La obra de Cambre en «Artistas de los 80, fragmentos de
una década», una de las expresiones más destacadas de la
muestra.
Cualquier artista que quiera estar al día, sabe que la producción actual se abre camino a géneros como la fotografía y el video, y que los soportes procedentes de las nuevas tecnologías cibernéticas y audiovisuales ganan terreno aceleradamente. Sin embargo, algunas muestras que se exhiben en estos días demuestran que la vieja pintura e, incluso, hasta el gesto expresivo, continúan vigentes. La exposición de Deborah Pruden en Zavaleta Lab recupera una tradición pictórica de largo arraigo en Argentina, y con sus esplendorosas telas la pone de nuevo en cartel.
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Sin el temor de que la delimiten en el expresionismo ( palabra prohibida si las hay en el mundillo del arte), con sus pinceladas sueltas, el color vibrante y los viejos bodegones como tema, la obra de Pruden resulta a todas luces contemporánea. Hay un sentimiento de emergencia que se vislumbra a través de quiebres en las líneas, hay inmensos espacios vacíos en las telas blancas, hay una fragmentación que se convierte en estilo, y un estilo que resulta ser finalmente un fiel reflejo del presente y rechaza el anacronismo.
Lo que se percibe en la muestra de Pruden es la energía que derrama el pintor en la tela. «El pintor pone el cuerpo», señala Merleau Ponti, y esta cuestión vital se torna evidente: Pruden pinta con gracia, como el bailarín que hace piruetas, o el músico que pulsa una cuerda para alcanzar determinada intensidad. Comparte el virtuosismo de los mejores pintores argentinos.
A pocos pasos de Zavaleta Lab, en la galería Castagnino & Roldán, la muestra «Artistas de los 80, fragmentos de una década», recupera algunas obras estupendas, mayormente pinturas, de artistas que brindan prueba de su talento, aunque no todos tuvieron la trascendencia que se merecen. En la breve exposición (teniendo en cuenta la amplitud del tema), figuran Enrique Aguirrezabala, Rodolfo-Azaro, Rafael Bueno, Juan José Cambre, Hernán Dompé, Ana Eckell, Fernando Fazzolari, Juan Lecuona, Gustavo Marrone, Eduardo Medici, Osvaldo Monzo, Alfredo Prior y Armando Rearte. No están todos los artistas de la década, pero la muestra permite llegar a deducciones: una de ellas es que la gran estrella de la década, Guillermo Kuitca, no estaba sólo en esos años en Buenos Aires, lo acompañaban excelentes pintores.
También es verdad lo que destaca la curadora Clelia Taricco, cuando asegura que luego de una feroz dictadura, «los 80 permanecieron estigmatizados por una democracia todavía en jaque y fuertes contrastes políticos y económicos». Pero la dictadura y la imparable espiral hiperinflacionaria, castigó más a unos que a otros. Aun en ese contexto convulsionado y adverso, muchos artistas que coincidían con la estética de la transvanguardia, el neoexpresionismo o la nueva imagen, movimientos que surgieron simultáneamente en Europa,-EE.UU. y Argentina, rescataron la pintura de su decretada muerte y enfrentaron la tendencia que ya entonces favorecía a las nuevas tecnologías y el arte conceptual.
En la muestra de Castagnino & Roldán se destacan en esta línea, las pinturas de Monzo, Bueno, Rearte, Prior, Fazzolari, Lecuona, y dos nostálgicas obras de Cambre, que dialogan con los grandes pintores neofigurativos de la década del 60 (De la Vega, Deira, Noé, Macció) y a la vez con los de su propia generación.
El conjunto llama a la reflexión, pues muchos de los pintores exitosos de los años 80, pasaron prematuramente a ser devorados por la historia y padecen un obligado encierro en sus talleres hasta hoy. Con la llegada de los veleidosos y voraces años 90, los coleccionistas, los operadores culturales y la crítica -rápidos para el olvido-, decidieron dar por terminada esa etapa.
La muestra actual de los 80, como las que con mayor despliegue se presentaron en la Fundación Proa y en el Centro Cultural Recoleta, viene a restañar en parte esta herida. Vale la pena pensarlo, una generación entera de artistas estupendos pasó a esa trastienda de la memoria que pocos exploran. Pese a todo, la pintura, arraigada ancestralmente en nuestro país con la fuerza que irradia la herencia española del óleo, la misma que alimentó a la Escuela de París y los artistas de La Boca entre otros, aparece renovada, como de estreno, en las obras de muchos jóvenes argentinos como Nahuel Vecino, Alejandro Bonzo, Juan Becú, Valentina Liernoud, Hernán Salamanco, Martín Giménez Larralde, Pablo Lozano, Vicente Grondona, y la talentosa Deborah Pruden, que hasta la magia del gesto expresivo recupera.
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