Se realizó en el Teatro Colón un extraño homenaje a Vicente Scaramuzza (1885-1968), el célebre maestro de piano italiano radicado en nuestro país desde los 20 años y hasta su muerte. Cuando en Europa se eligieron los cinco mejores pianistas jóvenes del mundo, cuatro eran argentinos y discípulos de Scaramuzza:Martha Argerich, Daniel Barenboim, Bruno Gelber y Sylvia Kersenbaum. La constelación es mucho más amplia, incluyendo a maestros que en la actualidad siguen su escuela, proveedora de pianistas que se manifiestan desde la adolescencia.
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Admirado por Wanda Landowska y envidiado por Arthur Rubinstein, hace rato que merecía un homenaje, pero mejor organizado y más trascendente que éste, que no fue más que un desfile de pianistas de calidad dispar, moroso como espectáculo, con la promesa de presentar un video documental, y que en realidad fueron unos pocos segundos de «avances» que cerró con un «Próximamente».
Continuó la Orquesta Sinfónica Nacional dirigida por Pedro Ignacio Calderón en una ajustada versión de «Los Preludios» de Franz Liszt. El público esperó pacientemente que los músicos guarden sus instrumentos y se abriguen, mientras el escenario-ascensor elevada el piano de cola. Y empezó el tortuoso desfile, donde imperó más el «amiguismo» que la selección rigurosa de verdaderos exponentes de la celebrada escuela, y ausencias imperdonables, por caso la de Antonio de Raco y sus alumnos.
•Compositor
Fue interesante conocer al Scaramuzza compositor, ya que Cristina Filoso tocó con elegancia tres Mazurcas; Mónica Stirpari dio a conocer una Suite de Roberto De Vittorio, originalmente escrita. De los demás es saludable olvidarse, y reconocer que los dos momentos de relieve dejados para el final fueron un premio para los que tuvieron paciencia: la «Sonatina» de Carlos Guastavino ejecutada con elevado sentido artístico y pianismo de alcurnia, precedida por tres Sonatas de Scarlatti y la Suite de Danzas Criollas de Ginastera.
Fue la primer ovación en la noche y el público pidió un «bis»; y ese Nocturno de Chopin fue un reencuentro con la música.
Cerró la gran concertista Sylvia Kersenbaum con su antológica interpretación de «Funerales» de Franz Liszt, y como bis una composición propia que une al «Rigoletto» de Verdi, «Las Hilanderas» de Wagner y el tango «Cambalache» de Discépolo.
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