4 de marzo 2005 - 00:00

Celebran con muestra los 90 años de Presas

Colección Alvear (Av. Alvear 1658) inaugura su temporada 2005 con la muestra «¡Felices Noventa!», dedicada al maestro Leopoldo Presas en su nonagésimo aniversario. Visitarla
es también rendir homenaje a un artista de vastísima trayectoria del que no es necesario enumerar premios y memorables exposiciones individuales, colectivas y retrospectivas.

Decir Presas es decir pasión por el color, paleta que eleva su temperatura al llegar --como lo confiesa el artista-de su primer viaje a Europa en 1950; también es decir artista integral, un humanista preocupado aún hoy, por el destino del hombre; y «alcanzar la emoción del arte» que sintió junto a Lino Enea Spilimbergo, quien le hizo descubrir su verdadera vocación. Presas juega al ajedrez, canta canciones rusas y húngaras que aprendió cuando dibujaba estampados de textiles en una gran fábrica de Puente Alsina cuyos diseñadores eran centroeuropeos. Participó en las Bienales de Venecia, San Pablo, expuso en Nueva Delhi, Nueva York, Madrid, París donde vivió varios años, por lo tanto tuvo una visión global del mundo. Pero fue La Boca su lugar preferido para vivir, una geografía portuaria inmortalizada por pintores como Quinquela Martín, Cúnsolo, Russo, Diomede, Lacámera, Victorica, para nombrar sólo algunos.

Entre sus temas están los «Puertos», en su gran mayoría pintados en París; la contestaria, agresiva y conmovedora serie de «Los Cerdos» de 1960, tiempos del Di Tella, un grito de disconformidad que la crítica alabó sin reservas. Nace la «Nueva Figuración» a la que Presas apoya y de la que confiesa haber recibido mucho , sobre todo de uno de sus miembros clave, su discípulo Ernesto Deira. La serie de «Los Personajes» está
íntimamente ligada a la de
«Los Cerdos», un muestrario de la falacia de los poderosos. Pero está el Presas de los «Cristos», que muestra su lado místico bajo la influencia de las lecturas de Chesterton, Teilhard de Chardin, Guardini, libros de cabecera que lo conducen en busca de Dios.

El amor está presente en su serie erótica, 130 óleos realizados en 1972 en papel de diario y expuesta en Galería Rubbers, por ese entonces en su sede de la calle Florida. A propósito de los desnudos de Presas, vale la pena remitirse a lo expresado por el crítico Enrique Gené en el libro «Leopoldo Presas-El amor en todas sus formas», uno de los estudios más profundos sobre el artista publicado en 1993: «...esas mujeres se sienten cómodas desnudas. Tal vez orgullosas de la piel con las que las ha vestido, arropadas por esos músculos laxos que modelan sus atractivas estructuras, son desnudos de quien ama a la mujer».

La muestra alberga veintiséis obras realizadas entre 1952 y 2002 por «Toto», como lo llama el mundo del arte, «un hombre bondadoso, sereno, amigo tierno y generoso», como lo describen los organizadores de la muestra, Carlos Pinasco e Ignacio Gutiérrez Zaldívar. Clausura el 28 de marzo.

• Nora Iniesta

La mirada de Nora Iniesta está siempre atenta. Hurga en negocios de curiosidades, anticuarios, ferias callejeras. Busca y encuentra aquellos objetos que para el que no tiene la mirada entrenada pasan inadvertidos. Es parte de la tarea riesgosa en la que Iniesta se embarca para encontrarles la significación que, a su vez, dará sentido a su obra.

Figuritas, fichas de dominó, dados, espejitos, bandejas, en fin, sería largo enumerar la parafernalia de objetos con los que compone, con limpidez, precisión, elegancia, escenas en las que el contemplador terminará involucrándose. Porque ¿qué otra cosa son dos copas en una suerte de alabastro sobre un cuarzo a manera de bandeja, una escena en la que se supone hay dos seres que se esperan y tal vez se encuentren?. Una muñequita de porcelana sobre una bandeja, la imagen de la inocencia, plena de interrogantes sobre su futuro.

Iniesta
puede convertir un posaplatos con la imagen de un club bostoniano de regatas en un sitio donde impera la nostalgia. Más que las imágenes que a veces altera, una de sus cualidades es la composición que permite entrar en el terreno de la ambigüedad y de lo lúdico. Es por eso que su obra es comunicativa. Pero no todo es juego. Iniesta se involucra con hechos dolorosos, los tres corazones negros a manera de crespones lo manifiesta claramente. Y ni hablar de su ironía cuando «la educación» aparece en forma de muñeco deteriorado.

Hay homenajes al campo, a artistas argentinos, dos pequeñas sillas que evocan al amor. En fin, una muestra elocuente para aquel que sepa mirar y se deje atrapar por la aparente candidez y simplicidad de los elementos.

Hasta el 15 de marzo en Agalma. Arte (Libertad 1389).

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