6 de febrero 2002 - 00:00
Debemos resistir al paroxismo terrorista
-
HBO Max estrenó la película peor puntuada de una saga que traumó a millones de espectadores
-
La intimidad como territorio de descubrimiento
André Glucksmann
Periodista: En lugar del «fin de la historia» de Fukuyama o el «choque de civilizaciones» de Huntington, parece temer un futuro dominado por el terrorismo nihilista, un «crepúsculo de la humanidad», de la tolerancia y la libertad.
André Glucksmann: Es una posibilidad, no una fatalidad irremediable. El «fin de la historia» fue concebido como el fin de las grandes guerras y los grandes debates ideológicos. Desde esa perspectiva no habría sino conflictos periféricos, alejados de los grandes centros de civilización, invulnerables. Ya está demostrado, y de qué manera trágica, el error de esa visión. En cuanto al presunto «choque de civilizaciones», los nuevos conflictos estallan dentro de las civilizaciones, dividiéndolas y fragmentándolas. Los musulmanes integristas matan y asesinan a los musulmanes no integristas. Hay guerras entre árabes en Kuwait, entre musulmanes en Afganistán. Lo que yo concibo es una suerte de pudrimiento generalizado, que parece extenderse desde hace 10 años, cuando hemos vivido cosas muy horribles, sin contemplarlas de frente ni impedirlas, como el genocidio de Ruanda o la guerra en Chechenia.
P.: ¿El nihilismo, el fin de los valores, incubó la extensión planetaria de nuevos terrorismos?
A.G.: En Europa los valores siempre han estado amenazados. Desde Grecia, con los sofistas. La Europa cristiana estuvo profundamente dividida, durante siglos. Luego dividida en naciones, con guerras igualmente feroces. Nuestra civilización no tuvo mejores ni peores valores que el resto, al contrario, fuimos víctimas de experiencias espantosas. Las peores en el siglo XX, el nazismo y el comunismo, ocurrieron en Europa. Si Europa, una parte de Europa, está hoy un poco más unida, quizá es a consecuencia de tales experiencias. Los fundadores de la CE tenían valores diferentes, pero también angustias y miedos comunes: no querían un nuevo Hitler o Stalin; eran, a la vez antifascistas y anticomunistas, y tampoco querían guerras coloniales. Antifascismo, anticomunismo y anticolonialismo, están en la base de nuestros valores democráticos.
P.: ¿Por qué grandes civilizaciones la musulmana, la hindú y la china no parecen haber descubierto los valores democráticos?
A.G.: Porque están condenadas a nuestro mismo destino. La occidentalización del mundo comenzó en Atenas, una diminuta ciudad. Cada vez que la occidentalización se extiende, la crisis prolifera. Y ese proceso no es nada inocente. No nos contentamos con exportar libros, cine o teatro. También exportamos armas, dinero. Todo eso comporta la destrucción de las sociedades tradicionales. Lo que ocurre en las sociedades musulmanas es el choque brutal de la occidentalización. Cuando una sociedad no puede vivir como había vivido durante siglos y se rompen para siempre los viejos lazos tradicionales crece la tentación nihilista. A veces, la occidentalización se consuma contra Occidente, con una suerte de furor antioccidental.
P.: Parece decir, Occidente no sólo exporta progreso: también la ausencia de valores...
A.G.: Occidente comenzó por exportar a Alcibíades, primer nihilista de la historia, un jefe ateniense que traiciona a Atenas por Esparta, a Esparta por los persas, a los persas por Atenas, etc.
P.: No tenía la fe ciega de Robespierre, capaz de organizar el Terror con un objetivo político. ¿Quién está en el origen del terrorista de nuestro tiempo: Alcibíades, Robespierre o los nihilistas rusos?
