5 de noviembre 2001 - 00:00

Cómo jerarquizar una pieza sólo pintoresca

María Ibarreta y Horacio Acosta
María Ibarreta y Horacio Acosta
«El retrato del pibe» de José González Castillo. Dir.: M. Guerberof. Int.: M. Ibarreta, H. Acosta. Esc. y Vest.: G. Dodero. Mús.: F. Ramírez. (Teatro del Pueblo).

Transitar una misma pieza desde géneros distintos es una práctica muy utilizada por las escuelas de teatro y de notable eficacia para un laboratorio de actores. Pero en este caso el director Miguel Guerberof no se limitó a explotar un buen recurso expresivo, sino que se sirvió de él para transformar una pintoresca pieza en verso de 1908 en un exquisito tríptico sobre las conflictivas relaciones de pareja.

La experiencia recuerda vagamente a ciertas audacias pinterianas relacionadas con el quiebre de la estructura dramática. «Traición» sería un buen ejemplo al respecto, aunque conviene recordar que, en ese caso, lo que aportaba una peculiar densidad a los personajes de Pinter no era la variación de géneros sino el desarrollo temporal narrado en reverso (la historia empezaba por su final e iba retrocediendo hasta mostrar, recién en el último acto, el inicio del romance).

El texto de José González Castillo -al que esta versión respeta fielmente- recrea el lenguaje del arrabal con frescura y picardía, al extremo de disimular entre sus chispeantes giros la terrible pérdida que arrastra este matrimonio, a quien se le murió un hijo de tres años. El primer cuadro está jugado como un sainete con aires de tragicomedia tanguera: Juana (una mujer sensual y bastante ingenua) está a punto de marcharse, harta ya de los abusos de un marido vago y golpeador. Pero en medio de sus dudas entra Garabito con sus ridículos aires de macho ganador haciendo estallar entre ambos una violenta discusión con visos humorísticos. Finalmente, y luego de un explosivo intercambio de reproches, ambos deciden sellar su unión amparándose una vez más en el recuerdo del hijo.

Los dos cuadros siguientes (grotesco y absurdo beckettiano respectivamente) aportan nuevos sentidos al material y a la conducta de sus personajes. A través del grotesco entra en escena el dolor, la violencia y el evidente cansancio existencial de dos seres quebrados por la fatalidad. El último cuadro, en cambio, da lugar a un inquietante sinsentido: los personajes relajan sus cuerpos como muñecos de trapo mostrando además una franca disociación entre pensamiento, palabra y acción. La escena provoca risas entre el público, pero aún así logra subrayar su costado siniestro.

Son brillantes las actuaciones de María Ibarreta y Horacio Acosta en quienes, sin duda, se apoya la eficacia de este atractivo espectáculo. El director Miguel Guerberof sorprende una vez más con su valiosa e incansable disponibilidad para la experimentación.

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