament. Dir.: C. Ianni. Int.: E. Claudio, V.H. Vieyra, A. Yovino, B. Dellacasay T. Galimany. Vest.: S. Krasinsky. Esc.: G. de la Torre. (Teatro Cervantes.)

La figura de Jorge Luis Borges funciona en «Cita a ciegas» como un nexo entre cuatro historias de vida afectadas por el egoísmo, la cobardía y la falta de amor.

Sentado en la Plaza San Martín, Borges (al que nadie llama por su nombre, quizás para evitar problemas legales) conversa informalmente con el vicepresidente de un banco ( Ernesto Claudio). Alentado por la buena escucha del escritor, el hombre no duda en ponerlo al tanto de su crisis existencial, así como de la desbocada pasión que le despierta una joven escultora ( Ana Yovino) que se cruzó en su camino de manera imprevista. Días más tarde -y también por obra del azar- la chica se topa con Borges en la misma plaza. Ella ha disfrutado de su narrativa, pero le reprocha que viva rodeado de libros sin tener registro del dolor que hay en el mundo. El escritor se entusiasma con el debate y hasta logra que la chica le cuente todos sus problemas, incluido el ridículo affaire que vive con el banquero.

Víctor Hugo Vieyra
compone a un Borges irónico y cachador, muy similar a aquel que todo el mundo recuerda, haya leído o no sus libros. Tierno y amable en el trato, el escritor dialoga con sus interlocutores sobre el amor, el destino y la inexplicable lógica que subyace en todos nuestros actos.

En el tercer acto, la historia se desvía hacia otros dos personajes, también unidos por el azar. Se trata de una psicóloga (Beatriz Dellacasa), que resulta ser la esposa del banquero, y su nueva paciente ( Teresita Galimany), nada menos que la madre de la escultora. El círculo de coincidencias se completa con una historia de amor a primera vista compartida por Borges y una de estas mujeres.

«Cita a ciegas»
es una suma de encuentros intensos y emotivos, cuya humanidad no se discute. En cambio, la manera en que cada una de estas existencias se vincula con las demás resulta algo forzada y, en ocasiones, muy poco creíble. El escritor evocado por Mario Diament (autor de «El libro de Ruth») es un hacedor de ficciones, pero termina funcionando como una especie de oráculo, cuyas teorías y relatos van a ser vividos por los demás personajes. El objetivo de poner en acción algunos tópicos del universo borgiano enseguida queda de manifiesto. Sin embargo, cuando la intriga central de «Cita a ciegas» va virando hacia la crónica policial (en un estilo poco afin al escritor) ficción y realidad entran en conflicto. En pocas palabras, el Borges «real» termina opacando al personaje de fantasía.

En compensación, la pieza -que tuvo una buena repercusión en Estados Unidos donde ganó varios premios- tiene buenos diálogos y una figura «histórica» que destila ternura y simpatía.

El director
Carlos Ianni, hábil frecuentador del teatro intimista, valorizó cada diálogo hasta en sus más mínimos detalles, brindándole un particular dinamismo a la obra, lo mismo que su aplicado elenco, en el que se destacan Vieyra y Yovino.

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