A.G.: Hay un poco de todo. Pero hay, además, la locura que se apodera de la ciudad o de algunos individuos. En Europa hubo tres etapas en la emergencia del nihilismo. 1) la guerra entre naciones de 1914. 2) la guerra civil en el interior de nuestras sociedades. Es la revolución nacionalsocialista y la revolución bolchevique, con el terror que comporta cada uno de esos procesos. 3) el estallido de la locura interior: no se cree en nada, salvo que todo está permitido, que el Mal no existe. Esas tres etapas del desarreglo y la locura de los individuos y las sociedades están ya descritas por Tucídides. El nihilismo lo común de diferentes creencias. El nihilista se dice: «Hoy todo está permitido». En Múnich mata a los atletas judíos. Un año antes, japoneses del Ejército Rojo Revolucionario descargaron sus ametralladoras sobre pasajeros en un aeropuerto de Israel. Hay una suerte de contagio general. Los hay que creen en su dios. Los hay que no son creyentes. Los hay comunistas. Los hay imperialistas. Los hay nacionalistas.
P.: ¿Hay diferencias entre un terrorista islamista, uno étniconacionalista, uno marxista y uno de otra especie?
A.G.: Hay, pero les une el nihilismo. Uno dice: «Mañana habrá una sociedad libre donde el hombre no será explotado por el hombre». El otro: «Mañana habrá una sociedad basada en la ley religiosa». Otro agrega: «Mañana haremos una sociedad basada en la superioridad de nuestro pueblo». Pero también dicen algo en común: «Hoy debemos destruir, matar, arrasar, sembrar el terror, para imponer nuestros criterios».
P.: ¿No desvaloriza el terrorismo ejercido desde el Estado o el poder ideológico, que parece datar de 1793, en París, cuando el Terror se convierte en recurso del poder político.
A.G.: El Terror de Estado comienza mucho antes, donde existe un Estado o una fuerza constituida. El Terror revolucionario francés, comparado con el nazi y comunista, fue limitado; los revolucionarios le pusieron fin voluntariamente. En Moscú hubo que esperar 70 años. El gran error es pensar que el terrorismo nihilista está limitado a organizaciones tipo Bin Laden y, quizá, a algunos Estados terroristas.
P.: ¿Washington no está definiendo bien su lucha internacional contra el terrorismo?
A.G.: Los americanos hicieron muy bien en aliarse con todo el mundo para derrocar a los talibanes; pero si creen que esa alianza táctica, justa, puede convertirse en alianza estratégica a largo plazo, una santa alianza de todos los Estados contra el terrorismo, me temo que se equivocan.
P.: ¿Hay relación entre miseria, incultura y terrorismo?
A.G.: En el caso de la miseria, no lo creo. Quienes están en la miseria no incendian las propiedades de los ricos. A lo largo de la historia ha habido más gente en la miseria que gente rica. Si la causa del terrorismo fuese la miseria, hace mucho que no habría ricos. En el origen del terrorismo hay un origen cultural. Fuera de Occidente, desembocan en el nihilismo terrorista intentando adaptarse a nuestra civilización cuando no viven en un Estado de derecho. Pero la libertad y el Estado de derecho no existen en tres cuartos de nuestro planeta. Para un adolescente que ha dejado de vivir en su antigua sociedad y no vive en sociedades como las nuestras, el Kalaschnikov es un instrumento eficaz para asegurarse dinero, mujeres, poder, y el terrorismo puede ser su entrada en la modernidad, creyendo que todo está permitido porque tiene un arma. De ahí que la tentación del nihilismo terrorista sea universal.
P.: ¿Qué hacer ante esa gangrena de alcance planetario?
A.G.: Se publican libros. Se cuenta la verdad. Se apoya a los más tolerantes. Pero, sobre todo, la gente tiene dentro de sí recursos morales para resistir. En el cuarto avión que debía estallar el 11 de septiembre hubo pasajeros que resistieron. Comprendieron lo que estaba ocurriendo, que no sólo estaban secuestrados, que iban a morir, que los terroristas deseaban muchas más muertes y decidieron luchar. Murieron, pero salvaron la Casa Blanca. Hay en las personas recursos de lucidez y de coraje. La lucha contra el nihilismo y contra el terrorismo comienza en el interior de cada uno de nosotros. Los americanos están contentos. Y yo con ellos. Pero la batalla de las ideas no está ganada. Esa batalla no hace más que comenzar.




Dejá tu comentario