"En Europa son los productores los que ofician como garantes de la industria y de los fondos públicos. Posibilitan que las películas se hagan en tiempo y forma, que tengan un cierto patrón estético, y se estrenen en buenas condiciones. Yo creo en un cine de productores (...). Creo en un 'cine social' donde se genere empleo e inversión, se paguen los impuestos y las cargas sociales, y que también se exporte".
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Tal, la opinión del productor Diego Dubcovsky, socio de Daniel Burman («Derecho de familia»), inserta en un librillo que circula por el Bafici, y que está destinado a proporcionar elementos de debate para tres mesas redondas sobre el llamado «nuevo cine argentino». La primera mesa fue ayer, hoy sigue la segunda, y mañana se terminarán de arrancar los pelos, porque otros autores que figuran en ese mismo librillo, y varios otros panelistas, hablan sólo de estética, exigen más experimentalismo aunque no los vea nadie, y desdeñan las preocupaciones de los técnicos profesionales, los esfuerzos de quienes los precedieron, y los criterios de mercado.
Dubcovsky agradece en cambio el aporte de los llamados «dinosaurios del viejo cine», gracias a los cuales existe la beneficiosa Ley de Cine de 1994, a cuya sombra hoy logran relativa continuidad las productoras independientes como Rizoma, Acqua, BD Cine (la suya), Azpeitía Cine, Matanza, Lagarto y Maíz, que a su juicio tienen «una mayor relación con el exterior y una mejor relación con el mercado interno. Porque así como hubo algunas experiencias artesanales que tuvieron buenos resultados, hay muchas más experiencias de películas fallidas y no terminadas, con fondos públicos tirados a la basura». Se arriesga el hombre. Por haber dicho cosas semejantes, Alejandro Agresti hoy es mala palabra para los teóricos del Nuevo Cine Argentino, y eso que fue su innegable predecesor.
Hablando de nuevo cine, fue muy interesante la presentación de proyectos a medio terminar del Work in Progress de este año, en particular los de Juan Antín (el dibujo «Dioses de lata», sobre la Conquista según los indios), Ana Katz y, sobre todo, Silvana Jarmoluk («Vladimir anclado en Buenos Aires», sobre los nuevos inmigrantes). El viernes se proyectarán de nuevo, y entre medio los autores charlarán con diversos financistas, que para eso también sirven los festivales.
En cuanto a proyecciones, ayer se destacaron varios documentales, entre ellos «Samba en sus pies», de Montes Bradley, sobre la relación entre música, sociedad, y negritud brasileña, el ya comentado «Mon Jules Verne», el iraní «Presidente Mir Quanbar», sobre un viejo quijotesco que anda por los campos con un discapacitado como escudero, y hasta hay quienes lo votan, y la serie televisiva «L'India vista da Rossellini» en el Rojas (que había cerrado durante Semana Santa).
A señalar, para hoy, dos comedias japonesas: la estudiantina de cantantes pop «Linda Linda Linda», y la última de Takeshi Kitano, sugestivamente titulada «Takeshis», donde hace dos personajes. También, los cortos de animaciónde Barry Purves, entre ellos el «Rigoletto» (resumen de la ópera), y dos documentales criollos: «El Rastrojero: utopías de la Argentina Potencia», historia de quienes hicieron el popular vehículo argentino, y «Los próximos pasados», sobre el famoso mural de David Siqueiros que se está arruinando en Buenos Aires. Y un documental más, el alemán «Hans Joachim Klein: mi vida como terrorista», con el hombre que, tras purgar años de cárcel, recuerda cómo vio al venezolano Carlos matar gente a sangre fría, y cómo, cuando todos los suyos le dieron la espalda, el filósofo Jean-Paul Sartre organizó una colecta para que pudiera iniciar una nueva vida (entre otras cosas, Klein había sido también guardaespaldas de Sartre).
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