26 de agosto 2008 - 00:00

Dávila retrata soledades en medio del paisaje urbano

«El poder»,una de lasobras queintegran lamuestra deMiguel Dávila«Bocetospara elsilencio»,actualmenteen exhibiciónen la galeríaagalma.arte.
«El poder», una de las obras que integran la muestra de Miguel Dávila «Bocetos para el silencio», actualmente en exhibición en la galería agalma.arte.
A comienzos de la década del sesenta, cuando todavía el informalismo no había agotado su breve etapa, y mientras se asistía a una resurrección diversificada de la escuela racionalista, apareció en Buenos Aires la neofiguración, que marcó un hito en el desarrollo de la pintura argentina. Eran pintores que no se alzaron contra el informalismo y la abstracción, muchas de cuyas técnicas adoptaron -así como lo hicieron con ciertas bases expresionistas-, sino contra la figuración misma y su académica vejez.

Miguel Dávila, uno de aquellos artistas, está exponiendo «Bocetos para el silencio», una serie de obras recientes, en la galería agalma.arte (Libertad 1389). Dávila (1926), nacido en La Rioja, inició su formación con Enrique Policastro, artista que centró sus preocupaciones estéticas en seres humanos excluidos o pobres como protagonistas del paisaje circundante. Entre 1949 y 1953, estudió en la Escuela de Bellas Artes de la Universidad de Tucumán, con Pompeyo Audivert, y con quien fuera director del Departamento de Artes, Lino Enea Spilimbergo. Fueron maestros que marcaron sus preocupaciones formales por el dibujo y el color.

A mediados de los cincuenta, en Buenos Aires, Dávila trabajó con Santiago Cogorno, Leopoldo Presas y Raúl Russo figuras claves del mundo artístico en esos años. En la década del sesenta compartió búsquedas similares a las del grupo de la neo-figuración: Ernesto Deira, Jorge de la Vega, Rómulo Macció y Luis Felipe Noé. En 1961, Dávila ya había compartido con ellos el taller en París cuando estuvo becado por el Fondo Nacional de las Artes.

La nueva figuración (término acuñado por el crítico italiano A. Perilla, en 1957, que el francés Michel Ragon abrevió en neofiguración, en 1961) había despuntado después de 1945, en las creaciones de Dubuffet, el Grupo CoBrA y Bacon. En la Argentina, más allá de esta ascendencia, la neofiguración adquirió características propias. «La imagen es utilizada sólo en su aspecto de signo y no como reproducción,ni siquiera como interpretación», escribió Aldo Pellegrini.

Luego de la muestra titulada «Otra figuración», presentada en la Galería Peuser, el grupo hizo otras exposiciones colectivas, en 1962 (Galería Bonino), en 1963 (Museo Nacional de Bellas Artes, enviada a Río de Janeiro y Montevideo) y en 1965 (Sociedad Hebraica y Galería Bonino). Al presentar la segunda decían: «Hoy, a dos años de aquella muestra vemos con satisfacción el intento de muchos por seguir el mismo camino, en la medida en que creemos que éste contribuirá a la formación de una imagen que será nuestra, pero conviene reiterar que lo que se ha dado en llamar nueva figuración no debe confundirse con otras modas. Lo que hemos buscado, lo que buscamos, implica el riesgo del ejercicio de la libertad creadora».

La neofiguración derribó los últimos prejuicios acerca de la belle peinture, el cuidado de los detalles, la unidad de la obra, alienación creadora, con telas de resuelta audacia, violentas y espontáneas pero de notable factura, ensimismadas de angustia por la fragilidad humana, y al mismo tiempo, teñidas de un humor que suele llegar al sarcasmo. Ninguna historia del arte argentino podrá ignorar la decisiva influencia, aquí y en el resto de América latina, de los artistas neofigurativos. Los cuatro artistas mencionados no fueron los únicos, también Dávila, Antonio Seguí, Jorge Demirjián, Juan Carlos Distéfano, Lea Lublin, cada uno con lenguajes y variantes propias, siguieron caminos particulares. Los «Bocetos para el silencio» de Dávila, que siempre han tenido al hombre como eje de su temática, presentan personajes solitarios, seres marginales con la fuerte expresividad característica de sus angustiantes paisajes urbanos. «No es lo mismo abrir una ventana al mundo natural, que enmarcar la pintura en un contexto urbano donde la ciudad encuadra artificialmente al hombre. Y es a este hombre de ciudad, el que se encierra en un ámbito habitacional cúbico el que reflexiona sobre la soledad, al que Dávila intenta mostrar en todas sus actitudes», escribió la crítica Rosa Faccaro.

Desde su primera muestra individual en la Galería Viau (1954), ha desarrollado una larga trayectoria que se presentó en 2003, con una retrospectiva (1962-2003), en las Salas Nacionales de Exposiciones, Palais de Glace. Dávila fundó el Museo de Bellas Artes de La Rioja y también participó en la creación del Instituto del Profesorado de Artes de esa provincia. Realizó también varios murales, como los de tres edificios Natania (1972, 1974 y 1980); así como experiencias cinematográficas, entre las que se destacan, «El fenómeno oculto», «Interior», «El enigma de la esfera», «Cuaderno de apuntes», «Héroes de cartón».

En todas sus obras siempre aparece la preocupación por el hombre y su destino. «En el campo de su figuración expresiva y sensible, deambulan sin destino, ensayando la angustiosa búsqueda de la palabra, personajes de arena, de lajas partidas, de sal, de minerales fríos y cortantes. Hombres sellados definitivamente», escribió Julián Borobio sobre la exposición en la galería dirigida por Adriana y Ricardo Pérez Taboada.

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