7 de febrero 2002 - 00:00

Cuando Buenos Aires soñaba su vanguardia

Cuando Buenos Aires soñaba su vanguardia
Andrea Giunta (1960), doctora en Filosofía y Letras, Primera Mención en el Premio Jorge Feinsilber a la Crítica de Arte y profesora invitada en el Department of Roman Studies, Duke University, desarrolla sus investigaciones en el Instituto de Teoría e Historia del Arte Julio Payró, publicó recientemente el libro «Vanguardia, internacionalismo y política. Arte argentino en los años sesenta».

El trabajo abarca un período en el que dominaba la certeza de que todo podía hacerse para convertir a Buenos Aires en un centro internacional de arte a la manera de París o Nueva York. Concebido a lo largo de una década, es la revisión de su tesis doctoral y, como investigadora, ha relevado archivos como el de la OEA (Washington), el MOMA y el Centro Rockefeller (Nueva York) por sólo nombrar algunos.

La situación nacional e internacional permitía pensar que el arte argentino podría salir de su condición periférica; por ello la autora está más interesada en analizar las alianzas coyunturales, las políticas institucionales, los discursos críticos y programas artísticos en el contexto de la historia política que en las convencionales biografías o movimientos.

Política

El énfasis en lo político es un factor relevante en su análisis por su constante fricción con el campo de la cultura, un aspecto ineludible que los artistas tomaron como tema que debía también plantearse desde nuevas formas.

Y aquí aparece el «arte de vanguardia», requisito indispensable para presentarse en la escena internacional; un arte «distinto», actualizado, realizado por jóvenes, más tarde institucionalizado, y que contradijo una noción central del vanguardismo como es el antiinstitucionalismo. El relato es cautivante, preciso.

Permite al lector la revisión del contexto político, social y económico en el que se desarrollaban los salones de arte, los premios, la influencia de figuras como Romero Brest, Gómez Sicre, director de Artes Pláticas de la Union Panamericana, Julio Llinás y su controvertida reacción ante André Malraux, entonces Ministro de Asuntos Culturales del gobierno de Charles de Gaulle, que más allá de lo anecdótico demuestran las nuevas políticas de reparto del mundo, esgrimiendo como slogan «las fuerzas del espíritu» en contraposición a la dicotomía capital versus comunismo de esa época.

Un capítulo importante lo constituye «La Escena del Arte Nuevo», con el desarrollismo como telón de fondo, la creación del Instituto Di Tella a partir de una colección formada bajo la tutela del crítico italiano Leonello Venturi, la concreción del proyecto de Rafael Squirru de inaugurar el Museo de Arte Moderno (en los cuatro pisos del Teatro San Martín) y la llegada en 1963 de una exposición que reunía a Franz Kline, Willem de Kooning, Jackson Pollock y Mark Tobey, representantes de la avanzada surgida durante la Segunda Guerra Mundial.

Otro capítulo relevante es «La Vanguardia como problema» en el que aparecen los artistas rebeldes o malditos. Renzi, contrario a la «cultura mermelada»; Kemble y su «arte destructivo»; Greco, artista irreverente al que Luis Felipe Noé define como «el emblema de la liberación del prejuicio». El grupo «Otra Figuración», celebrados y reconocidos por la crítica y la perturbadora acción de Rubén Santantonín con su NO-objeto.No-hombre.Nopintura. No-escultura. No-obra de arte.

Menesunda

Giunta registra a Santantonín y a Marta Minujin como los creadores de «La Menesunda» pero los medios sólo consignaron a ésta artista como la única autora que ya había copado la escena con sus actitudes espectaculares y provocativas.

«Estrategias de Internacionalización» es fascinante. Aquí la autora reseña el lugar de Latinoamérica en los intereses de
EE.UU. desde la segunda posguerra como factor prioritario en cuanto a su cultura, problemas sociales y económicos y que atrajo la atención entre la intelectualidad norteamericana. En «Aporías del Internacionalismo», Giunta se refiere a la canonización de la abstracción ya que el arte latinoamericano para entonces se había despojado de todo vestigio folklorista, el descubrimiento, por parte de los artistas, de Nueva York como el centro de arte moderno.

Se suceden exposiciones de artistas latinoamericanos, los argentinos a la cabeza en número, hecho que el crítico de The New York Times, John Canaday calificó como una suerte de invasión además de coloquios comparativos acerca de las culturas de ambas regiones.

Hacia 1967, época de Onganía, y durante la III Bienal de Kaiser en Córdoba se producen hechos que sumados a la opinión de los críticos como Sam Hunter en cuanto al contenido estético, muy parecido al que se producía en los centros internacionales, el interés por nuestro arte comienza a desvanecerse. Una manera distinta de abordar la crítica de arte, un relato fascinante, en cuatrocientas páginas sobre una década, calificada por la autora en un ensayo precedente, como de extraordinaria densidad.

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