23 de mayo 2002 - 00:00

Cine histórico con varias joyas y algunas ausencias

Escena de La calle grita
Escena de "La calle grita"
"Acartonamiento, declamación, amontonamiento enciclopédico de hechos, mitificación de los próceres, maniqueísmo primitivo", encabezan una vieja lista de errores habituales en nuestro cine histórico, escrita por Felix Luna. La misma viene a cuento, ya que hoy comienza en la Sala Tita Merello un ciclo de ese género, que intenta eludir varios de esos defectos. La armaron, con llamativo criterio y bajo costo, los estudiantes de la escuela de cine del INCAA.

Por ejemplo, junto a varios títulos naturalmente obvios, o no tanto, aparece inesperadamente la comedia de 1948 «La calle grita», primer testimonio fílmico del ingenio criollo frente a la carestía de la vida. Joya del ciclo, el «Manuelita Rozas» (con zeta, 1925) del peruano Ricardo Villarán, con Blanca Podestá moviendo sus labios al compás de la música en vivo de Kabusacki y su conjunto (miércoles 29, a las 22). Dicho sea de paso, este film, largos años perdido, hoy llega a través de un gentil coleccionista privado, el español Vicente Romero. Otra rareza: el documental «Por los caminos del Libertador», que hizo Jorge Cedrón con total anuencia del Ejército, antes de embarcarse en la clandestina «Operación Masacre» (también en el ciclo) y suicidarse años más tarde, con un cuchillo, en el baño de una comisaría de París.

Lo que se dice, una variada selección de casi 50 títulos, casi todos en copias fílmicas 35 mm, desde el melodrama «Amalia», estrenado en 1914 con gran pompa en el Teatro Colón, hasta crónicas actuales como «Rerun Novarum» y «Matanza», pasando por clásicos como «Pampa bárbara», elogios de mujeres (por ejemplo, «Allá en el setenta y tantos», «Camila») e inmigrantes («Esperanza», «Los gauchos judíos»), replanteos del viejo Buenos Aires («Juvenilia») y la vieja política («Historia del 900», «Fin de fiesta»), recreaciones tan fieles que se volvieron documentos («Alias Gardelito», «Dar la cara»), documentales propiamente dichos (el entonces subversivo «Perón, actualización política y doctrinaria para la toma del poder»), etcétera.

Más rarezas: el belgraniano «Nace la libertad», singularmente hecho por Julio Saraceni, un director más bien relacionado con las comedias de Lolita Torres y José Marrone. Y más: las dos versiones juntas de «Un guapo del 900», la de Torre Nilsson con Alfredo Alcón y Lydia Lamaison, y la de Lautaro Murúa, que también aparece, con Jorge Salcedo y China Zorrilla, lo cual recuerda un viejo hábito (el de «las odiosas comparaciones») de los programadores de Filmoteca Buenos Aires.

Incunables

Precisamente, Filmoteca y Aprocinain colaboran en este ciclo, aunque la mayor parte del material proviene de los depósitos del propio INCAA. Eso explica la ausencia de algunos títulos cuyas copias se conservan en el Museo del Cine (por ejemplo, el «Facundo» de Miguel Paulino Tato, sobre el cual muchos hablan sin haberlo visto) o en la Cinemateca Argentina, donde se conserva como un incunable el delicioso esfuerzo de 1910 «La Revolución de Mayo», la primera película ficcional de nuestro cine, con su famoso telón de fondo tomando vida propia, y la desproporción casi de estampita medieval entre los actores que aparecen, nadie sabe cómo, en el balcón del Cabildo, y el Cabildo propiamente dicho. Causa gracia, ternura, y una dulce aceptación de patria, este cine tan entusiasta como primitivo. En verdad, el INCAA tiene un negativo de «La revolución de Mayo», y bien podría intentar una copia nueva. Aunque para estas cosas acaso falte presupuesto. Siempre la misma historia.

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