7 de febrero 2005 - 00:00

Cosquín Rock 2005 fue el triste Woodstock nacional

Actuación de Babasónicos en Cosquín Rock, un festival rodeado por el paisaje decadente de las tribus rockeras.
Actuación de Babasónicos en Cosquín Rock, un festival rodeado por el paisaje decadente de las tribus rockeras.
San Roque (enviada especial) - El «Cosquín Rock» se caracterizó más por su postal derruida, su extraño paisaje de tolderías vendiendo «chupi y morfi» o combos para agujerearse el cuerpo con piercings, y su típico público dark, que por los recitales en sí mismos.

Por sexto año consecutivo y con la novedad de realizarse en la comuna de San Roque, a media hora de Cosquín, el festival consistió en diez recitales principales por noche, uno tras otro, durante cinco maratónicas jornadas, pero el verdadero «Cosquín Rock» transcurrió no sólo en el estadio sino en los desbordados campings, a la vera del río con grupitos rockeros tocando la armónica y bebiendo Fernet, en las carpas ubicadas a lo largo de diez cuadras de ruta o en los jardines de vecinos y en las despensas desabastecidas por tanta demanda.

Todo pasa como en un sopor de alcohol y rock and roll, lo cual conllevó a rondas policiales por las rutas y riguroso control en los ingresos que conducen al predio. Sin embargo, llamala atención que una larga pared del estadio esté levantada con vallado y la «maldita» mediasombra para evitar « colados». Las cuatro salidas de emergencia, muy bien señalizadas, se vieron siempre abiertas pero con las también « malditas» cadenas y candados, por si acaso. A lo alto un cartel rezaba: Prohibido el ingreso con pirotecnia, vidrio y elementos contundentes. De más está decir que se vieron vidrios en el interior pero que el mayor peligro ocurría afuera.

Por caso, durante la primera noche, cuando la actuación gratuita de Charly García había convocado a unas 40 mil personas, en el exterior hubo disparos y heridos durante la madrugada. Pero no se registraron mayores incidentes, más allá de las habituales riñas producto del grado de alcoholización con que transitan las mareas humanas.

Enclavado en medio de las montañas, el predio ofrecía un escenario ubicado de espaldas al dique San Roque y otros dos secundarios. El público, que podía admirar la bella postal del lago de día y las luces de la ciudad de noche, se deleitó el primer día con un siempre impuntual Charly García, que llegó cuatro horas más tarde pero tuvo, como siempre, a los fieles a sus pies hasta las 4 de la madrugada.

El jueves estuvieron The Wailers (el grupo que lidera el hijo de Bob Marley), León Gieco, Luis Alberto Spinetta y Los Pericos, entre otros. Pappo y León Gieco sorprendieron invitando a Charly a compartir el escenario. El viernes fue el turno de Divididos, Catupecu Machu, El Otro Yo y Cabezones (sobresalió por lejos la banda que lidera Ricardo Mollo), y el sábado bajó el peso del hard rock pues llegaron los electrónicos Babasónicos y Miranda!; Vicentico y los bluseros Pappo, Memphis, Botafogo y La Mississippi. El domingo cerró nuevamente a puro rock, con Las Pelotas y La 25, entre otros. Las bandas ofrecieron buenos y cortos recitales de aproximadamente una hora, habida cuenta de que se trataba de unos 25 grupos por noche.

Al salir del predio por la noche y al regresar al día siguiente, aumentaban los « colchones» de tetrabriks y vasos plásticos de cerveza. En tanto, los grupos electrógenos fueron bendecidos por los organizadores pues la Comuna de San Roque se quedó sin luz y por ende sin agua durante algunas horas del viernes, generando mayor caos y hedor en los campings. Las tribus rockeras que vinieron a venerar a sus «guías espirituales» llevaron adelante una rutina idéntica durante los cinco días: amanecían alrededor de las 11, con la resaca y el vaho de la noche interminable; salían de sus carpas a buscar comida y bebida, rogaban a los responsables de los campings que habilitaran más de una ducha para las 300 personas (cuando poco) que habitaron esos improvisados predios, fumaban marihuana, tocaban la guitarra y pululaban haciendo tiempo hasta las 20, cuando comenzaba la mejor parte de las maratones eléctricas.

Esa rutina fue para los « afortunados» que acamparon, pues fueron cientos quienes habitaron en la pequeña plaza o alrededor de la ruta, rostizándose al sol por los obligados atuendos negros que debe vestir cualquier fan de una banda de hard rock. Sólo 20% eran mujeres y se vieron varios padres con pequeños hijos, confirmando el hábito de asistir «en familia» a estos shows. Sin embargo, un cartel en el interior anunciaba la prohibición de ingreso para menores de 18, lo cual no se cumplía y parecía una mera formalidad exigida tras las nuevas medidas de habilitación.

Sorprendían paso a paso los ocurrentes carteles que afeaban la postal de San Roque:
«Aguante el rock, ya somos historia», «Cosquín Rock. 100% aire puro. El pogo no cansa» pero peor resultaba la hilera de tolderías vendiendo todo tipo de comestibles fuera de heladeras, speed con vodka, «PBT» (pebete) a un peso, sangrías, fernet o vino. ¿Qué diría Juan José Alvarez si llegara aquí con sus controles y se topara con semejante postal? Con tanto alcohol descansando al sol esperando ser consumido como gasolina para mantener los cinco días de festival, «a puro rock y con 100% aire puro», o el hacinamiento en baños con un inodoro sin agua, la mera ruptura de la cadena de frío en los alimentos resultaría lo de menos. Lo que los organizadores anunciaban como el «Woodstock argentino» fue un triste Woodstock.

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