14 de noviembre 2000 - 00:00

Claudia Aronovich: naturaleza y memoria

(14-11-00) Las obras de Claudia Aranovich (1956) son audaces representaciones de la memoria humana y del orden natural: el hombre echa raíces en la Naturaleza y ésta, a su vez, se arraiga en el hombre. La memoria de la Naturaleza se constituye, entonces, en la naturaleza de su memoria. Aranovich -que inaugura hoy una muestra en el Museo Nacional de Bellas Artes-ha obtenido entre sus últimos reconocimientos las becas de perfeccionamiento The Pollock-Krasner Foundation de Nueva York y la beca de la Fundación Antorchas, desarrollada en Inglaterra y los Estados Unidos (1999).
Entre otras obras, presenta
«Raíces II», una escultura en madera tallada con inclusiones de resina transparente y raíces naturales y Memoria de la Naturaleza, dos caparazones de poliéster con raíces en su interior. La instalación «Reflexiones desde el Cono Sur» (2000) está compuesta por conos de resina poliéster con elementos vegetales. La serie de relieves «Del mar de los recuerdos» (2000) introduce viejas fotos en una especie de mar de resina acuosa. Otra reciente, «Ruptura», es una obra en transformación, integrada por una doble figura geométrica de metal que se transforma para que pueda irrumpir una forma interior transparente y orgánica. También a través de una superficie acuosa se ven las imágenes dramáticas en sus «Máscaras», obra de su reciente producción, que fue seleccionada para la última edición del Premio Costantini.
Podría decirse que
Aranovich organiza una nueva historia natural, a cuyos tres reinos tradicionales suma el reino humano, el reino del arte. La raíz y la tortuga comparten la simbología de la tenacidad y la persistencia, pero también de la ininterrumpida duración de los reinos naturales.

Génesis

Aranovich retoma la idea de consustanciación entre la naturaleza y el ser humano. Trabajar con elementos naturales, dice, «es para mí una manera de referirme a las actitudes humanas, al devenir de la especie, a lo más profundo y misterioso de la sexualidad, a la génesis vital». Pero en esa génesis está contenida la noción de la muerte individual, la del hombre y el árbol, que si no afecta la continuidad del género humano y de la naturaleza, es, sin embargo, una pérdida irreparable. Hay aquí un transparente mensaje contra la violencia, la destrucción, el aniquilamiento.
«Nadie nace hoy ni nacerá mañana -afirmaba Jacques Monod-. Venimos sucediéndonos desde hace miles y miles de años.» Lo mismo podría decirse, con una antigüedad largamente superior, de la naturaleza. Una obra de Aranovich erigida en Resistencia, «El Monumento a la Humanidad» (producto de un concurso), compendia su simbología: unas columnas de cemento que devienen en troncos y raíces, sobre una plataforma en declive hacia la tierra, de donde surge.
A la noción de continuidad
Aranovich suma un sentido que se desprende de ella: el registro, la memoria. Si la naturaleza perdura, es memoria de sí misma; si perdura el hombre, también es memoria de sí mismo. La memoria «sensible» y la «inteligible», que distinguía Aristóteles, se enlazan. Las raíces son tema constante en la obra de Aranovich, además de caparazones, ramas, césped, semillas y corazones. La artista recobró y reunió esos elementos en «Plantación de corazones»: cinco arbustos, dispuestos sucesivamente en una maceta, resumen la oscilante sensibilidad humana, desde la pureza (corazón en germen) hasta la indignidad (corazón de piedra), pasando por la indiferencia (corazón trepador común), la falta de ideales (corazón trepador mutante) y el amor (corazón brotado).
En su instalación «Hallazgos arqueológicos de la edad del trabajo manual» aparece el pasado, y baldes, palas, picos, sogas, una carretilla con musgo y piedras nos hablan de la alianza entre el hombre y la naturaleza, en otros tiempos.

Símbolos

Los símbolos abundan en la obra de Aranovich. La resina (natural) representa la inmortalidad, el cono es imagen ascensional de la evolución de la materia hacia el espíritu; lo cóncavo remite al nacer y el morir, a la vida. Y, en verdad, es la vida la cifra de estas series de obras: la vida como perduración y fugacidad, como amparo y desprotección, como cobertura y exposición. Las fotos y las imágenes de rostros y cuerpos, las redes de fibras, las extrañas nervaduras de caparazones, la simulación acuática que suele vislumbrarse en muchas de sus piezas, el uso del color, se combinan y articulan para plantear la certeza del continuo devenir de la naturaleza.
Durante siglos, el arte se ocupó en imitar a la naturaleza. A fines del XIX, Oscar Wilde sostuvo que era la naturaleza la que copiaba al arte. Las vanguardias estéticas, en especial la abstracción geométrica, rompieron para siempre las relaciones entre arte y Naturaleza, hasta formar con ambas un orden irreductible de opuestos. El ecologismo llevó, de 1965 a 1975, a la drástica reacción del denominado Land Art. Las obras de Aranovich tercian en el dilema y buscan superarlo: ni naturaleza como objeto de representación del arte ni la representación del arte como sujeto de la naturaleza. Para la artista, la naturaleza es sobre todo un símbolo, una vasta metáfora acerca de la vida y la muerte. Y es en calidad de símbolo, de metáfora, que la asumen sus esculturas e instalaciones.

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