"Bilando en el cementerio" exhuma con gracia una forma de comicidad negra, varias veces practicada en la comedia de otros tiempos, con un estilo que tiene menos de europeo puro que de internacionalmente europeo: es como «Chocolate» entre lápidas, sostenida por clips de aquel humor en crudo, inocentón, que tanto hacía reír a fines de los años sesenta y que seguramente se revelará todavía eficaz.
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La película está animada por la misma moraleja de la fábula wildeana «El fantasma de Canterville», con los temperamentos contrastantes entre el viejo y el nuevo mundo: el americano advenedizo es el funebrero Christopher Walken, ridícula y divertidamente caracterizado, que se establece en el pueblo galés con la intención de quitarle la clientela al enterrador local, el melancólico y pulcro Alfred Molina. Sin advertirlo, también intentará quitarle una mujer, o lo que supone sus restos cuando Brenda Blethyn se finja muerta tras un complot romántico y necrófilo que ningún extranjero podría entender.
Al tímido Molina, de jovencito, ya se la había arrebatado en un baile escolar su actual esposo, un político hipócrita, tan grosero y práctico como el americano, que sólo pretende la fortuna de ella y que la engaña con su secretaria Naomí Watts (reprobable desliz, por muy entendible que sea). Así, el enterrador lento de reflejos y la mujer sumisa ante el más rápido deciden, ahora, recuperar el tiempo perdido. Planean huir juntos, con funeral simulado de por medio.
La comedia tiene tiempos dinámicos y situaciones de planeado efecto sobre el público: el servicio fúnebre a lo «Star Trek», la secuencia entera de la «aparecida» que aterroriza a los culpables o la escena del pretendido accidente fatal de la protagonista son, entre algunos otros, aquellos momentos de calculado disparate que resigna sutilezas para asegurarse la risa del público. Del mismo modo proceden algunos de los típicos enredos o las confusiones que enfrentan, como en la picaresca del Decamerone, la moral de unos y otros. Comedia negra, entonces, pero de factura blanca.
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