27 de octubre 2003 - 00:00

"Creo que logré una buena negociación autor-director"

Creo que logré una buena negociación autor-director
Tras cinco años sin que se estrene una obra suya, Mauricio Kartun volvió a la cartelera porteña en el doble papel de autor y director con «La Madonnita». La novedad es todo un acontecimiento teatral, tratándose de uno de los dramaturgos más talentosos de nuestro país que cuenta además con una prestigiosa carrera como docente, ya que de sus talleres de dramaturgia han salido los mejores autores teatrales de los últimos años. Desde 1973 lleva escritas una veintena de obras, entre ellas «Chau Misterix», «El partener», «Pericones», «La casita de los viejos» y «Rápido nocturno, aire de foxtrot» (la última en estrenarse con dirección de Laura Yusem en 1998). La pieza se exhibe de miércoles a domingos a las 20.30, en la Sala Cunill Cabanellas del Teatro San Martín y el elenco está integrado por Roberto Castro, Manuel Vicente y Verónica Piaggio y el diseño de luces («fundamental en la puesta») es de Alejandro Le Roux. «La Madonnita» transcurre en Buenos Aires, en las primeras décadas del siglo XX, donde un fotógrafo llamado Hertz se dedica a comercializar fotos pornográficas a través de un matón algo patético. La Madonnita es la esposa de Hertz y aunque se trata de una mujer casi insignificante, por milagro de la luz y el ojo del artista, aparece en cada toma como una diosa inasible, lo que terminará enloqueciendo a los dos hombres.

Periodista:
A usted se lo conoce, también, como un gran coleccionista de fotos antiguas ¿Se inspiró en alguna de sus postales para escribir esta obra?

Mauricio Kartun: Puede ser, pero yo le diría que esta obra surgió de tres fuentes distintas. La primera tiene que ver con mi fascinación por los antiguos estudios fotográficos. Hace seis años hice una versión de «El pato salvaje» de Ibsen que dirigió David Amitín en el San Martín. Parte de la obra transcurre en un estudio fotográfico casero y a mí me sedujo la idea de hacer una obra en ese ambiente con fondos y bastidores como un teatrito. David hizo una gran investigación sobre el tema, pero finalmente como se trataba de una sala muy grande, el escenógrafo optó por una realización más abstracta, pero yo me quedé prendado de esa idea. El segundo elemento que apareció tiene que ver con mis primeras lecturas de Arlt, de las que guardo un recuerdo muy conmovedor. Lo leí de adolescente y me agitó mucho la cabeza. Que la Madonnita sea renga y haya trabajado de puta remite inevitablemente a la coja de «Los siete locos». Y en tercer lugar hay como una zona de inquietud que tiene que ver con esta pulsión que agita a los hombres de idealizar el cuerpo de la mujer, de transformarlo en ícono y descarnarlo.

Pensando en esto una vez descubrí que descarnar es matar y que si hay muerte hay tragedia, de ahí al teatro hay un solo paso.

P.:
Uno de sus personajes sintetiza muy bien esta preocupación cuando pregunta: «¿Existe la mujer?»

M.K.: Para esos dos hombres no existe la mujer porque son incapaces de contenerla. Siento que esta pieza tiene que ver con la angustia que me produce muchas veces esa zona pornográfica del amor, esa captación del cuerpo del otro como un objeto, o esa gran idealización del otro pero fuera de su cuerpo.


P.:
¿Fue difícil alcanzar el clima erótico que pedía la pieza?

M.K.: Muy difícil.Al principio nos reíamos mucho con eso, porque temíamos que la primer escena de la obra se terminara pareciendo a una reunión de swingers. Había algo en la actitud del marido entregando a la mujer que era muy degradante, pero los actores fueron encontrando un erotismo muy sugerente que bordea por momentos cierta zona de degradación y humor.


P.:
¿Quedó conforme con la puesta?

M.K.: Creo que logré una buena negociación entre el autor y el director, esa dualidad hizo que durante un buen tiempo me despertara a las cinco de la mañana para discutir conmigo mismo.


Entrevista de Patricia Espinosa

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