25 de febrero 2010 - 00:00

Comedia amarga sobre la incertidumbre de la vida

«Un hombre serio» es un gran chiste que, según cómo se lo mire, puede ser amargo, dubitativo, angustiante o regocijante, de unos hermanos Coen más Coen que nunca.
«Un hombre serio» es un gran chiste que, según cómo se lo mire, puede ser amargo, dubitativo, angustiante o regocijante, de unos hermanos Coen más Coen que nunca.
Esta comedia amarga de los hermanos Coen sobre las incertidumbres de la vida humana se abre con la vieja y muy recomendable máxima «Acepta con sencillez todo lo que te suceda». Y sigue con un formidable cuento jasídico ambientado en un hogar campesino (¿era o no un fantasma el rabino que el dueño de casa invitó a cenar?, ¿cuál de los cónyuges tenía razón?, ¿y por qué el rabino dejó la duda en vez de hablar claro?), todo expuesto en un formato antiguo a manera de prólogo.

Empieza, pues, la historia, ambientada a fines de los 60 o comienzos de los 70, depende si atendemos el almanaque puesto por ahí, o la fecha de salida de un tema de Santana con nombre clave, Abraxas. Otras claves aparecen de inmediato: son unas líneas del «Somebody to Love», de Jefferson Airplane que oye un chico en la edad del ganso, el modo en que el pibe y su padre quedan asociados por el relato (uno en la escuela, otro en la revisación médica), y la clase del padre, un profesor serio, sobre la paradoja de Schoeredinger, ésa del gato muerto o no muerto, según como se vea el resultado de larguísimas ecuaciones que ocupan todo un enorme pizarrón. La paradoja de la incertidumbre.

¿Puede extrañar que todo lo que sigue sea, precisamente, una socarrona variante de los padecimientos del bíblico Job, aplicados a un simple miembro de la colectividad judía de uno de esos pueblos de película del Medio Oeste? El padre, profesor, amante esposo, y buen vecino entiende que es un hombre serio y respetable. Pero parece que Dios no lo compensa por ello, al contrario, lo pone a prueba. Si es que Dios existe, claro. Porque si no, es una mala racha kafkiana a campo abierto, cada vez que llega a un lugar, el pobre infeliz se encuentra con un problema nuevo, la familia le falta el respeto, su futuro familiar y profesional está en juego, y los dos rabinos a los que acude en busca de consejo le hablan del sabbath pero le salen con un domingo siete. Descostillante, la parábola que le cuenta uno de ellos, acerca del dentista que descubre algo increíble en la boca de un paciente gentil. ¿Y cuál es la moraleja de esa parábola? Ah, hay que aguantarse, las cosas no se explican así de fácil. Pero todavía queda un tercer rabino, el más viejo, el más sabio.

Para hacerla corta. Al final parece que los padecimientos terminan. Acabó la mala racha. Pero cabe apenas un gesto, un mínimo gesto moralmente incorrecto, y la hecatombe puede venir con todo. O la voz de Dios, que habla por sus elementos. O puede ser simple casualidad. En todo caso, la parábola está pasando notablemente de lo particular a lo general, e involucra al futuro mismo de la sociedad norteamericana de esa época. Puede que entonces alguien pida una moraleja más clara, o una historia más chistosa, pero las cosas están bastante claras, y en verdad es todo un gran chiste, un chiste amargo, dubitativo, angustiante o regocijante, depende (otra vez) cómo se lo mire. Y todo hace reír y pensar, está bien hecho, y muy bien actuado. En suma, los hermanos Coen, más Coen que nunca, en todo sentido. Vale la pena.

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