6 de diciembre 2004 - 00:00

De edificador de templos a provocador religioso

Un visitante de la muestra de León Ferrari en el Centro Recoleta observa «La civilización occidental y cristiana», obra de León Ferrari de 1965.
Un visitante de la muestra de León Ferrari en el Centro Recoleta observa «La civilización occidental y cristiana», obra de León Ferrari de 1965.
La muestra «Entre el silencio y la violencia», que la Fundación arteBA inauguró hace unos días en la Fundación Telefónica, se abre con la fotografía (a falta del original) de «La Civilización Occidental y Cristiana», ícono de la vanguardia argentina que León Ferrari realizó en 1965. Se trata del avión bombardero que cae en picada con el cuerpo de Cristo clavado sobre el fuselaje, obra que fue censurada en tiempos del Di Tella y se exhibe ahora en la retrospectiva «León Ferrari, 1954- 2004» del Centro Cultural Recoleta, condenada por blasfema por la Iglesia.

El arte político es moda internacional, y las dos muestras coinciden al destacar la violencia como tema. En Telefónica, las obras de Alberto Heredia, Juan Carlos Distéfano, Norberto Gómez, Oscar Bony o Victor Grippo, entre otros, son un reflejo de la violenta década del 70 en Argentina; en el Centro Cultural Recoleta, Ferrari se refiere al poder que ejercen las instituciones y explora la relación entre la violencia de Occidente y la religión católica.

Ferrari
tiene un hijo desaparecido, vivió exiliado en San Pablo y, para conocer el contexto en que gestó su obra, vale la pena ver la muestra de «Telefónica». Los artistas funcionan como sismógrafos del terreno social, las tensiones políticas de su tiempo repercuten siempre en las obras con mayor o menor énfasis. Bien se podría pensar que, a sus 84 años, Ferrari iba a moderar su discurso de barricada. Pero no fue así. Aunque la exhibición actual revela los aspectos más bellos y silenciosos de su obra, una vez más deja constancia de que es un provocador.

El propio artista lo aclara en el texto «Arte y poder» de 1993, publicado en el catálogo de la muestra «Cantos Paralelos» que en 1999 exhibió el Museo Blanton de la Universidad de Texas (antecedente ineludible de las exposiciones de Telefónica y el Recoleta donde «La Civilización Occidental y Cristiana» era un pieza fundamental).

«El arte no será la belleza ni la novedad
-sostiene Ferrari en el citado texto-, el arte será la eficacia y la perturbación. La obra de arte lograda será aquella que dentro del medio en el que se mueva el artista, tenga un impacto equivalente en cierto modo a la de un atentado guerrillero en un país que se libera». En ese mismo texto se refiere a cuestiones como «obligar a los medios de difusión a publicitar la denuncia», y a las características del trabajo artístico como «foco difusor de escándalo y perturbación».

Sin embargo, quienes imaginan a Ferrari como el Bin Laden de nuestras pampas, se equivocan. La sensibilidad del artista contrasta con la del militante, y su producción, sus escrituras y heliografías quedan opacadas ante el gran público por la obviedad de las obras dedicadas a la agitación.

Ferrari
, respetado por todos en el ambiente de la plástica, es arquitectocomo su padre, Augusto Ferrari, constructor de iglesias, fotógrafo y pintor, y autor de los murales de la iglesia San Miguel.

Con sus actitudes juveniles, Ferrari ha expresado que el artista sufre una disociación entre lo que piensa y lo que hace, «que se va multiplicando a medida que tiene éxito, a medida que los intermediarios lo promueven, a medida que la elite social lo acepta, lo toma y lo usa». En todo caso, lo que advierte el artista es que aunque el mensaje, el contenido y la denuncia se tornen más directas, el público y los intermediarios demuestran «una extraordinaria capacidad de absorción. El arte es tan importante para ellos que si la obra es arte la denuncia desaparece», agrega. El viernes, en el Malba, presentará « Artefactos para dibujar sonidos», y el 16 en el Centro Recoleta inaugurará otra muestra con obras recientes.

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